Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 47 Reyes de sangre
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Capítulo 47 Reyes de sangre

La luz del invierno se filtra a través de los enormes ventanales del despacho, bañando la mesa de mármol negro en un resplandor gélido.

Ya no es el mismo despacho. He reorganizado los archivos, he digitalizado los registros que antes estaban ocultos en libretas de cuero desgastado y he eliminado la sensación de que este lugar era un mausoleo. Ahora, es el centro de mando.

Me ajusto el blazer, sintiendo el peso del anillo de sello que descansa en mi dedo índice. No es una joya. Es una declaración de principios.

Dante está a mi derecha, con los brazos cruzados, observando el horizonte.

Matteo revisa una tableta frente a mí, con los dedos recorriendo los gráficos de beneficios como si estuviera leyendo una partitura.

A mi izquierda, la presencia física de Luca es un ancla; su mandíbula está relajada, algo raro en él, aunque sus nudillos siguen delatando esa energía explosiva que siempre le recorre.

Nico está apoyado en el marco de la puerta, con esa media sonrisa que reserva para cuando sabe que hemos ganado.

—Los activos de los Vitti están liquidados —dice Matteo, sin levantar la vista—. El rendimiento del sector sur ha subido un quince por ciento tras el cambio de gestión. Las cifras son… aceptables.

¿"Aceptables"? Ese es el lenguaje de Matteo para decir que estamos nadando en dinero.

—¿Y la seguridad en los muelles? —pregunto, volcando mi café, negro, sin azúcar, dos hielos, en el vaso de cristal.

Dante gira la cabeza hacia mí. Sus ojos recorren mi rostro con esa fijeza que solía ponerme nerviosa. Ahora, simplemente es un reconocimiento.

—Bajo control —responde Dante—. El personal está reestructurado. No habrá más topos.

—Más vale —añado yo, dándoles un sorbo—. Porque si vuelvo a encontrar una brecha en la red maestra, no voy a buscar al responsable. Voy a quemar todo el sistema de nuevo y esta vez no dejaré ni los servidores.

Nico suelta una carcajada seca desde la puerta.

—Es aterradora cuando se pone en modo auditora —comenta, mirándome con complicidad.

—Soy realista —corrijo.

Me levanto de la silla y camino hacia la ventana, situándome junto a Dante.

El mundo exterior se ve pequeño desde aquí arriba, una cuadrícula de calles y edificios que ahora responden ante nosotros.

Durante semanas, fui una moneda de cambio.

Una deuda con patas y una contable con miedo.

Ahora, la deuda está saldada, pero no de la forma en que el mundo criminal esperaba. No me pagaron. Me uní.

Siento el roce del hombro de Luca contra el mío. No dice nada, pero su mano baja un segundo para rozar mi cadera antes de volver a bajar. Un gesto mínimo. Un recordatorio de que estoy rodeada.

—¿Qué pasa ahora? —pregunta Nico, caminando hacia el centro de la sala—. ¿Nos jubilamos o expandimos?

Dante me mira. Es una invitación a tomar la palabra. Es una cesión de mando que, hace apenas dos meses, me habría parecido imposible.

—Expandimos —digo, mi voz sonando firme, sin rastro de aquel temblor inicial—. Pero con nuestras condiciones. Nada de infiltraciones. Nada de juegos de poder con grupos pequeños. Si alguien quiere sentarse a la mesa, tiene que pasar por una auditoría. Y si no les gusta, se irán fuera.

Dante asiente, su tic característico: toma la decisión, la comunica como un hecho consumado, pero esta vez, la decisión ha nacido de mi análisis.

—Escucharon a la jefa —dice Dante, con un tono que roza la ironía, pero que es pura aceptación.

Matteo deja la tableta sobre la mesa con un golpe seco.

—La probabilidad de éxito bajo este nuevo modelo operativo es del noventa y nueve por ciento. He auditado los riesgos. No hay fallos.

Es su forma de decir que está conmigo. Siempre lo ha sido, de un modo extraño y numérico.

Luca se acerca por detrás, su presencia bloqueando la luz, un muro de protección que ya no siento como un encierro, sino como una fortaleza.

Aprieta mi hombro con la fuerza suficiente para que sepa que está ahí, pero sin la intensidad agresiva que usaba al principio. Es un cariño mudo. El único que conoce.

—Estamos juntos en esto —dice Luca. No lo verbaliza más, pero la tensión de su mandíbula ha desaparecido.

Miro a los cuatro. Cuatro reyes para un reino que ya no es solo de sangre, sino de estrategia y control. Mi padre intentó venderme, pero los Rossetti no me compraron. Me reclamaron, y en el proceso, me convertí en el pilar que sostiene todo este imperio.

¿Por qué carajo sigo pensando en la deuda, Camila? —me regaño internamente—. La deuda ya no existe. Deja de analizar el pasado y gestiona el futuro, o vas a acabar pareciéndote a Matteo con sus hojas de cálculo.

Sonrío. Es una sonrisa pequeña, peligrosa.

—Nico, asegúrate de que los contratos de suministro en el puerto estén cerrados antes de la medianoche —ordeno.

Nico se endereza y asiente, con una expresión de respeto absoluto. Ya no es el chico que quería huir. Ahora, es parte de la maquinaria.

—Hecho.

Dante me rodea con un brazo, una posesión táctica que ya no intento sacudir. Sé quién soy ahora. Sé lo que valgo para ellos, y más importante, sé lo que valen ellos para mí. No soy una víctima de la mafia. Soy quien dicta las reglas del juego.

Camino de vuelta hacia el centro de la habitación, sintiendo el suelo bajo mis pies. El invierno sigue fuera, golpeando los cristales, pero aquí dentro, el fuego nunca se apaga.

Pronto comprendería que el imperio que habíamos construido no era una jaula, sino la única base sólida que jamás tendría en un mundo de arena.

—Que se preparen —digo, mirando a cada uno de ellos a los ojos—. El imperio ha cambiado. Y de ahora en adelante, nosotros decidimos quién sobrevive.

El silencio que sigue no es tenso. Es una promesa. La reunión ha terminado, pero el verdadero reinado acaba de empezar.