Capítulo Veintiocho
MACKENNA
El viento que sopla esta tarde de primavera trae el aroma dulce de la hierba fresca, la tierra mojada y las flores silvestres. No hay olor artificial a desinfectante hospitalario ni el humo sofocante del asfalto de Houston.
Apoyada en la barandilla de madera del porche de la casa principal, contemplo la inmensidad del rancho Tierra Serena.
Trevor ha comprado hasta el último metro cuadrado de estas colinas ondulantes de las afueras de Austin con sus propios recursos médicos independientes y con inversiones privadas construidas al margen del holding familiar.
Una propiedad viva, rodeada de robles antiguos, pastos verdes y una casona de piedra rústica con grandes ventanales, proyectada para acoger a quienes más han sufrido la crueldad del mundo.
En el extremo del césped, bajo la sombra generosa de un nogal centenario, Helena descansa en una silla de ruedas moderna y motorizada.
Su movilidad se ha conservado gracias a la fisioterapia diaria, y la sonrisa serena en el rostro cansado de mi madre, libre de los dolores que la consumían en la casita húmeda del interior, es el mayor alivio que mi pecho ha sentido jamás.
Más allá, unas risas altas y puras rompen el silencio de la colina.
Sophie, que ahora cumple un año y cuatro meses, corre con pasitos menudos, rápidos y decididos entre las margaritas amarillas.
Lleva un peto vaquero sobre una camiseta de rayas, y su pelo rojo brilla como el fuego bajo la luz del sol poniente.
Tropieza en la hierba mullida, pero, antes de que pueda caerse, dos manos fuertes y firmes la sujetan por la cintura.
Tommie.
Mi hermano acaba de cumplir dieciocho años. Viste camisa de franela a cuadros, vaqueros resistentes y botas de cuero auténtico, y luce un porte ancho, sano y protector. Alza a Sophie en brazos como si la niña fuera una pluma y la hace girar en el aire mientras ella suelta carcajadas cristalinas:
—¡Te pillé, princesa! ¡Nadie corre más rápido que el tito Tommie! —celebra, señalando con orgullo el cobertizo de madera pulida a pocos metros de allí.
Ese cobertizo es su reino. Trevor mandó construir un taller mecánico espacioso y adaptado, repleto de bancos de precisión, herramientas manuales seguras y modelos de motores reales y miniaturas para que Tommie los monte y los desmonte junto a un tutor técnico especializado.
El tractorcito de hierro fundido que guardó durante los meses de huida reposa ahora en una balda de honor a la entrada del taller, símbolo de una promesa que el gigante acabó cumpliendo.
Dos brazos fuertes y cálidos se deslizan por mi cintura desde atrás y rodean mi torso con una posesividad tranquila y una reverencia casi sagrada.
El pecho macizo de Trevor se pega a mi espalda.
No lleva batas almidonadas ni corbatas sofocantes; viste solo una camisa de lino azul marino con las mangas remangadas sobre los antebrazos musculosos y unos pantalones de montar oscuros.
Apoya la barbilla en la curva de mi cuello y aspira mi olor con una lentitud que me baja escalofríos cálidos por la columna.
—¿En qué piensas, pelirroja? —su voz resuena grave y ronca directamente contra mi piel, vibrándome en el centro del pecho.
Llevo las manos al dorso de las suyas, grandes, y entrelazo nuestros dedos sobre mi vientre:
—En lo imposible que parecía todo esto hace unos meses. Creí que mi vida sería solo polvo, dolor y el miedo a perder a mi hija.
Trevor gira suavemente mi cuerpo dentro de su abrazo y obliga a mis ojos verdes a encontrarse con los suyos.
No queda ni una partícula de aquel cirujano arrogante y ciego en sus facciones.
El azul tormenta de sus ojos alberga ahora una complicidad inquebrantable, forjada a hierro y fuego por el remordimiento, por el respeto absoluto a mi fortaleza y por la certeza innegociable de quien conoce el precio de la mujer que tiene a su lado.
—Lo imposible quedó atrás en el instante en que entraste por aquellas puertas de urgencias, Mackenna —murmura, llevando la mano grande a mi rostro, con el pulgar calloso acariciándome la mejilla con una delicadeza que solo él sabe dar—.
Cada centímetro de esta tierra, cada respiración de nuestra hija y cada latido de mi corazón te pertenecen. Has reconstruido mis cenizas.
El calor que pasa de su mano a mi cuerpo enciende el mismo horno incontrolable que nos consumió en aquella cocina de Houston. Pero ya no hay rencor mezclado con la lujuria; el sexo entre nosotros se ha convertido en una celebración tórrida, profunda y devoradora.
Trevor se inclina y toma mi boca en un beso lento, maduro y hambriento.
Mi lengua busca la suya con una voluptuosidad urgente, y, cuando sus manos bajan con firmeza a la curva de mi cadera y atraen mi cuerpo contra la rigidez evidente de su deseo bajo el lino del pantalón, sé que las noches en este rancho siempre pertenecerán a la llama de nuestra entrega sin reservas.
Separamos los labios despacio, los dos jadeando, con la respiración caliente y entrecortada.
Miro una vez más el campo florido: Tommie sienta ahora a Sophie sobre el capó pulido del tractor grande, en el patio del taller, y le enseña a tocar la bocina mientras mi madre aplaude desde la sombra del nogal.
El pasado de mentiras y el clan que intentó destruirnos han quedado reducidos a notas a pie de página de la historia de Texas.
Aquí, bajo el cielo abierto y limpio de Austin, mi corazón ha encontrado por fin su fortaleza.
Y el hombre que un día me rompió el alma es ahora la roca sobre la que he construido mi felicidad.