Rechazada: El Despertar de la Luna Olvidada Page 15
11%

Page 15

Mi loba sonrió, mostrando dientes afilados y blancos. No era una sonrisa de sumisión. Era una sonrisa feroz, depredadora.

"—El rechazo de Alejandro rompió el veneno —continuó—. Su rechazo, que debía matarnos, nos liberó. ¿No es irónico?"

"—Pero duele... duele tanto..."

"—El dolor es el precio de despertar. Duele porque estamos rompiendo cadenas que han estado ahí durante toda tu vida. Duele porque estamos creciendo. Duele porque estamos viviendo."

Mi loba se incorporó, las cadenas restantes chirriando con el movimiento.

"—No eres débil, Valeria. Nunca lo has sido. Solo has estado dormida. Pero ahora estás despertando. Y cuando despiertes por completo, el mundo temblará."

Di un paso hacia ella, extendiendo mi mano. Ella inclinó la cabeza, presionando su frente contra mi palma. Por un momento, fuimos una. Por un momento, sentí su fuerza, su poder, su furia contenida.

Por un momento, dejé de tener miedo.

"—¿Qué hacemos ahora? —pregunté."

"—Sobrevivimos. Nos fortalecemos. Y luego, cuando estemos listas, les mostramos a todos lo que significa haber mantenido a una princesa Lycan encadenada."

Sus ojos brillaron con una luz que no era humana.

"—Despierta, Valeria. Es hora de despertar."

Capítulo 4: El Destierro

Amaneció. La luz del alba se filtró por la entrada de la cueva, pintando las paredes de piedra en tonos rosados y dorados. Abrí los ojos lentamente, esperando el dolor que me había acompañado durante los últimos días.

Pero el dolor seguía allí. No había desaparecido. Seguía sintiendo el vínculo roto como un eco fantasma en mi pecho, una ausencia que dolía más que cualquier presencia. Pero era más leve. Como una herida profunda que comienza a cicatrizar, que todavía duele pero ya no sangra.

Me incorporé con cuidado, apoyándome en las paredes de la cueva. Mi cuerpo estaba rígido y dolorido, cada músculo protestando por los días de inmovilidad y fiebre. Pero podía moverme. Podía pensar con claridad.

Mi loba estaba allí, en el fondo de mi conciencia. Todavía débil, todavía luchando, pero despierta. Me miraba con ojos atentos, esperando, lista.

"—Buenos días —susurré, poniendo una mano sobre mi pecho."

Sentí su respuesta, un cálido lametón en mi conciencia, y sonreí por primera vez en días.

Salí de la cueva. El bosque se extendía ante mí, vasto e indiferente. Los árboles se alzaban hacia el cielo, sus copas meciéndose con la brisa matutina. El aire olía a pino y a tierra mojada, y por un momento, casi olvidé dónde estaba y por qué.

Pero el dolor en mi pecho me recordó la verdad.