Reclamadas por los valorianos (Las Colecciones de Callie nº 6) FALLON
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FALLON

Seis meses después

Seis meses desde el juicio y la ejecución de Tyrek.

Seis meses desde que el Alto Consejo Valoriano había reconocido formalmente la inocencia de Korven y le había ofrecido restituirle su casta, una oferta que él había declinado cortésmente.

Seis meses desde que habían cobrado la recompensa por desenmascarar a un criminal de guerra y la habían usado para construir algo nuevo juntos.

Ya no eran cazarrecompensas. Eran investigadores.

La gente los contrataba para encontrar la verdad, para sacar a la luz la corrupción, para llevar justicia a quienes el sistema había fallado.

Era un trabajo que importaba, un trabajo que marcaba la diferencia, y cada caso que cerraban se sentía como otro paso hacia la redención de la que ambos habían huido durante años.

La puerta del compartimento de carga se abrió deslizándose, y ella sintió la presencia de Korven antes de oír sus pasos. El vínculo entre ellos se había fortalecido tanto que siempre sabía dónde estaba él, percibía su proximidad como una luz cálida en el borde de su conciencia.

—Llegó un mensaje nuevo —dijo él, acercándose hasta situarse a su lado.

Su voz sonaba distinta a cuando ella lo capturó por primera vez: menos hueca, más viva.

—Cliente potencial. Una valoriana llamada Ressa que cree que exiliaron injustamente a su compañero por traición hace tres años.

Fallon sonrió.

—¿Te suena familiar?

—Incómodamente familiar —le pasó la tableta de datos, y ella repasó la información preliminar.

El mismo patrón que el caso de Korven, más o menos.

Un soldado que había cuestionado a sus superiores y al que habían destruido por ello.

Una familia condenada a llorar a un varón vivo que había sido declarado muerto para su sociedad.

Una mujer que se negaba a perder la esperanza de que algún día la verdad saliera a la luz.

—¿Qué piensas? —preguntó ella.

—Creo que el ejército valoriano tiene la costumbre de incriminar a soldados incómodos por crímenes que no cometieron —se le tensó la mandíbula, y la vieja ira centelleó en sus ojos dorados empañados—. Creo que alguien debería hacer algo al respecto.

—Creo que tienes razón —dejó la tableta a un lado y se volvió para mirarlo—. Dile que aceptamos el caso.

Su expresión se dulcificó hasta convertirse en algo cálido e íntimo, la mirada que reservaba solo para ella.

Seis meses juntos lo habían cambiado, habían suavizado algunos de sus bordes ásperos e iluminado algunas de sus sombras.

Sus cicatrices siempre estarían ahí, los lugares donde le habían quemado la identidad, pero sus marcas brillaban más firmes ahora.

Más luminosas. Como si el amor lo estuviera sanando literalmente desde dentro.

—¿Te he dicho hoy cuánto te quiero? —preguntó.

—Solo dos veces. Te estás relajando.

Él se rio, y el sonido aún tenía el poder de pillarla desprevenida. Lo hacía más a menudo ahora, con más facilidad. Estaba aprendiendo a ser feliz de nuevo tras años de creer que no lo merecía.

—Te quiero —dijo, apartándole un mechón de pelo de la cara—. Más de lo que creí posible querer a alguien. Más de lo que las palabras pueden expresar.

—Yo también te quiero —se arrimó a su caricia, dejando que el calor de su mano le calara la piel—. Incluso cuando acaparas las mantas y dejas tus armas tiradas por toda la nave.

—Están colocadas estratégicamente para tenerlas a mano.

—Son un peligro; alguien va a tropezar.

—Tú nunca te has tropezado.

—Tengo unos reflejos excelentes. Eso no te hace menos desordenado.

Él la atrajo hacia sí, y ella se dejó llevar, encajando contra su enorme cuerpo como si hubiera sido hecha para ello. Seis meses así, y todavía se sentía nuevo. Todavía se sentía como un regalo que no se había ganado y que no podía creer que le dejaran conservar.

—¿Algún arrepentimiento? —preguntó él, con la voz retumbándole en el pecho y calándole hasta los huesos.

Pensó en la mujer que había sido seis meses atrás.

La cazadora que nunca fallaba, nunca dudaba, nunca dejaba que nadie se acercara lo bastante para hacerle daño.

Había estado tan convencida de que esa mujer era fuerte.

De que mantener a todos a distancia era la única forma de sobrevivir en una galaxia empeñada en destrozarla.

Ahora entendía que la fuerza podía significar algo distinto.

Que dejar entrar a alguien, arriesgarse al dolor de la pérdida, también podía ser una forma de valentía.

Que los muros que había levantado para protegerse también habían sido una prisión, y que había necesitado a Korven para enseñarle la salida.

—Solo uno —dijo por fin.

La preocupación vibró a través del vínculo.

—¿Cuál?

Ella le recorrió las cicatrices de la mejilla con los dedos, las marcas de su exilio que llevaría el resto de su vida. Hacía meses que había dejado de avergonzarse de ellas, había empezado a verlas como ella las veía: como prueba de supervivencia, no de vergüenza.

—Debería haberte besado antes —dijo—. Aquel primer día en el compartimento de carga. Cuando te hacías el noble y me decías que acabara de una vez. Debería haberte besado en lugar de aturdirte.

Su risa fue cálida y sorprendida.

—Vaya técnica de interrogatorio habría sido esa.

—Creo que habría sido efectiva.

—Creo que me habría quedado muy confundido —inclinó la cabeza para apoyar la frente contra la de ella—.

Pero me alegro de que no lo hicieras. Me alegro de que tuviéramos tiempo para conocernos.

Para enamorarnos como es debido, aunque «como es debido» para nosotros incluyera un aterrizaje forzoso, una cueva helada y huir de asesinos.

—Es lo más romántico que me han dicho nunca.

—Soy un varón muy romántico. Creía que lo sabías.

Ella lo besó, despacio y con dulzura, saboreando ese gusto suyo que se había vuelto tan familiar como su propio latido. Él le devolvió el beso con la misma ternura pausada, deslizándole las manos hasta las caderas.

—Tenemos tiempo —murmuró contra sus labios—. Tenemos el resto de nuestras vidas para recuperar todos los besos que nos perdimos.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —respondió él. Se echó hacia atrás lo suficiente para mirarla, y sus ojos brillaban con todo el amor que durante dos años había creído que jamás volvería a sentir—.

Eres mi compañera, Fallon. Mi pareja. Mi futuro.

Voy a dedicar cada día de ese futuro a demostrarte cuánto te agradezco que miraras a un monstruo y vieras a un hombre digno de ser salvado.

—Nunca fuiste un monstruo —dijo ella. Apoyó la mano en su pecho y sintió el doble latido constante de sus corazones bajo la palma—. Solo estabas perdido. Los dos lo estábamos. Y ahora nos hemos encontrado.

Él esbozó una sonrisa lenta y cálida, y ella sintió el eco de su alegría a través del vínculo.

Encontrado. Le gustaba esa palabra. Le gustaba la idea de que todas las huidas, todo el esconderse, toda la soledad los habían conducido a algún lugar, guiándolos el uno hacia el otro a través de una galaxia llena de segundas oportunidades.

Las estrellas seguían desfilando ante la ventana de observación, el universo infinito y lleno de posibilidades.

En algún lugar ahí fuera había una mujer valoriana esperando noticias sobre su caso.

En algún lugar ahí fuera había más injusticias por descubrir, más mentiras por exponer, más personas que necesitaban a alguien que luchara por ellas.

Y allí, en la cubierta de su pequeña nave, Fallon Reyes permanecía entre los brazos del hombre que amaba y se permitió creer en los finales felices.

Había pasado años como cazadora, rastreando monstruos y fingiendo que no era uno de ellos. Había pasado años huyendo de su propia sombra, de la culpa que habitaba en sus huesos, de la posibilidad de que algún día dejara de huir y tuviera que enfrentarse a aquello en lo que se había convertido.

Ya no huía.

Estaba en casa.