Reclamadas por los valorianos (Las Colecciones de Callie nº 6) PETRA #2
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PETRA #2

Él se sentó, finalmente, aunque mantuvo tanta distancia entre ellos como la pequeña cámara permitía.

Al principio hablaron de los murales, un análisis profesional que sonaba cada vez más hueco a medida que pasaban las horas.

La iluminación azul lo suavizaba todo, confería al espacio una intimidad que un examen arqueológico riguroso no debería tener.

Petra no supo en qué momento cambió la conversación.

En un instante estaban debatiendo la importancia de una secuencia particular de glifos, y al siguiente ella le estaba hablando de su director de tesis.

El brillante mentor que la había tomado bajo su protección, alentado sus teorías radicales, elogiado su metodología innovadora.

El mismo brillante mentor que había publicado los primeros descubrimientos de ella bajo su propio nombre, que había desestimado sus protestas como ambición juvenil, que le había enseñado que la confianza era un lujo que no podía permitirse.

—Pasé tres años creyendo que era mi defensor —dijo, mirándose las manos en la oscuridad teñida de azul—.

Me dijo que mis ideas eran revolucionarias.

Que tenía el potencial de transformar la xenoarqueología.

Y luego se apropió de todo lo que yo había construido y lo firmó con su nombre, y cuando protesté, se aseguró de que nadie en el campo me devolviera las llamadas.

—¿Por eso viniste aquí? —preguntó Varek con voz queda—. ¿A un yacimiento en el que nadie creía, donde nadie te encontraría?

—Vine aquí porque era la única oportunidad que me quedaba. Y porque tenía razón —le sostuvo la mirada, sorprendida por la intensidad que vio en ella—. Todos me dijeron que esta luna no valía nada, pero yo sabía que había algo aquí. Lo sentía.

—Tenías razón —asintió él—. En todo.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de un significado que ella temía examinar demasiado de cerca.

Desvió la conversación hacia él, preguntándole por la Casta de Eruditos, por los tres siglos que había pasado estudiando civilizaciones muertas, por qué impulsaba a alguien a dedicar su existencia a comprender el pasado.

Él le habló de lo que significaba ser considerado inferior entre los valorianos.

De cómo los guerreros tenían gloria y los sanadores reverencia, pero los eruditos eran simplemente útiles.

De cómo se había volcado en los logros académicos para demostrar su valía, acumulando credenciales y reconocimientos que nunca terminaban de llenar el vacío que llevaba dentro.

—He leído sobre la soledad humana en vuestra literatura —dijo en voz baja, mientras sus marcas pulsaban lentas y suaves—. Al principio no lo entendía. Mi pueblo vive durante siglos. Tenemos tiempo para todo. Pero creo que llevo mucho tiempo sintiéndome solo sin saber qué era lo que sentía.

Petra lo miró bajo la luz teñida de azul, contempló los intrincados patrones de sus marcas y la vulnerabilidad en sus ojos ámbar, y sintió que algo se removía en su pecho.

No era el enemigo que había esperado. Ni siquiera el rival que había querido ver en él.

Era solo otro erudito que había pasado demasiado tiempo escondiéndose tras su trabajo porque la alternativa era admitir cuánto anhelaba conectar con alguien.

—Encontré tus novelas románticas —dijo ella.

Él se quedó completamente inmóvil. Sus marcas brillaron con intensidad antes de atenuarse hasta algo parecido a la vergüenza.

—Ah.

—Tu puerta estaba abierta una noche. Vi la pantalla —no debería estar sonriendo, pero no pudo evitarlo—. ¿Por qué un historiador valoriano investigaría el romance humano?

El silencio se prolongó tanto que ella pensó que no iba a responder. Cuando por fin habló, su voz sonó áspera, despojada de la cadencia formal que solía emplear.

—Porque estoy experimentando algo que no entiendo.

Y cuando no entiendo algo, lo investigo —sus marcas pulsaron doradas, tan brillantes que le iluminaron el rostro—.

Pensé que quizá los textos humanos explicarían por qué no puedo dejar de pensar en una colega que discute conmigo en lenguas muertas y me mira como si fuera un problema que no logra resolver.

El corazón le latía tan fuerte a Petra que estaba segura de que él podía oírlo.

—¿Te sirvió de algo la investigación?

—No —se acercó, y ella no retrocedió—. Los textos sugerían grandes gestos románticos.

Poesía. Flores. Declaraciones de amor —su mano se alzó, vaciló, y luego le apartó un mechón de pelo del rostro con una delicadeza imposible—.

No explicaban qué hacer cuando la persona que deseas es la mujer más brillante, exasperante y magnífica que has conocido en tu vida, y estás bastante seguro de que ella preferiría traducir textos antiguos a que la cortejaran.

Debería alejarse. Debería recordarles a ambos que aquello era inapropiado, que eran colegas atrapados en una situación incómoda, que la tensión entre ellos no era más que proximidad y estrés y la influencia inquietante de los murales eróticos que los observaban desde cada pared.

—No lo sé —se oyó decir—. Nunca nadie había intentado cortejarme con colaboración académica.

—¿Está funcionando?

Ella lo besó.

Su respuesta fue inmediata y devastadora.

De su garganta escapó un sonido a medio camino entre el gemido y la plegaria, y sus enormes manos se cernieron sobre la cintura de ella como si tuviera miedo de tocarla, miedo de que, si lo hacía, no fuera capaz de detenerse.

Tres siglos de control emocional que se desmoronaban contra la presión de aquellos labios.

—Puedes tocarme —susurró ella contra su boca—. Quiero que lo hagas.

Con el permiso concedido, él la atrajo contra sí con una desesperación que le robó el aliento.

La rodeó con los brazos y la levantó del suelo, y su boca reclamó la de ella con un hambre que llevaba semanas acumulándose sin que ninguno lo admitiera.

Ella sentía el temblor de aquellas manos mientras recorrían su cuerpo por encima de la ropa, la necesidad apenas contenida que hacía que sus marcas brillaran como luz estelar atrapada.