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"—Eres igual que tu madre —dijo, su voz temblorosa—. Poderosa. Valiente. Digna del trono."
"—No quiero el trono —respondí, negando con la cabeza."
"—Lo sé. Pero deberías considerarlo."
"—¿Por qué?"
"—Porque el trono no es solo poder. Es responsabilidad. Es la oportunidad de cambiar las cosas, de hacer el mundo mejor. Tu madre lo sabía. Y tú también lo sabes."
Miré a mi alrededor. El campo de batalla. Los heridos. Los muertos. Todo ese caos, toda esa violencia, porque alguien quería poder.
"—Tal vez —dije—. Pero no hoy."
Esa noche, me senté en el balcón de mi torre, bajo las tres lunas.
El aire era fresco y limpio, y el olor a sangre y batalla se había desvanecido, reemplazado por el aroma de las flores plateadas del jardín. La ciudad brillaba bajo la luz de las lunas, sus torres de cristal reflejando la luz como espejos.
Luciano se sentó a mi izquierda. Su mano encontró la mía, y sentí su calor, su fuerza, su presencia tranquilizadora.
"—¿Estás bien? —preguntó."
"—No lo sé —respondí sinceramente—. Todo ha pasado muy rápido."
"—Tienes tiempo para procesarlo. No hay prisa."
Y entonces, Alejandro apareció.
Salió de las sombras del balcón, su cuerpo cubierto de vendajes y cicatrices frescas de la batalla. Pero sus ojos, sus ojos