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"—Llegas tarde —respondí, esquivando el ataque de un Lycan que se abalanzaba sobre mí—. La fiesta ya empezó."
"—Déjame ayudarte."
"—No necesito tu ayuda."
"—Lo sé. Pero déjame ayudarte de todas formas."
A través del vínculo roto, sentí algo que no había sentido antes. Sincero arrepentimiento. No era la manipulación de Camila, no era el orgullo herido de un Alpha. Era un dolor genuino, una tristeza profunda, un deseo real de redimirse.
"—¿Y crees que con disculpas basta? —pregunté, mi voz temblando."
"—No. Pero es un comienzo."
No tuve tiempo de procesarlo. Un Lycan enorme, del doble de mi tamaño, cargó contra nosotros, y la batalla comenzó de nuevo.
Luchamos durante horas. Luciano, Alejandro, los guardias leales del Rey, y yo, codo a codo, espalda contra espalda, defendiendo cada centímetro de terreno. Mi loba guiaba mis movimientos, mis garras se clavaban en la carne enemiga, y por primera vez en mi vida, sentí lo que era ser una guerrera.
Ya no era la omega débil que Alejandro había rechazado. No era la sirvienta invisible que limpiaba las casas de los demás. No era la huérfana que suplicaba por migajas de afecto.
Era una Lycan. Era la hija de Isabella. Era poder.
"—¡Valeria!"
La voz del Rey resonó sobre el campo de batalla. Me giré y vi la escena: Valerian tenía al Rey, una daga presionando su garganta, la hoja brillando bajo la luz de las lunas.