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Y la oscuridad me envolvió.
Desperté en una cama.
No era la cama más cómoda que había conocido, pero después de días durmiendo en el suelo del bosque, se sentía como las nubes más suaves que hubiera imaginado.
Olía a cedro. El aroma era cálido y reconfortante, mezclado con el olor a agua limpia y a hierbas secas. Las sábanas eran de lino suave, y la almohada estaba rellena de plumas, cediendo bajo mi cabeza como si me estuviera abrazando.
Una vela parpadeaba en la mesita de noche, proyectando sombras danzantes en las paredes de madera. La habitación era pequeña pero acogedora, con estantes llenos de frascos de vidrio y hierbas colgando del techo.
"—¿Dónde estoy? —pregunté, mi voz rasposa por la sequedad."
La puerta se abrió antes de que pudiera procesar mi entorno. Una mujer entró, su cabello rojizo recogido en un moño desordenado, sus ojos verdes brillando con una mezcla de alivio y curiosidad. Llevaba una bandeja humeante, y el olor a caldo de verduras invadió la habitación.
"—¡Despertaste! —exclamó, su sonrisa iluminando todo su rostro—. Luciano dijo que sobrevivirías, pero no estaba segura los primeros dos días."
"—¿Dos días? —intenté incorporarme, pero mi cuerpo protestó violentamente—. ¿He estado inconsciente dos días?"
"—Tres, en realidad. Luciano te trajo hace tres noches."