Capítulo 46 El café de siempre
El despacho ya no parece una jaula. El acero y el cristal negro, que antes me resultaban fríos y ajenos, ahora poseen la calidez de un hogar que he ayudado a construir desde sus cimientos. La calefacción zumba suavemente, manteniendo el invierno a raya tras los ventanales que dan a la ciudad.
—¿Camila? —La voz de Dante me llega desde la cabecera de la mesa, un tono bajo, casi un aviso.
Me giro. Él me observa desde el escritorio, sin parpadear.
A su lado, el anillo de sello familiar descansa sobre la superficie de cristal, brillando bajo la luz cenital.
Es un hecho consumado, una invitación que no necesita explicaciones.
Me acerco, mis pasos firmes sobre la alfombra.
Ya no camino con la cautela de la presa, sino con la seguridad de quien conoce cada centímetro de su territorio.
—Necesito mi café —respondo, esbozando una sonrisa que él devuelve con una inclinación de cabeza casi imperceptible.
¿Por qué carajo estás contando esto, Camila? ¿Acaso esperas que el café se haga solo? Deja de ponerte sentimental y céntrate.
Matteo levanta la vista de su tablet, sus dedos largos tamborilean sobre la pantalla mientras audita la última transacción del sector norte.
—Cálculo del tiempo estimado para la preparación: cuarenta y cinco segundos, considerando la temperatura actual de la cafetera —murmura, ajustándose las gafas con ese aire de analista que nunca pierde.
Nico se ríe desde el sofá, apoyado en el respaldo con una relajación que me hace sonreír a mí también. Sus preguntas sobre la ética del poder se han silenciado, reemplazadas por una paz que me cuesta procesar después de tanta sangre y caos.
—Dile que lo quieres con dos hielos, Matteo. Si no, seguro que vuelve a auditar la cocina —dice Nico, guiñándome un ojo.
Me acerco a la pequeña barra auxiliar. El ritual es sencillo, pero en él reside toda la victoria.
Pongo el café negro, sin rastro de azúcar, y añado los dos cubitos de hielo con precisión quirúrgica.
Escucho los pasos de Luca detrás de mí antes de sentir su calor corporal.
No dice nada. Simplemente coloca una mano en mi cintura, un agarre posesivo que ya no me hace estremecer por miedo, sino por una familiaridad que se ha convertido en mi oxígeno.
Aprieta la mandíbula al notar mi cercanía, un tic que reconozco como su forma más pura de decir que está presente, que es suyo.
—¿Satisfecha? —pregunta él, su voz un murmullo contra mi cuello.
—Lo estaré cuando lo pruebe —respondo, dándome la vuelta.
Luca me observa con esa intensidad desbordante, sus manos bajando un segundo a mis dedos, rozando el anillo que ahora llevo puesto.
La rivalidad, esa tensión eléctrica que antes convertía cada movimiento en un campo de minas, ha dado paso a una lealtad compartida que es mucho más peligrosa para el resto del mundo y mucho más segura para nosotros.
Dante se levanta y se coloca a mi lado, observando a sus hermanos. No hay una jerarquía rígida que nos separe. Hay un bloque, una estructura que respira al unísono.
—Perfecto, tal como te gusta —dice Luca, rompiendo el silencio tras verme dar el primer sorbo.
Su voz es seca, casi cortante, pero en sus ojos no hay rastro de la violencia contenida de hace semanas. Solo hay una calma absoluta, la de un depredador que ya no necesita cazar porque lo tiene todo. Miro a los cuatro. Dante, Matteo, Nico, Luca. Los reyes de este imperio de sangre, mis reyes.
Pienso en los días en que memorizaba las grietas del techo de este mismo despacho, preguntándome si sobreviviría a la próxima hora.
Qué desperdicio de energía. Ahora, el tiempo parece detenerse aquí, en este despacho, con el aroma del café negro y el peso de mis decisiones sobre los hombros.
Pronto comprendería que la verdadera fuerza no estaba en la guerra que dejamos atrás, sino en la paz asfixiante y total que habíamos creado en las ruinas.
Me siento en el centro, el lugar que me corresponde. La auditoría de mi propia vida está completa, y el saldo final es, por primera vez, exactamente lo que yo elegí.