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Caminamos hacia el norte, internándonos en el bosque más profundo.
Los árboles se volvían más viejos a medida que avanzábamos, sus troncos retorcidos y cubiertos de musgo, sus raíces extendiéndose por el suelo como dedos de madera.
El aire se volvía más denso, cargado de una energía antigua que hacía que mi piel se erizara.
Después de una hora de caminata, llegamos a un claro.
Tres piedras gigantes formaban un arco en el centro, sus superficies cubiertas de símbolos que brillaban débilmente incluso bajo la luz del día. Eran los mismos símbolos que había visto en las cadenas de mi loba, los mismos que adornaban el cofre de mi madre.
"—Necesito tu sangre —dijo Sombra, transformándose de vuelta a su forma humana—. La sangre de la heredera para abrir el portal."
"—¿Sangre?"
"—Es la única llave que funciona. La sangre de Isabella abría este portal. La tuya también lo hará."
Tomé el cuchillo que Elena me había regalado y, sin dudar, corté mi palma. La sangre brotó, roja y cálida, y dejé que cayera en el cuenco de piedra que Sombra sostenía.
La tierra tembló.
El arco comenzó a brillar, primero rojo, luego plateado, luego blanco cegador. La luz era tan intensa que tuve que cerrar los ojos, y sentí cómo el viento se arremolinaba a mi alrededor, cómo el poder antiguo del portal me envolvía.
Cuando abrí los ojos, vi otro mundo a través del portal.
Árboles plateados cuyas hojas brillaban como espejos. Un cielo púrpura con tres lunas, una grande y dos pequeñas,