6 Killian
KILLIAN
Sé que estoy siendo atrevido, pero me da igual.
Hay algo en esta mujer que me enciende y las vibraciones de incitación que emite hacen que me duela la polla.
Nunca he estado con nadie como ella y eso me tiene realmente intrigado.
Tan suave, tan bonita, tan femenina. Aspiro su aroma embriagador y es como oler un ramo de rosas recién cortadas con el rocío aún fresco.
Y no me refiero al perfume sintético de abuelita.
Hablo del aroma embriagador de una rosa roja oscura con pétalos gruesos y aterciopelados.
El impulso de atraerla hacia mis brazos y besarla me domina, y cuando alargo la mano para cogerle el codo y acercarla, la puerta trasera del granero se abre y salen un par de personas.
—¡Ahí estás! —dice una mujer.
Retiro la mano y probablemente sea lo mejor. Arrastrar a esta rosa hermosa a mi mundo oscuro la marchitaría y la mataría.
—Killian, gran pelea —dice el hombre y le ofrece la mano.
Se la estrecho y asiento en señal de agradecimiento. —Gracias.
—Espero que no hayamos interrumpido nada —comenta la mujer con una sonrisa tímida.
Estoy bastante seguro de que Aubrey se ruboriza, pero como está oscuro, es difícil distinguirlo.
—Killian, esta es mi amiga Tori y su novio, Mike.
Nos saludamos todos y todo el calor que sentía antes se evapora, dejando solo un escalofrío en mi piel cubierta de sudor.
—Bueno, ha sido un placer verte otra vez —dice Aubrey con una sonrisa tímida.
Dios, está tan increíblemente buena. —Sí, a ti también —respondo. Cuando se gira para irse con sus amigos, sé que tengo que volver a verla. —Aubrey…
Se vuelve, con las cejas enarcadas por la sorpresa. ¿De verdad creía que había olvidado su nombre?
—Todavía tengo esa silla reservada para ti —le digo—. Por si vuelves a dejar a Jimmy.
Una sonrisa deslumbrante ilumina su rostro.
—Me alegra saberlo. —Luego me hace un pequeño gesto de despedida antes de alejarse.
Justo antes de doblar la esquina del granero, se vuelve a mirar por encima del hombro y nuestras miradas se encuentran.
No sé exactamente qué expresa esa mirada, pero la electricidad entre nosotros me deja dolorosamente excitado.
Cuando Aubrey desaparece, es como si toda la luz hubiera sido absorbida de mi mundo. Si no aparece el lunes en el gimnasio con Jimmy, o incluso sola, voy a buscarla. De algún modo, juro que la encontraré y retomaremos donde lo dejamos.
El resto de mi fin de semana transcurre sin incidentes y consiste en sentarme en mi sillón de cuero, comer comida rápida, beber alguna cerveza ocasional y soñar despierto con Aubrey.
No sé qué tiene ella que me tiene tan fascinado, pero para el atardecer del domingo necesito salir de mi caravana para tomar aire fresco y aclarar mis pensamientos calientes.
Ya puedo ver la pequeña luna colgando alta en el cielo que se oscurece y el chirrido incesante de las cigarras llena mis oídos.
Es un sonido relajante para mí, muy parecido a la lluvia, y no me imagino viviendo en la ciudad donde, en su lugar, oiría el pitido constante de los coches y el rumor bajo del tráfico congestionado.
Supongo que está bien estar cerca de la ciudad, pero tiendo a evitarla y, desde luego, no quiero vivir en un piso cutre en medio de un montón de rascacielos.
Prefiero con creces mi caravana cutre en una zona más rural.
Durante un rato, pienso en la visita de Mac del otro día y en cómo, en el fondo, sé que tiene razón.
Soy un buen luchador y estoy desperdiciando mi talento peleando en la clandestinidad por cuatro perras.
Pero si vuelvo a las MMA, no será un camino fácil.
Perdí muchos seguidores y respeto, así que tendría que esforzarme para recuperar mi reputación.
No me asusta el trabajo duro, ni mucho menos. En todo lo que hago relacionado con el combate, voy más allá. No creo en los atajos si quieres mejorar. Hay que sudar la gota gorda y trabajar como un burro para lograr cualquier tipo de éxito.
Demonios, si la organización fuera inteligente, ni siquiera querría que volviera. Pero sé que Mac conoce a gente, a la gente adecuada, y tiene la capacidad de mover hilos para que suceda.
Entonces, ¿por qué estoy poniendo trabas? ¿Qué me frena?
El principal motivo es mi orgullo. Si vuelvo a la jaula y pierdo o tengo que enfrentarme a una sala llena de antiguos fans que ahora me abuchean y lanzan insultos, va a ser un fastidio. Pero ese es el escenario más probable y algo a lo que tendré que enfrentarme.
No tengo ni idea de qué coño hacer, pienso, mientras miro hacia las estrellas que empiezan a aparecer como pequeños puntos brillantes.
Lo único que sé es que no me voy a dejar presionar para tomar una decisión. Cuando finalmente decida qué hacer, será lo mejor para mí. Que les den a los demás.
A diez minutos de las seis del día siguiente, estoy extrañamente nervioso, deseando como un loco ver a Aubrey entrar en el gimnasio.
Estoy agachado en el suelo, atándome los cordones de las zapatillas, cuando Jimmy entra corriendo y se reúne con sus amigos en la colchoneta.
Mi mirada se dirige al pasillo y, sin ir mucho más lejos, la veo.
Me levanto, con el corazón golpeándome con fuerza en el pecho, y me acerco a saludarla.
—Has venido —digo, notando lo bien que luce con un vestido corto de verano que le marca sus largas y bien torneadas piernas.
Me dirige un tímido asentimiento. —La señora Lahey tuvo que trabajar hasta tarde otra vez, así que pensé en traer a Jimmy y aceptar tu invitación de quedarme a ver la clase.
—Me encantaría —digo, sintiéndome como un colegial enamorado—.
Apúntate y te colocaré en primera fila. Mientras Aubrey se gira para firmar en el libro, mi mirada desciende para admirar la parte trasera de sus piernas desnudas.
Joder, qué preciosa. Cuando se vuelve hacia mí con una sonrisa, le indico que me siga.
Hay algunas sillas metálicas a un lado de la sala; cojo una y la acerco un poco más. Ningún otro padre se queda a ver esta noche, así que solo estamos ella, yo y un montón de críos.
—Siéntate —digo con un gesto teatral de la mano—. ¿Quieres algo de beber? Tengo un par de botellas de agua.
—Oh, no, estoy bien. Pero gracias.
Juro que aletea sus largas pestañas ante mí y siento cómo mi corazón y mi polla se hinchan.
Mierda, tengo que mantener la compostura.
—Vale, entonces. Disfruta de la clase. Me alejo antes de hacer el ridículo, cojo una botella de agua y me bebo la mitad de un trago, intentando calmarme.
Me tiene acalorado y no puedo permitírmelo ahora mismo.
—Sensei Doyle, ¿estás listo? —pregunta uno de los niños—. Ya son más de las seis.
—Síp —respondo, intentando no prestar atención a esa rubia de infarto que hace que todo mi cuerpo vibre de conciencia.
Sin embargo, una vez que entro en el ritmo, la clase avanza rápido.
Noto sus preciosos ojos verdeazulados clavados en mí, pero no me atrevo a mirarla.
Ayudo a los niños, les enseño algunos movimientos nuevos y practico con ellos.
En general, es una buena clase y las dos horas pasan volando.
Mientras los padres empiezan a llegar a recoger a sus hijos, me aseguro de que todos tengan su bolsa de gimnasia y estén listos para irse. Les cuento a los padres cómo ha ido la clase si me preguntan y, cuando aparece la señora Lahey, por fin me permito mirar a Aubrey, que espera pacientemente.
—Oh, Aubrey, no tenías que esperar —dice la señora Lahey mientras le ajusta el uniforme a Jimmy—. Pero gracias por traerlo. Juro que en mi oficina creen que ninguno tenemos vida fuera del trabajo.
—No pasa nada —responde Aubrey acercándose—. Killian me invitó a quedarme y pensé que por si acaso... Por si tenías que, ejem... quedarte más tiempo.
—Bueno, se lo agradecemos. ¿Verdad, Jimmy? Dile gracias a Aubrey.
—Gracias, Aubrey.
—Cuando quieras —contesta ella con un tono significativo mientras me mira.
Nuestras miradas chocan y es como una descarga que me hace desear más. Mucho más. Por suerte, la señora Lahey no se percata de nada, demasiado ocupada asegurándose de que Jimmy lo tenga todo en su bolsa.
—Vale, entonces. Gracias otra vez y hasta luego. Vamos, Jimmy. ¿Quieres cenar en el McDonald's? Estoy demasiado cansada para cocinar.
—¡Sí! —grita él alzando un puño al aire.
—¿Cómo? ¿No te gusta mi cocina? —pregunta ella fingiendo sentirse dolida.
—Sí, mamá. Pero a veces me gustan más los McNuggets.
Me río mientras se marchan y por fin vuelvo toda mi atención hacia Aubrey. Un vistazo a esos increíbles ojos color mar y decido lanzarme. —¿Quieres ir a tomar algo?
Casi contengo la respiración mientras espero su respuesta.
—Claro —dice ella.
Un alivio me inunda. —Genial. Hay un bar pequeño no muy lejos de aquí. Los tragos son fuertes y tienen pista de baile y dardos. Joder, qué cutre suena eso. Una mujer como Aubrey probablemente va a restaurantes elegantes en la ciudad para que la inviten a cenar con vino.
—Suena genial.
La duda se filtra y frunzo el ceño. —¿Segura? Quiero decir, podemos ir a otro sitio si prefieres.
—No, suena perfecto.
—Vale. Déjame cambiarme rápido.— Entro en el despacho y ni siquiera me molesto en cerrar la puerta.
Joder, si quiere mirar, bienvenida sea. Me quito los pantalones cortos, me pongo los vaqueros y cambio las zapatillas por las botas.
Meto los pantalones y las zapatillas en la bolsa del gimnasio y apago las luces, hasta que recuerdo que solo tengo mi moto.
Mierda. —¿Te importa ir en mi moto? —pregunto al salir, poniéndome la chaqueta de cuero.
Lo último que quiero es hacer que conduzca.
—En absoluto.