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"—Lo sé —dijo Luciano, su voz más suave—. Pero ahora estás lejos de allí. Ahora puedes ser quien realmente eres."
"—¿Y si no puedo? ¿Y si soy demasiado débil?"
Luciano dio un paso hacia mí, sus ojos fijos en los míos.
"—No eres débil, Valeria. Has sobrevivido a un rechazo, a la fiebre, al hambre, al destierro. Has despertado un poder que ha estado dormido durante dieciocho años. Eres todo menos débil."
"—Pero tengo miedo."
"—El miedo no es malo. El miedo te mantiene viva. Lo malo es dejar que el miedo te controle."
Cerré los ojos. Respiré profundo, dejando que el aire fresco llenara mis pulmones, que el olor del bosque nocturno inundara mis sentidos.
Encontré a mi loba en el espacio interior.
Ya no estaba encadenada. Las cadenas yacían rotas a su alrededor, eslabones de sombra esparcidos por el suelo como recuerdos de un pasado que ya no nos ataba.
Ella corría libre, su pelaje plateado brillando incluso en la oscuridad de mi mente, su cuerpo magnífico moviéndose con una gracia que robaba el aliento.
"—¿Estás lista? —le pregunté."
"—Siempre he estado lista —respondió, deteniéndose y mirándome con sus ojos de plata—. Esperaba que tú lo estuvieras."
"—Tengo miedo."
"—Yo también. Pero el miedo no nos detendrá."
Extendí mi mano hacia ella. Ella inclinó la cabeza, presionando su frente contra mi palma, y por un momento,