Capítulo Catorce
TREVOR
La lluvia fina que cae sobre la autopista interestatal resbala por el parabrisas de mi pickup como el veneno que me quema dentro de las arterias.
Entro por los portones de hierro forjado de la mansión de los Kallahan-Cross, en River Oaks, sin reducir la velocidad, y hago chillar los neumáticos sobre la gravilla impecable de la alameda flanqueada de robles centenarios.
Freno la pickup frente a la escalinata de mármol blanco con una sacudida violenta.
No me molesto en coger un paraguas. Subo los escalones a zancadas largas, con la lluvia golpeándome la espalda y empapándome la camisa de vestir gris.
Empujo las puertas dobles de roble macizo con tanta fuerza que el chasquido metálico de los cerrojos retumba como un disparo por los salones de doble altura.
El mayordomo de la familia, un señor que me ha visto crecer, casi se le cae una bandeja de plata en el vestíbulo:
—Señorito Trevor... ¿desea que anuncie su...?
—¿Dónde está, James? —lo corto, con la voz tan ronca y baja que el hombre palidece en medio segundo.
—La señora Gloria está en la biblioteca de invierno, con el señor Travis, pero...
Paso junto a él como un vendaval, ignorando los retratos al óleo de mis antepasados que decoran las paredes con sus pesadas molduras doradas. Cada centímetro de ese lujo heredado me provoca hoy una náusea insoportable.
Cruzo el pasillo alfombrado y abro la puerta de la biblioteca de invierno de una patada.
El golpe seco de la madera contra el marco hace que los dos ocupantes de la sala den un respingo a la vez.
Gloria está sentada en su sillón clásico de terciopelo burdeos, con un chal de cachemira sobre los hombros aristocráticos y una taza de porcelana fina en las manos impecables.
Al otro lado de la mesa baja, Travis sostiene un vaso de whisky con la mano derecha y exhibe el apósito blanco sobre la mandíbula amoratada por el puñetazo que le propiné ayer por la tarde a su insolencia.
En el segundo en que mis ojos se encuentran con los de mi madre, la furia que intenté contener en el tráfico estalla sin ninguna barrera civilizada.
—¿A qué viene esta invasión bárbara en mi casa, Trevor?
—Gloria levanta la barbilla con esa altivez fría que aterroriza a presidentes de consejos y a jueces de todo Texas y deja la taza sobre el platillo sin que le tiemble el pulso—.
¿Has perdido por completo el decoro y los límites de la buena educación?
Doy tres pasos pesados hacia el interior de la sala, invadiendo su espacio como un depredador sediento de sangre. Saco del bolsillo del pantalón la hoja arrugada y la arrojo con violencia en el centro de la mesa. El papel golpea la taza de porcelana y vuelca el té caliente sobre la madera pulida.
—¿Decoro? —escupo la palabra, y el sonido desgarra el silencio de la biblioteca como una hoja sin filo—. ¿Tú hablas de decoro después de usar la firma sucia de tu fundación para tirar a la cuneta a una mujer con la espalda rota y a un chico de dieciséis años con síndrome de Down, Gloria?
Travis se revuelve en el sillón, encogiendo los hombros por puro reflejo de miedo al verme mirarlo con los puños cerrados, pero Gloria no vacila. Solo aprieta los labios finos, y sus ojos azules chispean con el veneno que corre por nuestra sangre compartida.
—¡Esa escoria de la periferia no tiene derecho a usar los recursos que tu abuelo construyó para la caridad de gente decente, Trevor!
—dispara, alzando la voz en un tono estridente y afilado—.
¡Esa gente miserable usó la inscripción social para colarte en la vida a esa chica vulgar!
¿Te has vuelto loco del todo? ¡Casi matas a tu propio hermano delante de tus subordinados por una zorra que fríe hamburguesas!
—¡No vuelvas a abrir esa boca inmunda para hablar de Mackenna delante de mí!
—rujo, avanzando dos pasos e inclinándome sobre la mesa de ébano hasta quedar a treinta centímetros del rostro de mi madre.
La vena de la frente me late a punto de reventar—.
Si respiras en dirección a esa familia otra vez, si mandas a otro de tus capataces de la fundación cerca de esa casa o tocas un solo céntimo de sus tratamientos, Gloria...
te juro por mi puta vida que mañana a las ocho convoco una rueda de prensa y renuncio ante los periódicos de Houston a la jefatura médica y a la vicepresidencia ejecutiva de este imperio.
Travis abre los ojos como platos y se atraganta con el whisky:
—No lo harías... ¡las acciones del grupo caerían un treinta por ciento!
—¡Probad a ver si no lo hago! —giro el cuello hacia mi hermano pequeño con tanta violencia que se encoge contra el respaldo de la tapicería—. Y tú, mocoso blandengue, sigue jugando a conspirar con mamá y te acabo de partir el resto de la mandíbula en mitad de tu club de golf.
Vuelvo a mirar a la matriarca, que por primera vez parpadea con los párpados temblorosos ante la amenaza palpable de perder lo que más aprecia: el control absoluto sobre mí.
—Mackenna Scott es la mujer que he elegido —declaro con la voz ronca, gélida e innegociable, clavando cada sílaba como una estaca definitiva en el suelo de esa dinastía—.
Es mi novia y tendrás que aceptarlo. No hay títulos, herencias ni manipulaciones baratas tuyas que vayan a cambiarlo.
Si quieres seguir teniendo un primogénito, Gloria, aprende a bajar la cabeza cuando te cruces en su camino.
Porque a partir de hoy tu palabra no vale una mierda en mi vida.
Doy media vuelta y marcho hacia la salida de la biblioteca.
A mi espalda, la función se derrumba en ese mismo segundo. El sonido de unos sollozos teatrales y entrecortados llena la sala:
—Trevor... ¡hijo mío, por favor! —llora Gloria, con la voz rezumando una desesperación manipuladora mientras se levanta del sillón y se lleva la mano al pecho como si estuviera a punto de sufrir un infarto—.
¿No ves lo que me estás haciendo? ¡He dedicado mi vida entera a ponerte en lo más alto de este estado!
¡Solo quiero protegerte, cariño! Esa pelirroja solo te está chupando el dinero y el prestigio...
¡es una interesada calculadora que va a destruir tu carrera!
¡Ella y su hermanito enfermo son una estafa montada!
¡Travis y yo te lo vamos a demostrar! ¡Vamos a enseñarte quién es en realidad!
No vuelvo la cara. No aminoro el paso.
Cierro de un portazo las puertas de la mansión a mi espalda, con un estruendo que hace vibrar las lámparas de cristal del techo, y dejo atrás la telaraña de mentiras de la que acabo de liberarme.
TRAVIS
El sonido de la pickup de Trevor acelerando sobre la gravilla del patio aún me zumba en los oídos cuando me levanto del sillón. La mandíbula me late con un dolor lacerante que el whisky barato no consigue anestesiar, pero el odio que me arde en el estómago es mil veces peor.
Nos ha amenazado. El heredero intocable de la familia nos ha puesto contra la pared por culpa de esa paleta pelirroja.
Mi madre sigue de pie junto a la chimenea, pero el llanto desesperado y los sollozos de víctima han desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.
Las lágrimas se han secado sobre la piel impecablemente maquillada de Gloria.
Sus ojos son ahora dos rendijas de hielo puro, clavados en la puerta por la que acaba de salir Trevor.
—La ha defendido —sisea Gloria, con la voz temblando de una furia tan enfermiza que incluso a mí me provoca un escalofrío incómodo—. Mi hijo... el hombre al que esculpí con mis propias manos para que fuera perfecto... me ha faltado al respeto en mi propia casa por culpa de esa criatura de la calle.
Me acerco a la mesa, cojeando un poco, y dejo el vaso de cristal sobre la mancha de té.
—Te lo advertí, mamá. Trevor está embrujado. No va a dejar a la chica por una amenaza de cortar el dinero. Si intentas quitarle la fundación a la madre, lo pagará de su bolsillo. Tiene millones invertidos fuera del holding familiar. Has oído lo que ha dicho: asume todo.
Gloria se clava las uñas largas en las palmas de las manos, con la respiración saliéndole corta por la nariz fina:
—No lo permitiré. Prefiero ver este hospital reducido a cenizas antes que ver a esa mendiga desfilar como señora Kallahan-Cross por los salones de Houston. Tenemos que cortar el mal de raíz. Tenemos que conseguir que Trevor repudie a esa zorra con el mismo odio con que acaba de plantarme cara.
Una sonrisa torcida y perversa empieza a abrirse en la comisura de mi boca herida. El dolor de la mandíbula parece incluso disminuir ante la idea magnífica que se dibuja con perfección en mi mente enferma.
—No te cree a ti, mamá... pero es el hombre más posesivo, celoso e inseguro que ha parido Texas cuando se trata de una traición —murmuro, dando un paso hacia ella y bajando el tono para conspirar como dos hienas hambrientas.
Gloria vuelve hacia mí los ojos chispeantes:
—¿Qué estás pensando, Travis?
Apoyo las manos en el borde de la mesa de caoba y me inclino hacia delante:
—Mackenna siempre me rechazó porque quería al hermano mayor y su dinero, ¿verdad? Pues bien. Vamos a darle la vuelta al juego. Vamos a hacer que Trevor crea que su pelirroja santa se acuesta conmigo a sus espaldas.
—Tu hermano no se creería tu palabra después del puñetazo que te dio en el hospital —lo descarta con un gesto impaciente de la mano.
—No mi palabra, mamá. Las pruebas —replico, y el veneno me chorrea limpio por las palabras—.
Montamos una situación perfecta. Un encuentro a oscuras.
Unas fotos con los ángulos adecuados de caricias, unos mensajes sospechosos en su móvil...
y, si somos lo bastante rápidos y competentes, haremos que parezca que se me estaba ofreciendo a cambio de una paga extra para pagar las medicinas de la madre y las cuentas del hermanito especial.
Haremos que Trevor tenga la certeza absoluta de que ella solo lo usaba como banco particular mientras se abría de piernas para mí cuando él estaba operando en el hospital.
Gloria se queda helada en el sitio.
Veo cómo la mente fría y calculadora de la matriarca procesa cada detalle sórdido de mi propuesta. La conmoción inicial de sus ojos dura apenas tres segundos, antes de transformarse en una expresión de pura y triunfal satisfacción maligna.
—Tiene unos ataques de celos horribles... —susurra para sí misma, con los labios finos curvándose en una sonrisa diabólica—. No soportaría la idea de compartir a su mujer con otro hombre. Y menos con ti.
—No se limitará a dejarla, mamá —remato, y mis ojos brillan con la promesa de la venganza más dulce de mi vida—. Trevor la destruirá. Le escupirá en la cara a esa zorra y la tirará al basurero de la periferia del que nunca debió salir.
Gloria da dos pasos hacia mí, extiende la mano con sus pesados anillos de diamantes y me acaricia el hombro con una aprobación que no he recibido en toda mi vida:
—Contrata a los mejores profesionales de la imagen que pueda comprar nuestro dinero, Travis. No escatimes ni un céntimo. Le vamos a dar a mi hijo el espectáculo que se merece presenciar.