Reclamada por el jefe (Papitos de la Mafia Pecaminosos 1) 1
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Reclamada por el jefe (Papitos de la Mafia Pecaminosos 1)

Reclamada por el jefe (Papitos de la Mafia Pecaminosos 1)

Por Natasha L. Black

© inepub.com

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LYRA

El sonido de un vaso al romperse llama la atención cerca de la barra.

Antes de que pueda siquiera asimilar quién lo hizo y por qué, mi compañera de trabajo me distrae.

—La mesa diecisiete quiere otra botella de Dom, y el tipo del traje gris preguntó si servimos caviar con conciencia —murmura Cindy mientras pasa a mi lado, dos martinis en equilibrio en una mano.

Maison Royale es caos vestido de cristal y luz de velas. El jazz fluye desde el piano de cola en la esquina, con el tintineo de cubiertos y tacones superpuesto. Manhattan brilla al otro lado de los ventanales como una ciudad que presume.

Esquivo a un borracho que se tambalea con mocasines Gucci y me deslizo hacia mi sección, la bandeja apoyada en el hombro.

Los brókers ya están escandalosos, riéndose a carcajadas de chistes que seguramente no tienen ni pizca de gracia, mientras se aflojan las corbatas como si fuera un striptease.

Les sirvo los cócteles con una sonrisa pulida por años de práctica.

—Caballeros —digo mientras dejo los vasos sobre la mesa—. Avísenme si necesitan algo más.

Uno de ellos, con el pelo engominado y arrogancia de Wall Street, se inclina hacia mí. Le apesta el aliento a ginebra y ego.

—¿Qué tal tu número? —farfulla.

—No está en el menú —respondo sin dejar de sonreír.

Sus amigos se ríen. Él no.

—Vamos, cariño —insiste con voz pastosa—. Quieres esa propina generosa, ¿no? —Señala hacia abajo con la barbilla.

Mantengo la bandeja firme.

—¿Algo más que pueda traerles?

Se le borra la sonrisa.

—Perra engreída —masculla mientras me alejo.

Lo oigo, pero no me detengo. Aunque no puedo evitar poner los ojos en blanco.

El resto de la noche pasa borroso entre pedidos que llegan, mesas que se preparan de nuevo, y yo esquivando con pericia manos sudorosas e insultos velados con la gracia de una actriz de teatro.

Pero todo se detiene en seco quince minutos después, cuando vuelvo a la mesa de los brókers con sus filetes.

—Esto está demasiado crudo —espeta el señor Engominado, pinchando el plato como si lo hubiera ofendido personalmente—. Además, tu servicio es una mierda.

—Lo siento mucho —digo con frialdad—. ¿Quiere hablar con el encargado?

—No te escapes —se burla—. Una chica como tú debería aguantar un poco de crítica.

Se me acerca demasiado. No me inmuto, pero noto que nos están mirando. Las mesas de alrededor se quedan en silencio.

—Discúlpate —exige con los ojos entrecerrados—. Por tu actitud.

Parpadeo una vez.

—Le ofrecí invitarle al postre.

Me agarra la muñeca.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Me retuerzo, tiro hacia atrás, pero él aprieta con fuerza. La bandeja se tambalea en mi otra mano. El hielo tintinea.

—Suéltame —digo entre dientes.

—No seas una...

Y entonces desaparece en un abrir y cerrar de ojos.

Lo arrancan de mi lado tan rápido que tropieza con una silla. Un desconocido —alto, sereno, aterradoramente preciso— lo tiene agarrado por el cuello. Un segundo hay caos, al siguiente una llave de estrangulamiento.

El bróker jadea. Sus pies patinan sobre las baldosas.

—La señorita ha dicho que no —dice el hombre. Su voz es fría. Con acento ruso. Mortalmente serena.

No grita. No le hace falta.

La sala enmudece. Hasta el pianista deja de tocar.

—No montemos un espectáculo —añade.

Ya es tarde para eso.

El hombre misterioso lo suelta. El señor Engominado se desploma en su asiento, tosiendo y con la cara roja. Sus amigos cogen los abrigos y se lo llevan a rastras, dejando un fajo de billetes sobre la mesa como si eso arreglara algo.

Me quedo ahí paralizada, con el corazón desbocado por lo que acaba de pasar delante de mis narices.

El hombre se ajusta los gemelos, como si no acabara de estrangular a alguien en medio de un restaurante con estrella Michelin, y vuelve a su mesa sin mirarme.

Es entonces cuando me fijo en su traje. Negro azabache, impecablemente cortado para realzar su físico claramente atlético. Se sienta frente a un hombre mayor que come filete como si nada hubiera pasado.

No sé si sentirme impactada o impresionada.

Suelto el aire con fuerza y voy directa al office. Me tiemblan las manos, pero sigo moviéndome y cojo una jarra de agua, buscando a alguien que necesite que le rellene el vaso. Necesito hacer algo. Lo que sea.

Cindy aparece por la esquina con los ojos como platos.

—¿Qué coño acaba de pasar?

—Estoy bien —murmuro, aunque el pulso aún me va a mil—. Controlado.

—¿Segura? Porque el señor Guerra Fría de allí parecía a punto de partir a ese tío por la mitad.

Echo un vistazo al comedor. Está de vuelta en su mesa, tan tranquilo como siempre, bebiendo vino tinto como si nada. Su acompañante, un hombre mayor de pelo canoso, ni siquiera levanta la vista. Como si esto fuera lo más normal del mundo para ellos.

Y quizá lo sea. Los ricos pueden llevar vidas de lo más extrañas.

Relleno un par de vasos de agua y doy una vuelta por mi sección. La mesa donde pasó todo ya está despejada y preparada de nuevo, gracias a un ayudante que lo vio todo con los ojos como platos y manos rápidas. La propina que dejaron los brókers sigue ahí, un buen fajo de billetes de veinte.

Y una tarjeta de visita.

Me guardo la tarjeta sin pensar, con intención de tirarla luego. Pero al pasar junto a la mesa del hombre, algo me hace aminorar el paso.

Alza la mirada hacia mí.

Fríos. Escrutadores. Penetrantes.

Dudo medio segundo y me acerco a su mesa, ignorando los latidos cada vez más fuertes de mi corazón con cada paso.

—Hola —digo en voz baja—. Perdona que interrumpa. Solo quería darte las gracias.

Me observa un instante y asiente.

—De nada.

El acento es real. Ruso. Cortante, elegante. Seguro que podría matar a alguien con un cuchillo de mesa sin arrugarse el traje.

—No tenías que intervenir —añado.

Levanta una ceja.

—¿No?

Reprimo una sonrisa.

—Lo tenía todo controlado.

Se le tuerce la boca. Casi una sonrisa.

—Por supuesto que sí.

Una pausa se extiende entre nosotros. Mira la placa con mi nombre en el delantal.

—Lyra —dice, lento y preciso, como si saboreara la palabra.

—Esa soy yo.

—Soy Damien —responde, ofreciéndome la mano.

Se la estrecho. El apretón es firme, pero no agresivo. Simplemente... sólido.

—Encantada de conocerte, Damien. Aunque la presentación haya sido un poco dramática.

—Memorable —corrige.

Me río. Una risa de verdad esta vez. El nudo en mi pecho se afloja un poco.

Miro a su acompañante, que sigue ignorándonos, y vuelvo la vista hacia Damien.

—¿Tu acento es ruso? —pregunto, arrepintiéndome al instante.

No parece importarle.

—Lo es. Nací en Moscú.

—Te queda bien.

Otra vez esa casi sonrisa.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Esa era la intención.

Otra pausa. Cómoda, esta vez.

—Debería volver al trabajo —digo, aunque en realidad no quiero.

Asiente una vez.

—Probablemente deberías.

Me doy la vuelta y me alejo deprisa antes de decir alguna estupidez. Pero siento su mirada clavada en mí todo el rato.

El ajetreo vuelve a aumentar, pero me muevo en piloto automático. Pura sonrisa, gracia bajo presión, me deslizo entre las mesas como si no me acabaran de agarrar la muñeca y casi hubiera perdido el trabajo por tirarle una bebida a la cara a alguien, cosa que no hice, pero estuve a punto.

Por fin miro hacia la mesa de Damien.

Está vacía. Se me cae el alma a los pies, una decepción inesperada.

Me acerco a la mesa, recojo los vasos y compruebo la cuenta. Ya está pagada, por supuesto. Y la propina es bastante generosa. Tanto que se me encoge el estómago.

Entonces la veo otra vez. La tarjeta.

Esta vez sí la miro.

Damien Morozov

Director General, Integrated Solutions

Parpadeo.

No puede ser.

Integrated Solutions. Esa Integrated Solutions. La empresa de ciberseguridad con contratos con la mitad de las Fortune 500. La empresa a la que envié mi currículum la semana pasada. En la que sueño con trabajar desde la universidad.

En la que tengo una entrevista mañana, joder.

Se me quedan las manos frías.

Bueno, mierda.