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Y entonces lo sentí.
Ese calor antiguo. Ese poder que se había removido durante la ceremonia, que había comenzado a filtrarse a través de las grietas de mis cadenas rotas. No se había ido. Seguía allí, burbujeando justo debajo de la superficie, esperando.
Levanté mis manos temblorosas frente a mí, y vi cómo una luz plateada comenzaba a bailar en la punta de mis dedos. Eran como pequeñas luciérnagas, diminutas chispas de luz que danzaban y giraban alrededor de mis manos.
Mi loba gimió dentro de mí. Pero no era un gemido de dolor. Era un gemido de reconocimiento.
De anticipación.
"—¿Qué eres? —pregunté en voz alta, mirando mis manos iluminadas—. ¿Qué soy?"
Pero no hubo respuesta. Solo el sonido del arroyo, el viento en los árboles, y el latido de mi corazón, que por primera vez en horas no dolía tanto.
Algo estaba despertando dentro de mí.
Y no sabía si eso me salvaría o me destruiría.
Capítulo 3: La Caída
Tres días después del rechazo, toqué fondo.
La fiebre me consumía desde dentro. Mi cuerpo temblaba incontrolablemente, sacudido por espasmos que iban y venían como olas en un mar tormentoso.
El sudor empapaba mi vestido, ahora tan sucio que apenas podía distinguir su color original.
Cada respiración era un esfuerzo titánico, como si mis pulmones estuvieran llenos de arena.