Rechazada por el Doctor Capítulo Veinticinco #2
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Capítulo Veinticinco #2

Avanzo en silencio, ocultándome parcialmente detrás del marco de la puerta, incapaz de interrumpir.

Los ojos de Chloe están abiertos. Todavía pesados, nublados por los analgésicos fuertes, pero está despierta. Parpadea despacio, las pestañas largas rozando las mejillas pálidas.

—Hola, princesa —la voz de Grant es un terciopelo ronco, lleno de una dulzura que rara vez he visto. Es la voz de un padre. Un padre hablando con su pedacito de cielo que acaba de caer a la tierra.

Chloe parpadea, frunciendo levemente el ceño mientras su mente pequeña intenta ubicarse a través de la niebla de los medicamentos.

—¿Doctor Grant? —su voz es solo un rasguño de hojas secas, ronca por el tubo que tuvo en la garganta.

—Soy yo, mi amor. —Se inclina más cerca, sus ojos azules brillando con lágrimas que se niega a dejar caer—. Fuiste tan valiente. Fuiste la niña más valiente que he visto en mi vida.

—¿Arreglaste la puertecita? —pregunta, el instinto infantil yendo directo a lo que importa.

Grant sonríe. Es una sonrisa tan hermosa, tan rota, tan llena de amor puro que mi propio corazón parece hincharse en el pecho, doliendo contra mis costillas.

—La arreglé —susurra, besándole la punta de los dedos—. Quité la puerta vieja que te cansaba. Puse una puerta nuevecita. Tu corazón está latiendo tan fuerte ahora, Chloe. Tan bonito.

Mi hija le da una sonrisa diminuta, los ojos pesándole de nuevo.

—No duele tanto… pero tengo sueño.

—Puedes dormir. Tu trabajo difícil ya terminó —dice, la voz quebrándose de manera audible. Lleva la otra mano a su cabello, apartándole los rizos sudados de la frente—. Voy a estar aquí mismo. No me voy a ninguna parte. Voy a cuidarte para siempre, ¿entendido? Para siempre.

Cierro los ojos, las lágrimas desbordándose, mojando la mascarilla quirúrgica de mi cara.

Ese hombre… es el destructor de mi mundo. Pero, mirando cómo toca a nuestra hija, cómo le derrama el corazón entre las manos, siento la primera grieta real en el muro de hielo que construí alrededor del pecho. La conexión entre los dos es instantánea, magnética. Es biología. Es destino.

No puedo luchar contra eso.

Jalo aire, me seco los ojos y entro en la habitación.

Grant levanta la cabeza al instante. Cuando sus ojos encuentran los míos, su postura se tensa ligeramente. Recuerda mi retirada de la madrugada. Recuerda que el beso terminó en rechazo. Suelta la mano de Chloe despacio, hace ademán de apartarse para darme espacio.

—No —susurro, caminando hasta el otro lado de la cama. Mi mirada encuentra la suya por encima del pequeño cuerpo dormido de nuestra hija—. No tienes que irte.

El alivio que cruza su cara es tan palpable que casi puedo tocarlo.

Pasamos las horas siguientes ahí. Juntos, pero separados por un abismo de cosas no dichas.

Observamos a Chloe dormir, despertarse unos minutos, quejarse de sed, y volver a dormirse.

Y en cada interacción, Grant es la personificación de la paciencia.

Es dulce, atento, paternal de una manera que me desarma por completo.

Pero la tregua que encontré en aquella UCI dura solo tres días.

Al cuarto día postoperatorio, la realidad decide tocar a mi puerta con el peso de un yunque.

Chloe fue trasladada de la UCI a una habitación de cuidados intermedios en la planta pediátrica general, aunque Grant se aseguró de que estuviera en la misma área reservada.

Ya no tiene los drenajes torácicos. Le retiraron la vía central.

Su progreso es un milagro médico firmado por las manos de Grant Hamilton.

Estoy sentada en el sillón de la habitación, organizando mentalmente la logística de cómo volveremos a California en cuanto le den el alta, cuando un golpecito suave en la puerta anuncia la llegada de Martha, la trabajadora social del hospital, acompañada de una de las cardiólogas pediátricas del equipo de Grant, la doctora Evans.

—¿Señora Ellis? ¿Cómo está hoy la pequeña Chloe? —pregunta la doctora Evans con una sonrisa amable, revisando el monitor junto a la cama donde mi niña ve dibujos en la tableta.

—Está genial, doctora. Mucho mejor. Diría que está casi lista para ir a casa, ¿no le parece? —Fuerzo un tono optimista, la ansiedad de volver a mi refugio seguro burbujeando en mi sangre.

La médica y la trabajadora social intercambian una mirada larga. Es el tipo de mirada que dan los profesionales de la salud cuando están a punto de lanzar una bomba a la vida de alguien.

El estómago se me hunde.

—Bueno, sobre eso… necesitamos hablar del plan de alta de Chloe —empieza Martha, la trabajadora social, abriendo una tableta plateada.

Se acerca, la voz calmada, calibrada para no generar pánico—.

La cirugía del procedimiento de Ross fue un éxito absoluto.

Sin embargo, el postoperatorio inmediato y a medio plazo exige un protocolo extremadamente estricto.

—Lo entiendo. Ya compré las medicinas, sé los horarios, y ya conseguí el contacto de una buena cardióloga en California. Ya está al tanto de todo y nos espera.

La doctora Evans niega con la cabeza despacio, la cara seria.

—Señora Ellis, Chloe no puede ir a California. No ahora.

El mundo deja de girar por un segundo.

—¿Cómo que no puede? Es nuestra casa. Vivimos ahí.