14
DAMIEN
—Rurik se va de Nueva York en dos días —dice Alek, pasándome un teléfono lleno de fotos suyas—.
Viaja en privado a Boston para reunirse con parte de su familia de Rusia.
Entran por una vía alternativa a través de Miami y luego hacen transbordo a vuelos nacionales, así que no dejarán rastro en aduanas.
—¿Están en nuestra lista de vigilancia? —pregunto mientras le echo un vistazo.
—La mayoría. Hay una cara nueva. Probablemente sea un matón o un intermediario, pero conviene vigilarlo por si acaso.
Me recuesto en la silla y me paso el pulgar por la mandíbula.
—Así que Rurik se cree intocable otra vez, que puede empezar a preparar el terreno con su familia en el extranjero.
Alek asiente.
—Es la primera vez que intentan verse en persona en territorio estadounidense desde que tu padre vivía.
—Entonces es el momento perfecto para recordarles por qué dejaron de hacerlo.
Toco la foto dos veces, sopesando los ángulos. Una calle abarrotada a la salida de un club, cuerpos apiñados, Rurik en mitad del encuadre con esa misma expresión de suficiencia. Siempre tan convencido de que les ha tomado la delantera a todos.
—Lo hacemos en Boston —digo—. Sin ruido. No quiero dejar cadáveres para que los encuentre la prensa.
—Tenemos vigilado el hotel —confirma Alek—. Hay dos equipos listos. Uno para seguirlo. Otro para eliminarlo.
—Bien.
Me levanto y me abrocho la chaqueta.
—Adelanta el plan un día. Lo quiero fuera de juego antes de que pise el maldito vestíbulo.
A Alek le brillan los ojos.
—Entendido.
Asiento y cojo el móvil.
—Como voy a estar fuera unos días, quiero que todo quede atado antes de irnos. Nada de ruido en Nueva York mientras no esté.
—Yo me encargo —dice, ya sacando el móvil.
Pienso en Lyra mientras camino hacia el ascensor. Le mando un mensaje diciéndole que voy a recogerla. Una noche más antes de desaparecer del mapa. Una última vez para ver su rostro, escuchar su risa, sentir su piel bajo las yemas de mis dedos.
No responde enseguida, pero sé que está de camino a casa. Su último mensaje decía que pensaba darse un atracón de series con Becca esta noche. Sonrío para mis adentros, imaginándola acurrucada en ese ridículo sofá rosa con calcetines de peluche, a medias viendo algo y a medias mirando el móvil.
Cuando aparco frente a su edificio, el sol ya está lo bastante bajo como para teñirlo todo de un dorado intenso. Las sombras se alargan por la acera. Repaso la calle con la mirada, como siempre. No me fío de ningún rincón que no haya comprobado yo mismo.
Aparece por la esquina dos minutos después, camina hacia la puerta con el pelo suelto y el abrigo abrochado hasta arriba. Se detiene a saludar a alguien en un coche que pasa antes de llegar al portal.
Algo va mal.
Ella no lo nota, pero yo sí. La puerta de entrada no llega a cerrarse del todo al oscilar tras ella. Rebota ligeramente, como si algo la trabara. Entonces aparece un hombre detrás de ella.
Se me hiela la sangre.
Camina con demasiada naturalidad. Mantiene la distancia justa para no levantar sospechas. Lleva la capucha puesta, pero todo en su forma de moverse está mal. Mi conductor se revuelve en el asiento delantero, pero yo ya estoy abriendo la puerta.
—Espera aquí —ladro, y cierro de un portazo.
Avanzo hacia el edificio con la vista fija. Al llegar a la puerta, veo una caja de cerillas doblada encajada en la esquina, lo justo para impedir que el cerrojo cierre. Chapucero y estúpido, pero claramente intencionado.
La arranco y empujo hacia dentro. Mis pasos resuenan en el hueco de la escalera. Subo los peldaños de dos en dos, con el pulso desbocado.
Entonces oigo gritar a Lyra.
Doblo la esquina justo a tiempo para verla acorralada contra la pared del pasillo, Rick con el puño cerrado en su chaqueta mientras ella le patea. Gruñe algo que no alcanzo a oír por el rugido que me llena los oídos.
No aminoro el paso.
Lo alcanzo en tres zancadas, lo agarro por detrás de la camisa y lo arranco de ella como si fuera de papel. No es ligero, pero la adrenalina lo vuelve ingrávido. Lo estampo contra la pared de enfrente con tanta fuerza que un cuadro se descuelga.
—Bastardo estúpido —gruño, inmovilizándolo con un antebrazo—. ¿Qué coño crees que estás haciendo?
Se le descompone la cara de pánico, abre la boca para protestar, pero aprieto más fuerte. El tabique detrás de él se agrieta.
—¡Damien! —grita Lyra con voz estridente—. ¡Para! ¡Lo vas a matar!
Casi lo hago. Tengo el puño a medio camino de su cara. La otra mano aferrada a la pechera de su sudadera. Sus pies apenas rozan el suelo.
Pero la oigo, y basta para detenerme.
Lo suelto. Jadea buscando aire y se tambalea hacia atrás hasta chocar de nuevo contra la pared. Sus ojos saltan de mí a Lyra, desorbitados de miedo.
—Escúchame bien, pedazo de mierda —siseo, bajo y letal—. Si te vuelvo a ver, si siquiera respiras en esta ciudad, eres hombre muerto.
Rick no responde. Solo asiente y sale disparado hacia el hueco de la escalera.
Me vuelvo hacia Lyra. Está contra la pared, temblando, pero tiene los ojos clavados en los míos.
—¿Estás bien? —pregunto mientras me acerco, con los puños todavía cerrados a los costados.
Asiente lentamente, luego más rápido.
—Sí. Creo que sí.
Alargo la mano hacia ella, y se acerca a mí por instinto. Me rodea la cintura con los brazos y hunde la cara en mi pecho.
—No sabía que me había seguido —murmura—. Simplemente apareció de la nada.
Apoyo la barbilla en su cabeza, mientras intento controlar mi respiración.
—Te tengo —murmuro—. Ya estás a salvo.
Una puerta cruje al abrirse al final del pasillo, luego otra. Alguien asoma la cabeza.
Lyra me mira y suelta una risa nerviosa.
—Mejor no hacemos esto aquí fuera.
Su voz suena más suave ahora, más serena.
Se aparta el pelo de la cara y señala su apartamento.
—Entra. Becca sigue en el trabajo.
La sigo adentro y solo entonces me doy cuenta de que aún me tiemblan las manos por lo cerca que estuvo todo de acabar en sangre. Me tomo un momento para escribirle a mi conductor y avisarle de que me quedo aquí esta noche. Luego guardo el móvil y me vuelvo hacia ella.
Lyra está de pie justo dentro del apartamento, con las manos aún temblorosas, la espalda apoyada contra la puerta cerrada con llave.
Respira en pequeñas ráfagas entrecortadas, pero sus ojos están firmes, clavados en mí como si yo fuera lo único que tiene sentido en esta habitación.
Y eso es exactamente lo que necesito ser ahora mismo.
Me acerco a ella despacio y le tomo la mano sin decir palabra. No se estremece cuando la tomo. Simplemente se acerca a mí y deja que su cuerpo se funda con el mío, como si llevara todo el día esperando este momento.
La beso antes de poder evitarlo. Esta vez no hay vacilación.
Mi boca encuentra la suya y todo lo demás desaparece.
Toda esa furia que sentí cuando vi a Rick tocarla, cuando la oí gritar, cuando imaginé lo que podría haber pasado, ha desaparecido, transformada en otra cosa.
Algo intenso, urgente, volcado por completo en ella.
Se inclina hacia mí y me devuelve el beso con la misma hambre que siento en cada centímetro de mi cuerpo. Sus manos tiran de mi chaqueta, luego de mi camisa, y noto su pulso acelerado contra mi pecho.
—Necesito sentir algo bueno —susurra contra mi boca—. Después de eso. Necesito...
—Lo sentirás —digo mientras la atraigo hacia mí—. Te tengo.
No me apresuro. No pienso hacerlo. No esta noche. Esta noche es para ella.
La levanto sin esfuerzo y siento cómo sus piernas me rodean la cintura, sus brazos mis hombros. Me besa a lo largo de la mandíbula, su aliento cálido contra mi piel, y la llevo al dormitorio sin detenerme.
Su habitación está en penumbra, silenciosa, con un ligero aroma a vainilla. La deposito con cuidado sobre la cama y me quito la chaqueta. Ya está desabrochándose la blusa, pero la detengo con un roce suave.
—Déjame a mí.
Se queda quieta, mirándome, confiando en mí. Le desabrocho la blusa botón a botón y se la deslizo por los hombros, bajándola por los brazos. El sujetador sigue el mismo camino. Cuando nuestra piel desnuda vuelve a tocarse, a ella se le corta la respiración.
La beso de nuevo, más suave y más despacio esta vez. Quiero escuchar cada sonido que hace, sentir cada movimiento de su cuerpo. Sus piernas se aprietan a mi alrededor mientras deslizo las manos por sus costados, memorizando las curvas, la calidez de su piel, la forma en que se arquea hacia mí.
Levanta las caderas para que pueda quitarle los vaqueros, y lo hago despacio, dejando besos en su vientre, luego en sus muslos. Deslizo un beso por la cara interna de su muslo y la siento estremecerse bajo mi cuerpo.
—Estás temblando —murmuro.
—Estoy bien —dice—. Solo te necesito a ti.
—Me tienes.
No digo el resto. Que me tiene desde el momento en que la vi por primera vez.
Me desnudo del todo y echo la manta sobre nosotros mientras vuelvo a tumbarme a su lado. No me apresuro con el resto. Quiero aprender su cuerpo como ya he aprendido su risa y su voz, esa vacilación suya cuando duda de algo pero tiene el valor de seguir adelante igualmente.
Deslizo las manos por su cintura y voy besando desde su cuello hasta la clavícula y luego hasta el pecho. Gime suavemente y entrelaza los dedos en mi pelo. Sigo adelante, saboreando su piel, tocándola como el privilegio que es.
Es suave por todas partes, tan receptiva. Le separo las piernas con delicadeza y deposito un beso entre ellas; la oigo jadear antes de que pueda contenerse. Levanto la vista un momento, solo para ver su expresión.
Está sonrojada, hermosa, desesperada por más. No puedo evitar dárselo.
Me tomo mi tiempo, saboreándola, provocándola en lo más íntimo. La observo retorcerse y jadear, arquearse y gemir, hasta que agarra las sábanas y grita mi nombre. Solo cuando tiembla, sin aliento y exhausta, vuelvo a colocarme sobre ella.
—Eres perfecta —susurro mientras le aparto el pelo de la cara.
—Por favor —dice con voz temblorosa—, te quiero dentro de mí.
Me apoyo sobre los codos, la beso de nuevo y me deslizo dentro de ella despacio, con cuidado, atento a cada reacción de su rostro. Se muerde el labio, se aferra a mis brazos, sus muslos apretándose con más fuerza alrededor de mis caderas.
—Mírame —digo.
Y lo hace.
Empiezo a moverme, despacio al principio, luego más hondo. Se le entrecorta la respiración y me detengo.
—¿Sigues bien?
Asiente mientras una lágrima le resbala por la comisura del ojo.
—Sí. No pares.
Obedezco y sigo adelante, más hondo, más firme, hasta que encontramos un ritmo que la hace aferrarse a mí como si yo fuera lo único que la mantiene entera.
Clava los dedos en mi espalda, jadea en mi oído, sus caderas moviéndose contra las mías con más necesidad de la que he sentido nunca en nadie.
Está tan apretada, tan cálida, tan jodidamente perfecta que tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no acabar demasiado pronto.
La beso de nuevo, con más fuerza, y la sostengo mientras se deshace por segunda vez, su grito ahogado entre su garganta y la mía. La sigo unos instantes después, con el rostro hundido en su cuello mientras me vacío por completo con su nombre en los labios.
Nos quedamos así, enredados y en silencio. Los únicos sonidos son nuestra respiración y el murmullo lejano del tráfico tras la ventana.