Rechazada por el Rey Dragón
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Capítulo 1
Rory
El aguardiente sabe a arrepentimiento, pero esta noche me da igual.
Hago una mueca mientras me quema la garganta, con un sabor a medio camino entre gasolina y bayas fermentadas, y mi mejor amiga, Serena, se ríe del gesto que pongo.
La música retumba en el salón de baile reconvertido del observatorio —porque, claro, Rhys convirtió la torre de astronomía de su difunta madre en un local de fiestas en cuanto su padre se marchó a la Cumbre del Este— y los cuerpos se aprietan en la oscuridad brumosa, lobos y dragones que se restriegan unos contra otros como si las guerras territoriales de sus abuelos nunca hubieran existido.
—Se supone que hay que beberlo a sorbos —grita Serena por encima de los graves, con su melena negra azabache que rebota mientras se balancea al ritmo—. No de un trago, como si quisieras olvidar hasta tu nombre.
—Puede que sea eso lo que busco —me sirvo otro trago de la botella sin etiqueta que hay en la mesa junto a nosotras y me lo bebo antes de que pueda detenerme. Este baja más fácil—. Puede que olvidar mi nombre sea justo el plan de esta noche.
La expresión de Serena se suaviza y abre la boca para decir algo.
—Vendrá —digo antes de que pueda hablar—. Siempre aparece en sus propias fiestas.
—Tarde o temprano —me quita la botella de la mano y da un sorbo delicado, con una mueca de asco—. Dioses, esta tanda es peor que la anterior. ¿Con qué lo está cortando Dylan, con disolvente?
—Aliento de dragón, según dicen —recorro la multitud con la mirada otra vez, en busca de ese pelo oscuro y esa sonrisa perezosa que todavía me revuelve el estómago—. Una hierba que solo crece por encima de las nubes. Muy exclusiva y muy ilegal.
—Asqueroso —pero da otro sorbo de todos modos, porque eso tiene el aguardiente de Rhys: es horrible y adictivo, y todos fingen que les encanta porque él es un príncipe y este es el único lugar del reino donde los lobos de los territorios bajos pueden beber junto a la nobleza dragón sin que nadie llame a la guardia.
El gran igualador, lo llamó Rhys una vez, con los labios rozándome el oído en el rincón oscuro donde nos conocimos. Aquí arriba, todos somos animales y nada más.
En su momento me pareció romántico.
Ahora ya no sé qué pensar.
—Rory —Serena me agarra del brazo con suavidad pero con firmeza—. ¿Podemos hablar un momento? Hablar de verdad, no solo...
—Si esto es otro sermón sobre Rhys...
—Es una pregunta sincera —me arrastra lejos del gentío, hacia una alcoba más tranquila donde solían estar los enormes telescopios antes de la muerte de la Reina.
Ahora solo hay espacio vacío, polvo y una ventana con vistas a todo el reino.
Los lobos viven a los pies de la montaña, los dragones en la cima, y nosotros en algún punto intermedio, fingiendo que la jerarquía no existe por una noche.
Dejo que me arrastre hacia las sombras, en parte porque el aguardiente me está subiendo más de lo esperado y en parte porque sé que no parará hasta soltar lo que tiene que decir.
—¿Cuándo fue la última vez que te vio de verdad? —pregunta con voz más suave—. ¿Que quedó contigo a plena luz del día?
Intento buscar una excusa, pero me quedo en blanco.
No he visto a Rhys en cuatro meses, pero mi cerebro sigue empeñado en creer que estamos juntos, o lo que sea que seamos.
Le había enviado varias cartas, pero casi todas se quedaron sin respuesta, salvo la última, en la que me invitaba a la fiesta de esta noche.
—Eso me temía —continúa Serena, apoyándose en el marco de la ventana—. Rory, yo estaba aquí cuando lo conociste. Justo aquí, en esta misma sala, el año pasado. Te vi pillarte tan fuerte que se te olvidó respirar. Y lo he visto recogerte justo lo necesario para mantenerte esperando, una y otra vez.
—Es complicado —las palabras me saben a ceniza—. Su familia, la política, el hecho de que yo soy...
—¿Una loba de Silver Creek? —arquea una ceja—. Qué curioso que eso solo importe cuando a él le conviene. No tuvo ningún problema con tu rango en la manada cuando te colaba en sus aposentos a las tres de la madrugada.
El recuerdo de nuestra primera noche juntos me asalta. Las manos de Rhys en mi pelo, su boca ardiente contra mi cuello, mientras me susurraba: «Eres diferente» y «Eres la chica más guapa que he visto en mi vida», y todas las demás mentiras bonitas que me tragué.
—Solo está aclarándose —digo, y odio lo desesperada que sueno—. Le da miedo su posición, lo de...
—Del compromiso —la voz de Serena es dulce pero firme—.
Rory, he visto este mismo patrón tres veces.
Te alejas, y de repente no puede vivir sin ti.
Aparece con sexo y esa voz que te hace olvidar todas las señales de alarma.
Y en cuanto vuelves a ser suya del todo… en cuanto te relajas y confías en él…
—Desaparece —las palabras me salen huecas—. Lo sé.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí? —señala la fiesta a nuestro alrededor—. ¿Por qué estás aquí plantada esperando a un hombre que ni una sola vez...
—Porque lo quiero —me sale más alto de lo que pretendía. Algunas cabezas cercanas se giran; bajo la voz—. Ya lo sé. Suena estúpido. Pero necesito saberlo, Serena… necesito mirarlo a los ojos y oírle decir que se acabó, o...
—¿O qué? —Serena me sostiene la mirada—. ¿De repente se dará cuenta de que eres el amor de su vida? ¿Te presentará a su familia, te paseará por la corte, le contará a todo el reino que un príncipe se ha emparejado con una loba de bajo rango del valle?
La palabra me golpea como una bofetada. Bajo rango. Como si no supiera perfectamente lo que soy, de dónde vengo, lo por debajo de él que siempre estaré.
—Solo necesito hablar con él —digo en voz baja—. Cara a cara. Y si no es capaz de darme una respuesta clara...
—¿Te alejarás? —el escepticismo en su voz me cala hondo, porque las dos conocemos mi historial—. ¿Como cuando te ignoró durante dos meses después de decirle que lo querías? ¿Como cuando descubriste que lo habían visto con esa heredera dragón en el Baile de Invierno?
—Él me lo explicó. Era una amiga de la familia, y—
—Rory.
Serena me toma las manos.
—Te quiero. Eres mi mejor amiga y mataría por ti, literalmente. Pero necesito que te oigas a ti misma ahora mismo. Deja de justificar su comportamiento.
Siento que los ojos me empiezan a arder.
—Una noche más… —susurro—. Solo dame una noche más para asegurarme. Y si… si de verdad se acabó, me iré.
—Estaré aquí mismo —me aprieta las manos—. Con más licor de luna y sin juzgarte.
Se me escapa una risa ahogada.
—Sabes que yo también te quiero, ¿verdad?
La abrazo e inspiro el aroma familiar de su perfume. Jazmín y sándalo, un regalo de su abuela, que todavía prepara sus propios aceites de forma tradicional. Para mí, siempre olió a hogar.
La medianoche llega y pasa, y he perdido la cuenta del licor de luna.
¿Cuatro copas? ¿Cinco? No lo sé, y no me importa.
La fiesta ha alcanzado ese punto álgido en el que las inhibiciones se han disuelto.
En una esquina, una loba de la Manada del Norte se besa con una dragona cuyas alas aparecen y desaparecen, con escamas que ondulan sobre sus hombros como joyas vivas.
En la pista de baile improvisada, los cuerpos se mueven juntos de formas que escandalizarían a la generación anterior: manos que vagan, bocas que buscan, el bajo tan fuerte que lo siento en los dientes.
Rhys sigue sin aparecer.
No dejo de mirar hacia la entrada, de buscar entre cada figura morena que pasa mientras me repito que solo llega tarde porque eso es lo que hacen los príncipes.
Pero el nudo en el estómago se me aprieta más con cada minuto, y ni siquiera el licor de luna consigue adormecer del todo la creciente certeza de que me han dejado plantada en su propia fiesta.
—Quizá no venga —dice Serena mientras me pasa un vaso de agua—. Quizá tuvo que…
Se me dilatan las fosas nasales.
—Está aquí —digo.
Me giro hacia la entrada justo cuando la multitud se abre y Rhys Drakos entra como si fuera el dueño del lugar.
Bueno, para ser justos, prácticamente lo es.
Su padre es el Rey, su familia es dueña de la montaña y probablemente de la mitad del valle, y se mueve por su reino de jóvenes lobos borrachos y dragones rebeldes como un dios que acepta la adoración de sus fieles.
Lleva el pelo oscuro artísticamente despeinado, la camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el borde de su tatuaje.
Todos dicen que Rhys tiene el aspecto de la difunta Reina: los rizos negros, los ojos color miel, la sonrisa que te hace sentir especial.
Es una sonrisa devastadora, una sonrisa que me atrapó.
Pero ahora solo me provoca náuseas porque…
Porque no viene solo.
La mujer que lleva del brazo es una dragona.
Me doy cuenta de inmediato por cómo se mueve, fluida y depredadora.
Tiene el pelo rubio pálido, que le cae en cascada sobre los hombros desnudos, brillantes de escamas en tonos dorados y ámbar.
Es alta y esbelta, tan hermosa que casi duele mirarla, y mientras la observo, se inclina para susurrarle algo al oído.
Él se ríe.
Su risa atraviesa la sala, y doy un paso adelante.
—Rory.
La mano de Serena se cierra en torno a mi muñeca.
—No lo hagas.
Pero me suelto de su agarre.
La multitud se difumina a mi alrededor, y el licor de luna hace que todo parezca distante e inmediato a la vez. No recuerdo ninguno de los pequeños obstáculos, las decenas de ellos, que hay entre el príncipe que me prometió algo diferente y yo.
Solo sé que en un momento estoy junto a Serena, y al siguiente estoy plantada justo delante de él.
—Rhys.
La dragona rubia me mira confundida, pero Rhys… El príncipe se queda muy quieto.
—Rory.
Pronuncia mi nombre arrastrando la erre.
—No esperaba verte aquí.
—Tú me invitaste. —Mi voz me suena extraña, como si las copas que he bebido hubieran congelado algo que debería estar ardiendo—. Hace tres semanas, ¿recuerdas? Dijiste que querías verme, que teníamos que hablar de lo nuestro, que…
—¿Eso hice? —Frunce el ceño ligeramente, como si intentara recordar algo incómodo—. No me suena a algo que yo diría.
La mano de uñas perfectas de la rubia se tensa en su brazo.
—Cariño, ¿quién es esta?
Siento que el pecho se me encoge. Cariño.
—Nadie —dice Rhys con suavidad, y sus ojos se clavan en los míos mientras lo dice—. Solo una callejera que ha subido de los territorios bajos. Ya sabes cómo son estas fiestas, cariño. Cualquiera con pulso puede colarse.
¿Cómo me ha llamado?
Una callejera. ¿Una callejera?
Me quedo sin palabras.
—Después de todo… después de lo que me dijiste…
—¿Lo que dije? —Se ríe con desdén—. Cariño, digo muchas cosas cuando bebo. No te lo habrás tomado en serio, ¿verdad?
Las risas empiezan en algún lugar a mi espalda y se extienden como veneno por la multitud. Noto los ojos clavados en mí, docenas de ellos, contemplando mi humillación.
Mi mano se mueve sola, y la bofetada resuena por toda la sala.
La cabeza de Rhys gira hacia un lado. Cuando se vuelve, una marca roja le florece en el pómulo.
—Vaya.
Se toca la mandíbula, con expresión completamente vacía.
—Supongo que debería habérmelo esperado. Aunque no entiendo por qué estás tan disgustada.
Alza la voz, dirigiéndose ahora a la multitud.
—No pensarías de verdad que lo nuestro era real, ¿no?
Las palabras golpean como puños, una tras otra, y me dejan sin aire en los pulmones.
No puedo respirar. No puedo pensar. Miro a mi alrededor: todos se ríen por lo bajo, escondidos tras sus copas.
Noto las lágrimas que me arden en los ojos, a punto de derramarse y darle una última victoria: la imagen de mí llorando a sus pies mientras todos miran.
Antes de que caigan, echo a correr.
La primera salida que veo es la que sube a la torre.
La escalera de caracol se difumina bajo los pies mientras subo más y más, lejos de la música y las risas.
Me arden los pulmones. Me arden los ojos.
Todo arde, y no me detengo hasta que atravieso una puerta y salgo a trompicones a una plataforma abierta al cielo.
El mirador. Una cúpula que se abre para revelar todo el cielo nocturno. Y el viento.
Dioses, el viento. Me golpea como si estuviera vivo, tan fuerte que casi me tumba. Me agarro a la barandilla y me aferro, dejando que la ráfaga me atraviese el pelo y los últimos jirones de mi dignidad.
Se me escapa un sollozo, arrancado de lo más profundo de mi pecho.
Lloro hasta quedarme con la garganta en carne viva, hasta que el viento se lleva el sonido antes de que llegue a mis propios oídos, hasta que ya ni siquiera sé qué estoy llorando.
¿A Rhys? ¿La idea de Rhys? ¿A la chica desesperada que de verdad creyó que podía escapar del valle montada en las bonitas mentiras de un príncipe?
Serena tenía razón. Tenía razón en todo. Él nunca me vio como una persona, solo como un juego. Solo como una presa que cazar.
El viento cambia y trae un nuevo aroma. Al principio pienso que es Serena, pero huelo algo más profundo, más intenso, como humo y tierra mojada. Mi loba se remueve en mi pecho. Dioses, casi me había olvidado de ella.
Me quedo inmóvil.
Un hormigueo me recorre la piel, empieza en la nuca y baja por la columna. Después, algo en lo más hondo de mi vientre se tensa, como un hilo invisible que tira de un lugar que no sabía que existía.
No estoy sola. Y darme cuenta de ello me aterra.
—No deberías estar aquí arriba sola —dice una voz a mi espalda, una voz como terciopelo arrastrado sobre grava.
El calor me inunda las mejillas, el pecho, más abajo. Hay un latido entre mis muslos que no tiene nada que ver con el licor de luna, y todo con la presencia que siento pero no veo.
—¿Quién está ahí? —Mi voz sale entrecortada.
Una figura emerge de la oscuridad hacia la luz plateada de la luna, y se me corta la respiración.
Es alto, más alto que nadie junto a quien haya estado jamás, con cuerpo de guerrero.
Todo en él son hombros anchos y músculos fibrosos que apenas distingo entre las sombras.
La luz de la luna solo capta fragmentos de él: la línea afilada de una mandíbula, un cabello tan claro que parece brillar plateado en la oscuridad.
No puedo verle el rostro con claridad. Pero sus ojos…
Sus ojos me encuentran en la oscuridad, y son plateados. Un plateado brillante y penetrante, como luz de estrellas sobre la nieve.
Dragón.
Mi loba se estrella contra mi pecho con tanta fuerza que tropiezo de verdad; un gemido me sube por la garganta y apenas logro contenerlo.
El tirón en mi vientre se convierte en un arrebato, una exigencia, cada célula de mi cuerpo tensándose hacia este desconocido como si fuera aire y yo llevara toda la vida ahogándome.