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Luciano caminaba a mi lado, su presencia sólida y tranquilizadora. A pesar de las miradas y los susurros, mantenía la cabeza erguida, su expresión serena.
"—Mantén la cabeza en alto —dijo en voz baja—. No muestres debilidad. Aquí, la debilidad es la muerte."
"—Lo sé."
Llegamos al palacio. Sus puertas eran de obsidiana y plata, tan altas que parecían tocar el cielo. Estaban talladas con escenas de batallas antiguas, de lobos y Lycan luchando codo a codo, de lunas y estrellas y dioses olvidados.
Los guardias abrieron las puertas, y entramos.
El interior era aún más impresionente que el exterior.
Columnas de cristal sostenía un techo abovedado donde las tres lunas parecían brillar en un cielo pintado, sus rayos de luz plateada iluminando cada rincón de la gran sala.
El suelo era de mármol blanco con vetas plateadas, tan pulido que reflejaba nuestro caminar como un espejo.
Y al final de la gran sala, en un trono de plata y hueso, estaba él.
Mi abuelo. El Rey Lycan.
Era un hombre imponente. Su cabello plateado caía en ondas hasta sus hombros, y su rostro estaba marcado por cicatrices de batalla que contaban historias de guerras olvidadas.
Sus ojos, del mismo color plateado que los míos, me escudriñaron con una inteligencia despiadada, evaluando cada movimiento, cada respiración, cada latido de mi corazón.
Vestía una túnica negra adornada con hilos de plata que brillaban con luz propia, y en su pecho colgaba un medallón con