Capítulo Treinta y Cuatro
MACKENNA
El destello intermitente de las sirenas rojas y azules rasga las cortinas desgarradas del amplio salón y tiñe de reflejos dramáticos los charcos de lluvia y sangre.
Envuelta en la pesada chaqueta de cuero de Trevor, sentada en uno de los sillones intactos del porche, observo cómo los paramédicos inmovilizan a Travis sobre una camilla rígida.
Su rostro es una masa deforme de vendajes compresivos, esparadrapos y collarín cervical; el pulsioxímetro y la cánula de oxígeno pitan mientras los policías le cierran en las muñecas inertes unas esposas de acero reforzado, en la propia camilla.
El informe del jefe de la división de homicidios es implacable y definitivo: tentativa de agresión sexual cualificada, allanamiento de morada mediante sabotaje, lesiones gravísimas y tentativa de homicidio contra dos miembros de la casa.
Sin fianza.
Por la gravedad de los delitos y la flagrancia inequívoca, la orden de prisión provisional se dicta sin derecho a recurso en libertad.
El antaño heredero adoptivo de los salones de Houston saldrá del quirófano de cirugía maxilofacial directamente a una celda de máxima seguridad del centro penitenciario del condado.
Y la ruina de la dinastía no se detiene en él.
Por el comunicador vía satélite de O'Malley sigo los acontecimientos en River Oaks: el cerco judicial ha cerrado por fin sus mandíbulas sobre Gloria Kallahan-Cross.
Acorralada por los registros forenses de las cuentas bancarias que financiaron la persecución, los sobornos y los intentos desesperados de corromper a funcionarios de justicia para salvar a Travis, la fiscalía del estado ha dictado su orden cautelar de urgencia.
Sin prestigio social, sin la protección de la prensa y con las cuentas del holding congeladas por orden federal, la matriarca ha sido despojada de sus títulos y confinada en un riguroso arresto domiciliario, con tobillera electrónica y bajo la vigilancia continua de agentes federales, en la mansión en ruinas.
La opulencia ha dejado paso a la soledad más amarga.
La puerta del cuarto de Tommie se abre despacio. Mi hermano sale al pasillo con los hombros anchos ligeramente encorvados, pero con una mirada serena y protectora. Me ve, camina hasta el sillón y me sujeta la mano con firmeza:
—Mamá está durmiendo, Kenna. La princesa Sophie ni se ha despertado con el ruido... está a salvo. Se ha acabado el hombre malo, ¿verdad?
—Se ha acabado, cariño —susurro, con la voz todavía áspera por el cuello magullado, besando los nudillos de mi hermano—. Nunca más nadie va a tocar a nuestra familia.
TREVOR
Cierro la puerta de la suite principal del rancho con el pestillo interior y aíslo al mundo exterior, los coches patrulla y el pasado podrido al otro lado.
Aquí dentro, bajo la luz dorada y tenue de la lámpara de la mesilla, el silencio es sagrado.
Mackenna está sentada en el borde del colchón, con un camisón ancho de seda blanca que le he comprado.
Mis dedos, limpios y desinfectados tras la pelea salvaje, tiemblan como no han temblado jamás ante ninguna cavidad craneal abierta.
La culpa que me arde en el pecho es un ácido corrosivo: si hubiera llegado treinta segundos más tarde, mi vida habría quedado segada junto con la dignidad de la única mujer que amo.
Me arrodillo sobre la alfombra mullida, entre sus piernas. Traigo una palangana de cerámica con agua tibia, gasas estériles, antisépticos y pomadas cicatrizantes.
—Trevor... no hace falta todo esto —su voz sale baja, ronca por la presión de las manos de aquel canalla en su laringe, con los ojos verdes mirándome con una dulzura que me destroza—. Solo son arañazos.
—Sí hace falta —mi voz se quiebra en un susurro embargado, con las lágrimas calientes y silenciosas resbalándome sin pudor por la barba y goteando sobre la gasa que sostengo—. Déjame cuidarte, pelirroja. Por favor.
Con cuidado milimétrico, paso la gasa empapada en el líquido calmante por los cortes finos que los trozos de cristal le han hecho en las rodillas y en los muslos. Cada vez que suelta un pequeño jadeo de escozor, siento que el dolor rebota en el centro de mi corazón.
Subo a los hematomas amoratados de la clavícula y del cuello esbelto, las marcas de los dedos que intentaron arrancarme el aliento de la existencia.
Extiendo la pomada con la punta de los dedos y, justo después, inclino la cabeza y poso los labios sobre cada mancha oscura de su piel, cubriendo cada centímetro agredido de besos lentos, reverentes y bañados en mis lágrimas.
—Perdóname... perdóname por haberte dejado sola —sollozo contra su hombro, apoyando la frente en la curva suave de su escote—. Caí en la trampa de ese bastardo... estuve a punto de perderte...
Mackenna no se aparta. Sus manos pequeñas y tibias se deslizan por mi pelo húmedo de la tormenta, acariciándome el cuero cabelludo con una ternura infinita. Me levanta el rostro y me seca las lágrimas de la mejilla con el borde del pulgar:
—Volviste a tiempo, Trevor. Ahora eres nuestra fortaleza. Mírame... hemos sobrevivido.
Me tumbo a su lado en la cama king size.
Subo el edredón de plumas hasta los hombros de Mackenna y llevo su cuerpo al hueco de mi pecho, rodeándole la cintura con mis brazos anchos en un abrazo protector e inquebrantable.
Ella apoya la mejilla sobre la cicatriz de mi pecho, respirando al ritmo de mi corazón, y los ojos verdes se le van cerrando, pesados, hasta caer en un sueño profundo y reparador.
La lluvia de fuera amaina y se convierte en un susurro calmo contra los cristales.
No cierro los ojos ni un solo minuto de aquella madrugada.
Me quedo despierto velando cada suspiro suyo, sintiendo el calor de su piel contra la mía y acariciando su pelo rojo esparcido por la almohada.
La tormenta ha terminado. Y mientras yo respire en esta tierra, ningún mal volverá a cruzarse en el camino de mi familia.