Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Treinta y Cinco
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Capítulo Treinta y Cinco

MACKENNA

El sol del mediodía inunda el porche de piedra de la casona y expulsa cualquier resto de aquella tormenta pavorosa.

Los cristales han sido repuestos, los suelos pulidos y los restos de la violencia barridos lejos.

Pero lo que de verdad ha curado el aire de esta casa es la serenidad que se ha instalado entre nosotros.

En la larga mesa de roble puesta bajo el emparrado de glicinias, nuestra familia almuerza reunida.

Sophie, con las mejillas sonrosadas y el apetito voraz de quien nunca más ha vuelto a sentir dolores de cabeza, intenta coger trozos de fresa con los deditos regordetes, sentada en la trona junto a mi madre.

Helena, con un semblante descansado y las manos firmes sobre el regazo, se ríe de las peripecias de su nieta.

Y en la cabecera de honor... está nuestro protector.

Tommie lleva un polo nuevo de color verde musgo que realza sus hombros anchos y fuertes. Tiene el porte de un hombre hecho y la dignidad inquebrantable de quien ha afrontado la noche más oscura sin dar un solo paso atrás.

Trevor se levanta de la silla a mi lado.

Viste pantalón de sarga oscuro y camisa blanca de lino con las mangas remangadas.

Deja una carpeta de cuero marrón sobre la mesa, camina hasta mi hermano y posa una de sus manos grandes y firmes sobre el hombro ancho de Anthony, mirándolo a los ojos con una deferencia sincera:

—Anthony. Quiero que prestes mucha atención a lo que voy a decirte ahora.

Tommie se traga el trozo de tarta y parpadea con sus ojos almendrados, curioso:

—¿He hecho algo mal en el taller, doctor Trevor?

—Lo has hecho todo bien, Tommie. Desde el primer día —la voz de Trevor resuena grave, conmovida, sin ningún resto de afectación aristocrática—.

Aquella noche en que el terror invadió esta casa, fuiste tú quien mantuvo la calma.

Fuiste tú quien empuñó la llave inglesa, cerró la puerta con cerrojo, cuidó de tu madre enferma y se aseguró de que Sophie estuviera viva y protegida hasta que Mackenna y yo pudimos vencer la tormenta.

Fuiste el verdadero hombre de esta casa. Un héroe.

Las lágrimas brotan en las comisuras de los ojos de Tommie. Aprieta los labios, con la barbilla temblándole de orgullo y de emoción pura. Mi madre se lleva el pañuelo a los ojos, sollozando bajito.

Trevor abre la carpeta de cuero y desliza la escritura, con sello notarial, hacia mi hermano:

—Esta mañana, la dirección del centro médico de Austin ha registrado la escritura de donación e incorporación del nuevo ala neurológica y de rehabilitación psicomotora.

Una estructura completa de fisioterapia, talleres mecánicos adaptados y terapias ocupacionales para acoger y profesionalizar a jóvenes y adultos con síndrome de Down y otras discapacidades intelectuales de todo Texas.

Todo pagado, saldado y mantenido por un fondo perpetuo.

Y el ala lleva un único nombre en la fachada de bronce: Centro de Desarrollo Anthony Scott.

Tommie abre mucho los ojos, mira el papel sellado y luego a Trevor, y se levanta de la silla con el pecho ancho henchido:

—¿Es... mi nombre de verdad, doctor Trevor?

—Es tu nombre, Anthony. Eres el patrón de ese lugar. Cientos de personas tendrán un futuro digno gracias a ti.

Tommie no duda. Da dos zancadas largas y rodea el tronco macizo de Trevor en un abrazo de hombre, apretándole la cintura y la espalda con una fuerza bruta, honesta y torpe.

Trevor corresponde al gesto con la misma intensidad, cierra los ojos y apoya la barbilla en el hombro de mi hermano con la lealtad de quien ha encontrado en él su redención.

Siento cómo las lágrimas me resbalan calientes por la cara. Miro a ese hombre que un día estuvo a punto de destruirnos por soberbia y solo veo el pilar inquebrantable sobre el que florece nuestra vida.

TREVOR

La medianoche llega acompañada de la brisa mansa de las colinas.

Cierro con llave la puerta de cedro de nuestra suite principal. La habitación está iluminada solo por el baile tenue de las llamas en la chimenea rústica y por la luz plateada de la luna llena que invade la terraza abierta.

Mackenna está de pie frente a la cama con dosel.

Se suelta el pelo rojo con un movimiento fluido y deja que las ondas pesadas, color fuego, le caigan sobre los hombros desnudos.

El camisón fino de satén verde esmeralda se desliza por su cuerpo con una lentitud pecaminosa, revelando las curvas perfectas, las pecas adorables del escote y la piel blanca, casi libre ya de los hematomas de aquella noche maldita.

Me acerco con pasos lentos, notando el pulso martillearme en la base del cuello.

Ya no hay fantasmas en esta sala. No hay la sombra de la voz de Gloria, ni las mentiras venenosas de Travis, ni la vergüenza paralizante de mis celos enfermizos.

Solo queda la verdad desnuda de nosotros dos: el hombre imperfecto que aprendió a amar de rodillas y la mujer grandiosa que le enseñó a ser digno.

Tomo su rostro entre mis manos callosas, sintiendo cómo el calor suave de su piel arde bajo las palmas de mis dedos:

—Eres el aire que me mantiene vivo, pelirroja —susurro, con la voz ronca por la reverencia que me domina.

—Demuéstralo, doctor —replica ella en un susurro atrevido, con los ojos verdes centelleando con ese brillo indomable y hambriento que siempre me ha vuelto loco.

Esta vez no hay prisa. No hay la urgencia ciega de la desesperación ni el roce amargo de la culpa. Solo hay una adoración paciente, solemne y devoradora.

Tomo su boca en un beso profundo, lento y arrollador.

Nuestras lenguas se encuentran con la familiaridad ardiente de dos supervivientes que conocen cada cicatriz del otro.

Mis manos bajan firmes por los costados de su torso, deslizando la seda del camisón hasta que la tela cae a sus pies con un susurro suave.

Mackenna es perfecta bajo la penumbra dorada de la chimenea. Cada curva, cada peca esparcida por la piel clara, las marcas tenues que el tiempo y el dolor han dejado, todo en ella me hace querer caer de rodillas y dar gracias al cielo por tenerla entera ante mí.

La levanto por la cintura con facilidad y la tumbo en el centro de la cama blanda.

Subo al colchón justo después, cubriendo su espacio, pero manteniendo la mayor parte de mi peso apoyada en los antebrazos para mirarle el rostro.

Mackenna jadea, con los labios entreabiertos y enrojecidos por mi beso y los mechones rojos esparcidos por la almohada de lino como una corona de fuego.

Bajo la boca por su mandíbula, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja antes de trazar una línea húmeda y pausada hasta la base del cuello. Cuando llego a la curva de sus pechos, siento que su cuerpo se arquea en un espasmo involuntario de expectación.

—Trevor... —suspira, con los dedos hundiéndose en mi pelo corto.

Rodeo la aréola rosada con la punta de la lengua, notando cómo el pezón se endurece al instante bajo mi caricia.

Mackenna suelta un jadeo bajo cuando cierro los labios a su alrededor y succiono con firmeza acompasada, mientras mi mano abierta aprieta el otro pecho y moldea la carne llena con una posesión reverente.

Echa la cabeza hacia atrás y me clava las uñas en los omóplatos, exponiendo la garganta pálida en una entrega absoluta.

Beso el camino entre sus costillas y desciendo por el abdomen plano hasta la cadera. Sujeto sus muslos con las dos manos y los separo despacio, sin apartar la mirada de la suya ni un segundo.

Me acomodo entre sus piernas abiertas. El calor que emana de ella es dulce, denso y embriagador.

Cuando mi boca por fin encuentra el centro de su intimidad, Mackenna suelta un grito ahogado, con las caderas elevándose del colchón en un reflejo inmediato de shock y de voluptuosidad.

Mis manos sujetan la curva firme de sus nalgas, anclándola en su sitio mientras mi lengua traza círculos precisos, lentos e implacables sobre el punto más sensible de su carne.

—Trevor... ay, Dios mío... para... no, sigue... —balbucea, con la respiración totalmente descompasada y los ojos verdes empañados y febriles.

Idolatro cada centímetro de ella. Alterno la presión de la lengua con succiones rítmicas, devorando la humedad abundante que resbala como néctar caliente entre sus pliegues. Mis dedos suben y acarician la entrada estrecha y resbaladiza, mientras la boca no le concede un solo segundo de tregua.

La tensión en el cuerpo de Mackenna se acumula como una tormenta contenida. Sus piernas tiemblan contra mis hombros, su pecho sube y baja en jadeos entrecortados y, cuando la llevo a la cima con una embestida más profunda y voraz, su cuerpo entero se hace añicos en espasmos incontrolables.

Se corre llorando.

El clímax le arranca sollozos roncos y gemidos desgarrados, con los muslos apretándome la cabeza mientras las contracciones líquidas me bañan los labios.

Me quedo ahí, bebiendo cada gota de su placer, sosteniendo su cuerpo convulso hasta que la última onda de choque le atraviesa la carne y la deja blanda, brillante de sudor sobre las sábanas.

Me incorporo despacio, deslizando mi cuerpo sobre el suyo. Su pecho sube y baja en bocanadas rápidas de aire, con las mejillas arreboladas y las lágrimas resbalándole libres por las sienes hasta el pelo rojo.

Apoyo las manos a los lados de su cabeza. Mis ojos azules devoran la visión de la mujer que me rompió y me reconstruyó. Le limpio el rastro de una lágrima con el pulgar:

—Eres preciosa... eres mi único templo, Mackenna.

Abre los ojos bañados en lágrimas y sube las manos trémulas para sujetarme el rostro con una desesperación conmovedora. Le tiemblan los labios, y la voz le sale en una súplica frágil, desnuda de toda la armadura que el mundo la obligó a vestir:

—Trevor... por favor... te quiero. Te quiero tanto que duele... entra en mí, ¡te necesito!

Esas palabras me quiebran el último resto de aire del pecho.

Coloco la cadera entre sus muslos abiertos. Apoyo la cabeza rígida y palpitante de mi polla en la entrada de su cuerpo, sintiendo el calor ardiente de su clímax aún latiendo contra mi carne.

Entro en ella de una sola vez, lento, continuo e implacable.

Mackenna se contorsiona bajo mí. Su espalda se arquea fuera del colchón y sus ojos se aprietan en una mezcla alucinante de plenitud y de dolor delicioso, mientras los músculos estrechos y empapados de su intimidad se abren para tragarme hasta la raíz.

Un gemido agudo y arrastrado se le escapa de la garganta y sus piernas largas suben con urgencia, cruzando los tobillos tras mi cintura para atraerme aún más hondo.

—Mírame, pelirroja —ordeno con la voz ronca, trémula de emoción cruda.

Abre los ojos. Estamos pegados del pecho al alma.

Empiezo las embestidas. No es la furia ciega; es un ritmo pesado, acompasado y visceral.

Cada avance de mi cadera es una afirmación solemne de posesión y de respeto, golpeando con firmeza contra su cuerpo a un compás que hace crujir la cama de madera maciza en el silencio de la noche.

A cada acometida profunda, siento cómo las paredes internas de Mackenna me aprietan en oleadas calientes, succionándome con una avidez que me hace gruñir contra su boca.

El sudor me resbala por la frente y le cae sobre el pecho, mezclando nuestro olor, nuestra sal y nuestra carne.

Beso sus lágrimas, beso su boca entreabierta, chupándole los gemidos ardientes que derrama en el aire mientras nuestras miradas permanecen trabadas en una conversación muda en la que no queda ningún secreto, ninguna mentira y ningún miedo.

El placer vuelve a subir en su cuerpo con fuerza devastadora. Siento cómo los espasmos empiezan a atraparme por dentro, arrastrándome hacia el borde del abismo junto con ella.

—¡Trevor! —grita mi nombre contra mi hombro, clavándome las uñas en la espalda hasta casi rasgarme la piel.

Acelero las últimas embestidas con una fuerza brutal y definitiva.

Clavo la boca en la curva de su cuello en el instante exacto en que su clímax estalla por segunda vez, aplastándome con contracciones violentas y deliciosas.

Suelto un rugido sordo contra su piel, perdiendo por completo el control del cuerpo mientras derramo mi simiente en chorros calientes e interminables en el fondo de su vientre, hundiéndome en la mujer que es el principio y el fin de todo lo que soy.

El silencio vuelve a llenar la suite poco a poco, roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas y por el chasquido suave de la chimenea.

Me deslizo hacia un lado sin desconectarme del todo del calor de ella.

Subo el pesado edredón sobre nuestros cuerpos y llevo a Mackenna al hueco protector de mi pecho.

Descansa la barbilla sobre mi cicatriz, con el pelo rojo esparcido como seda sobre mis hombros y las piernas entrelazadas con las mías bajo las mantas.

Sus dedos siguen dibujando círculos calmos y tibios sobre mis costillas, y su pecho respira al compás del mío.

Miro el fuego, que se apaga lentamente en la chimenea, y luego a la mujer que duerme en mis brazos.

La oscuridad, la culpa y los casi quinientos días de tormento se han disipado por fin como humo al viento.

Aquí, bajo el techo de la tierra que construí para protegerla, ya no quedan heridas abiertas.

Solo queda el amor innegociable que nos salvó.