16
DAMIEN
Ha pasado un mes desde mi desastroso viaje a Boston. Sacrifiqué un jet, una docena de hombres y un arsenal entero por información falsa. Rurik no estaba allí, y no había rastro de que su familia hubiera llegado a la ciudad. Ahora ha desaparecido del mapa, y he perdido un mes intentando atraparlo.
Me apoyo en el borde del escritorio con la mandíbula tensa, recorriendo con la mirada la pared de monitores que tengo delante.
Las imágenes de todas las ubicaciones vinculadas a Vasiliev se reproducen casi en silencio.
He visto los mismos ángulos en bucle hasta que se me nubla la vista, pero sigue sin haber rastro de él.
Sus hombres aparecen, hacen entregas, transmiten mensajes vagos, pero Rurik es un maldito fantasma.
Ni un solo resultado del reconocimiento facial ni llamadas interceptadas con su voz.
Parece que ahora dirige su imperio a distancia. Eso no lo hace menos peligroso, pero confirma lo que ya sabía. Es un puto cobarde. Sabe que voy a por él y ha salido corriendo con el rabo entre las piernas.
El problema es que es más listo de lo que pensaba.
Cada vez que colocamos un micrófono, solo captamos estática.
Cada vez que registramos un almacén, un bar, un club clandestino, pillamos fragmentos de sonido antes de que todo se apague.
Su gente usa inhibidores de frecuencia de grado militar que anulan nuestra señal antes de que se transmita nada útil.
Y sin información, estoy trabajando a ciegas.
Un golpe seco en la puerta me arranca de los monitores. Alek entra sin esperar permiso, lo que normalmente me cabrearía, pero le hago un gesto para que pase.
—¿Y bien? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—Todavía nada. Pillamos a un tipo hablando de envíos que pasan por Newark, pero seguramente sea una cortina de humo.
Exhalo despacio, intentando contener la frustración. Aprieto los puños contra el borde del escritorio.
—Entonces tenemos que dejar de escuchar pasivamente —murmuro—. Vamos a pasar a la ofensiva.
Alek arquea una ceja.
—¿Estás pensando en vigilancia física? Podríamos montar un par de operativos de seguimiento.
—No —digo—. Eso es justo lo que quieren. Quieren a nuestros hombres expuestos para convertirlos en blancos fáciles. Nos están bloqueando, así que tenemos que encontrar la forma de desbloquearlos.
Frunce el ceño.
—¿Qué tienes en mente?
Me aparto del escritorio y camino hacia la caja fuerte empotrada detrás del cuadro del skyline. Giro el dial hasta que oigo el clic y se abre, y saco un pequeño pendrive encriptado.
—Algo así —digo.
Alek me mira escéptico.
—Ese es nuestro antiguo software de descifrado. Ya nos llevan diez pasos de ventaja.
—Lo sé —deslizo el pendrive en la palma de la mano y lo hago rodar entre los dedos mientras pienso—. Necesitamos algo nuevo. Algo a medida. Un software antibloqueo que anule sus inhibidores de frecuencia y se abra paso entre la estática.
Alek silba por lo bajo.
—Eso es mucho pedir. Necesitarías a un genio para conseguirlo a tiempo.
Asiento.
—Puede que conozca a alguien.
Su expresión cambia al instante.
—¿De verdad quieres meterla en esto? —pregunta, como si me leyera el pensamiento.
—No necesita saber para qué es —digo—. Solo tiene que diseñar el software. Le diré que es para un prototipo de seguridad o una actualización interna del sistema. Algo inocuo. No sabrá nada más. Es solo código. Ella lo escribe, yo lo pruebo y seguimos adelante.
—¿Y qué pasa si empieza a hacer preguntas?
—Ya me las apañaré.
Suspira y niega con la cabeza.
—Estás jugando con fuego. Sabes de sobra que no hay que mezclar los negocios con el placer.
—Creo que ya hemos pasado ese punto —digo secamente.
Cuando llamo a Lyra a mi despacho al día siguiente, es como salir a la superficie después de estar sumergido. No hemos tenido mucho tiempo para vernos desde que volví de Boston. No es que no haya querido, pero los dos hemos estado ocupados.
Andrea me avisa de que está llegando, y trato de serenarme. Por mucho que quiera pasar tiempo con ella, este proyecto es demasiado importante para dejar que nuestros sentimientos lo estropeen.
Cuando entra, lleva una blusa color crema y pantalones negros, elegante e impecable, con el pelo recogido.
Tiene un aspecto muy profesional, y me cuesta horrores no alargar el brazo por encima del escritorio y deshacer todo ese aplomo.
Pero hay una distancia en su mirada que no me gusta.
No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero sé que tuvo que empezar después de mi viaje.
—Hola —digo, esbozando esa sonrisa que antes la hacía sonrojarse—. Estás más guapa cada vez que te veo.
Sonríe, pero es una sonrisa tensa, contenida.
—Qué amable —dice con voz cortés.
Le señalo el asiento frente a mi escritorio.
—Me alegro de verte. Siento que apenas hemos tenido tiempo de estar juntos estas últimas semanas.
Se sienta, cruza las piernas y se coloca las manos en el regazo con cuidado. La observo un momento más de lo que debería. Algo no va bien. No es solo que su expresión sea más cautelosa, sino que no para de mirar hacia la puerta, como si estuviera lista para salir corriendo.
—¿Va todo bien? —no puedo evitar preguntar—. Has estado muy callada últimamente.
Ladea la cabeza y me observa.
—¿Callada?
—Sí. Y distante —digo.
Se encoge de hombros levemente.
—Solo intento mantener las cosas en un plano profesional —dice—. No quiero que nadie piense que conseguí este trabajo por mi relación contigo.
Esbozo una sonrisa y siento que se me alivia un poco el pecho. Esperaba que fuera solo eso.
—Lyra, cualquiera que piense eso es un idiota. Estás diez veces más capacitada que la mitad de la gente de esta planta.
Sus labios se curvan levemente, como si quisiera sonreír pero no se dejara.
—Aun así, no quiero cruzar ninguna línea.
Me inclino hacia delante y cruzo los brazos sobre el escritorio.
—Esa línea es imaginaria. Quemaría esta empresa entera antes de dejar que te sintieras inferior a lo que vales. Eres brillante. Y confío en ti.
Me mira y algo destella en sus ojos, pero me resulta difícil descifrar qué significa. No es el mismo ardor que estoy acostumbrado a ver en ella.
—Te lo agradezco —dice—. De verdad.
No insisto más. Todavía no. En su lugar, paso a hablar de trabajo, que parece lo más seguro ahora mismo.
—Tengo un proyecto confidencial en el que necesito ayuda —digo—. Es de máxima importancia, y necesito a la persona más brillante de la empresa.
Se endereza un poco, y noto cómo se le sonrojan las mejillas ante mis palabras.
—De acuerdo. ¿De qué tipo de proyecto se trata?
—Tiene que ver con interferencias de señal —digo—.
Tenemos un cliente con problemas graves de bloqueo.
Trabajan en un entorno seguro, pero la zona está saturada de interferencias.
Necesitan un programa capaz de identificar puntos de supresión, anular bloqueadores encriptados y restablecer conexiones estables en tiempo real.
Frunce el ceño con gesto pensativo mientras lo considera.
—Eso suena a pesadilla —dice con una risa nerviosa.
—Eres la única en quien confío para esto —digo, y es la verdad.
Duda un momento, visiblemente sorprendida, antes de volver a hablar.
—Entonces, ¿es como una herramienta antibloqueo de alta gama?
—Exactamente —asiento—. ¿Te ves capaz?
Se recuesta y tamborilea con los dedos en el muslo. La observo pensar; su mirada se desvía hacia las ventanas que tengo detrás, como si la respuesta pudiera estar escondida allí.
—Ya hay un protocolo básico en nuestro sistema —dice despacio—.
La empresa lo desarrolló hace dos años para transmisiones seguras entre edificios.
No costaría mucho convertirlo en algo más potente y agresivo.
Haría falta reescribir la base de datos de firmas, crear un script de análisis de entrada modular y probablemente un algoritmo de respuesta de frecuencia dinámica para ajustarse en tiempo real.
Sería todo un reto, pero puedo manejarlo sin problema.
Asiento, satisfecho.
—Me alegra saberlo —sonrío—. Además, Lyra, quiero que esto se lleve con discreción. Eres la única que puede tocarlo. Como te dije, necesito a alguien de confianza, y solo a esa persona.
Se pone a la defensiva y su mirada se afila ligeramente. Parece recelar, y por un momento me preocupa que vaya a decir que no.
—¿Por qué tanto secretismo? —pregunta con cautela.
Le sostengo la mirada.
—Porque demasiadas manos en esto pueden joderlo todo —digo, lo cual no es del todo mentira—. Además, este cliente es extremadamente importante para la empresa, y exigen la máxima discreción. El trabajo tiene que ser perfecto.
Aprieta los labios levemente. Sigue pareciendo algo recelosa, y eso me inquieta de un modo que no sabría explicar.
—De acuerdo —responde al fin—. Empezaré a preparar la estructura.
—Hoy —digo.
—Puedo empezar ahora —responde. Luego, tras una breve pausa, añade—: ¿Hay fecha límite?
—Lo antes humanamente posible.
Se levanta de la silla y yo hago lo mismo para acompañarla a la puerta. Mi mano le roza la parte baja de la espalda por costumbre; ella no se aparta, pero tampoco se acerca. Cuando me mira, sus ojos están fríos y serenos.
—Te aviso cuando tenga algo funcional —dice.
—Gracias.
Me sostiene la mirada un momento más, luego asiente brevemente y se marcha sin decir nada más.
En cuanto la puerta se cierra tras ella, me dejo caer en la silla y me quedo mirándola.
Algo no va bien. No soy tan estúpido como para pensar que todo esto tiene que ver con la dinámica jefe-empleada.
Ese barco zarpó en el instante en que nos besamos por primera vez, y quedó hecho añicos cuando nos acostamos.
El cambio en su actitud no es solo cuestión de profesionalidad.
Es algo más profundo. Y quizá por eso me molesta tanto.
Creía tenerla calada, pero me ha pillado desprevenido. Necesito más información, así que saco el móvil y llamo a Alek.
Contesta al primer tono.
—Hola, jefe.
—Necesito que vigiles a Lyra —le digo sin rodeos.
Se queda callado un momento.
—Vale —responde despacio—. ¿Crees que tiene algún problema?
—Creo que algo le preocupa, y no sé qué es. Ha estado distante. Rara. Quiero asegurarme de que no la estén metiendo en algo.
—¿Crees que alguno de los hombres de Rurik se le ha acercado?
—No lo sé —digo. La verdad, ni se me había pasado por la cabeza—. Puede que esté haciendo alguna estupidez por su cuenta, pero está claro que me oculta algo. Sea lo que sea, necesito saberlo.
Alek suspira suavemente al otro lado.
—No quiero pasarme de la raya, pero ¿estás seguro de que quieres hacer eso? Destruirías toda su confianza si se entera.
—No lo hago para espiarla —digo—. Lo hago para protegerla.
Vuelve a hacer una pausa, pensativo.
—De acuerdo —dice finalmente—. Pondré a alguien a seguirla con discreción. Será algo discreto hasta que me digas lo contrario.
—Gracias —respondo.
Cuelgo y me quedo mirando por la ventana, pensando en lo que acabo de pedirle a Alek. Quizás me haya pasado de la raya. Quizás esté traicionando su confianza. Pero algo en mis entrañas me dice que lo que sea que ella oculta es gordo.