Rechazada por el Rey Dragón Capítulo 30
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Capítulo 30

Rory

El consejo lo nombra rey antes del atardecer.

La corona en sí tendrá que esperar. Según la ley que Helena le arrojó a Theron en cara, nadie puede ceñirla hasta que el fuego regrese a la cuenca.

El consejo en pleno ha presenciado el vínculo, y la llama fundadora ha quemado a un usurpador en el suelo del salón del trono; hay una diferencia entre una corona y un rey.

El consejero principal pronuncia las palabras de aclamación con la voz temblorosa, y nadie discute.

Nadie se atreve.

Me quedo al borde del estrado, con la mano de Emberly en la mía, y observo cómo el peso de un reino se posa sobre sus hombros.

Cuando Caspian se levanta y se vuelve hacia la corte, no sé cómo llamar a la expresión de su rostro. Nunca se la había visto. Podría ser paz. Podría ser agotamiento.

«Nuestro rey», suspira mi loba.

La corte se arrodilla de nuevo, y esta vez nadie necesita que lo obliguen.

—Mi primer acto —dice Caspian— es ordenar el arresto del Alfa Deacon de Silver Creek.

—Los cargos son extorsión, conspiración y venta de información del linaje real a un enemigo de la corona. Será traído aquí encadenado para esperar juicio —los ojos de Caspian buscan los míos a través del salón.

«Deacon», dice mi loba, con una satisfacción salvaje. «Por fin».

Todos los años que me desangró. Vendió la sangre de ella a Theron. Y ahora responderá por ello.

—Y los lobos retenidos para interrogatorio, Serena y Tomas Vale, quedan en libertad. Ahora.

Exhalo.

Emberly me tira de la manga.

—¿El hombre malo va a ir a la cárcel?

—Sí, cariño.

Pienso en las repercusiones de esto, en cómo le irá a Silver Creek sin su Alfa. Pero sé que encontrarán a uno nuevo que los lidere, uno mejor. Y al menos Serena y su familia estarán a salvo de su ira.

Las horas siguientes se confunden unas con otras: consejos, nobles que explican por qué permanecieron en silencio mientras Theron golpeaba a su príncipe hasta dejarlo ensangrentado. Caspian escucha, asiente y acepta sus promesas huecas. Rhys está con Helena. Vivo. Es todo lo que me dicen.

«Fíjate en sus ojos», señala mi loba. «Está tomando nota».

O simplemente está cansado. No puedo saberlo desde el otro extremo de la sala, y ella tampoco.

Cuando el último peticionario se marcha, el sol se ha puesto hace rato. Emberly duerme en una silla junto al fuego, acurrucada bajo una piel que alguien le ha encontrado.

Caspian cruza la habitación y contempla a nuestra hija. La dureza que ha tenido en el rostro todo el día se desvanece.

—Es tan pequeña —murmura—. Se me olvida.

—Es feroz.

—Ya lo he visto —se agacha y aparta el pelo de la frente de Emberly—. Me dijo que si más hombres malos intentan hacernos daño, les prenderá fuego. Y que mi voz de dragón es espantosa.

—Típico de ella.

Caspian guarda silencio, contemplando a Emberly mientras duerme. La Marchitez ha desaparecido. Siento su ausencia a través del vínculo como una herida que por fin ha dejado de sangrar. Ninguno de los dos ha dicho una palabra al respecto.

—Me perdí tantas cosas —dice en voz baja—. Intento contar las noches que no estuve para arroparla. Llego a la mitad y tengo que parar, porque el número no tiene fondo.

Me acerco y le pongo la mano en el hombro.

—Estás aquí ahora.

—¿Es suficiente?

—Es un comienzo.

Entonces se levanta y alza a Emberly con cuidado de la silla.

—La llevaré a su habitación —dice—. La de al lado de la nuestra.

Junto a la nuestra. Como si fuéramos una familia. Quizá lo somos.

—Te esperaré —digo, y él sale con nuestra hija en brazos.

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Después de asegurarme de que Emberly está bien arropada, sigo a Caspian a sus aposentos.

La puerta de su cámara de baño ya está entreabierta, con vapor que se riza por la abertura, y entro directamente.

Me sorprende lo lujoso que es: una estancia tallada en la montaña.

Unos manantiales termales alimentan una piscina lo bastante grande como para nadar.

Hay cristales en las paredes que proyectan arcoíris fragmentados sobre la piedra oscura.

—¿Te gusta?

Me doy la vuelta.

Caspian está apoyado contra la pared del fondo, con los brazos cruzados. Se ha quitado las túnicas formales y lleva solo una toalla alrededor de la cintura. Se le marca el contorno de los músculos de la cadera.

Así parece más joven. Se parece más al hombre que me contaba historias sobre constelaciones.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—El suficiente para verte absorberlo todo.

Me acerco y le doy un golpecito en el hombro.

—Hay algo que quiero enseñarte —dice Caspian.

Se sienta al borde de la piscina y deja los pies colgando.

Al cabo de un momento, me siento a su lado—.

Este era el lugar favorito de mi madre. Estas eran sus habitaciones antes de que falleciera.

Decía que los manantiales podían curar cualquier cosa, si creías con suficiente fuerza.

—¿Tú creías?

—Quería creer —contempla el vapor que se eleva—. Después de que murió, venía aquí a rezar para que volviera —se detiene. Retoma el hilo—. No funcionó. Así que llené el vacío con el deber. Y eso sí que funcionó bien.

Le tomo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos. Él contempla nuestras manos unidas un largo momento.

—Cuando te rechacé —dice—, me convencí de que te estaba protegiendo.

Pero esa no era toda la verdad —me mira, y tiene los ojos brillantes—.

Estaba aterrorizado. De necesitar a alguien como te necesitaba a ti.

Me había pasado la vida entera aprendiendo que el amor era debilidad.

Y entonces apareciste tú, y estaba dispuesto a quemar el reino entero con tal de mantenerte a salvo.

Así que te solté antes de que pudieras convertirte en otro agujero en mi pecho.

—Estuve enfadada durante mucho tiempo —digo en voz baja—. Contigo. Con el destino por atarme a alguien que podía deshacerse de mí tan fácilmente.

Le aprieto la mano.

—Pero también huía. De la parte de mí que nunca dejó de desearte.

—¿Todavía me odias?

—No.

Se me escapa antes de decidir decirlo, pero es verdad de todos modos.

—Creo que dejé de odiarte en el momento en que te vi caer en la cámara del consejo.

—¿Cuándo lo admitiste?

—En el calabozo, mientras intentaba cortar ese collar de tu garganta.

Suelto una risa temblorosa.

—Entre la sangre y las cizallas, me di cuenta de que yo también quemaría todo el reino con tal de mantenerte a salvo.

Caspian se limita a mirarme. Luego me toma el rostro entre las manos, y cuando me besa, no se parece en nada a los besos desesperados que hemos compartido antes.

Me deshago entre sus brazos. Cuando se aparta lo justo para mirarme, sus ojos son plata pura, el color que recuerdo del observatorio.

—Quiero recordar esto —dice con suavidad.

Apoya su frente contra la mía.

—Quiero pasar el resto de mi vida aprendiendo todo lo que me perdí.

—Pues aprende —susurro.

Me besa de nuevo, más profundamente, y sus manos buscan los cordones de mi vestido. Los desata despacio, dándome tiempo para detenerlo. No lo hago.

El vestido cae hasta mi cintura, y entonces sus manos están ahí, cálidas.

—Eres más hermosa de lo que recordaba —murmura contra mi garganta.

—Adulador.

—Solo digo la verdad.

Su boca encuentra mi clavícula.

Sus manos ascienden desde mi cintura y se detienen justo debajo de mis pechos. Lo siento exhalar contra mi piel, como si intentara contenerse.

Entonces sus pulgares rozan ambos pezones a la vez, y todo mi cuerpo responde. Dejo escapar un gemido, y lo hace de nuevo, observándolos endurecerse bajo sus caricias.

—Caspian...

—Déjame —dice con voz ronca—. He pensado en esto. Dioses, cuánto he pensado en esto.

Se inclina y lo toma con la boca, y no se parece en nada a la última vez. No tiene prisa. Su lengua traza círculos lentos, y se aparta solo para posar los labios ahí y dejarlos quietos. Luego vuelve a atraerme y succiona, y mis manos se enredan en su pelo y no puedo quedarme callada.

Pasa al otro y le dedica el mismo cuidado. Su mano sube al primero, el pulgar y el índice se cierran con suavidad y giran hasta que me arqueo en el borde y jadeo su nombre hacia el techo. Él emite un murmullo de satisfacción contra mi piel.

Cada sonido que emito, él lo absorbe y me lo devuelve con su boca. También lo siento a través del vínculo. Me quiere entera: cada centímetro, cada sonido, y lo quiere despacio, para que nada se pierda.

—Quiero...

Su aliento es entrecortado contra mi pecho.

—Quiero devorarte entera. Y quiero que me lleve el resto de mi vida.

Mis manos recorren la dureza de su pecho. Trazo las peores de sus cicatrices: la que va del hombro a la cadera, luego la marca en su clavícula, plateada otra vez, y mi mano se queda ahí.

—Siento que hayas cargado con todo esto solo —susurro.

—Ya no estoy solo.

Se pone de pie y tira de mí con él. Nos deshacemos del resto de la ropa de camino a la piscina. El agua está casi demasiado caliente cuando nos sumergimos.

Caspian me atrae hacia él, mi espalda contra su pecho, y su boca busca mi oído.

—Voy a reclamarte —murmura—. Como es debido esta vez. Como debería haberlo hecho en el observatorio.

«Sí», aúlla mi loba.

—¿Qué significa eso? —logro decir—. ¿Reclamar?

—Para los lobos, reclamar es un mordisco. Una marca que todos pueden ver.

Su mano se posa abierta sobre mi vientre.

—Para los compañeros, es el mismo mordisco. Solo que va más profundo. Abre el vínculo por completo. Me oirás. Yo te oiré.

—¿En mi cabeza?

—En tu cabeza.

Puedo oír la sonrisa en su voz.

—O eso me han dicho. Nunca lo he hecho. Nunca quise.

Sus labios trazan un camino por mi cuello.

—Hasta que llegaste tú.

El vínculo arde entre nosotros. Me arqueo contra él.

—Rory.

Su voz es ronca.

—Necesito que me digas que quieres esto. Necesito oírtelo decir.

—Quiero esto.

—¿Todo?

—Todo.

Me gira entre sus brazos, y por un momento solo nos miramos, el agua goteando de nuestro pelo, la luz de las velas tiñéndolo todo de oro y sombra.