Rechazada por el Doctor Más Despiadado de Texas Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

MACKENNA

Un patrón peligroso, silencioso y adictivo se ha adueñado de mis días en las dos últimas semanas.

No hemos tenido ninguna conversación definitiva sobre el futuro. No se ha puesto sobre la mesa ninguna promesa solemne ni se le ha pegado una etiqueta cómoda a lo que pasa entre nosotros. Pero el vacío entre mis certezas y las suyas se ha llenado con una presencia magnética y testaruda.

Tres o cuatro noches por semana, cuando la puerta trasera del restaurante chirría a las diez y media y el vapor grasiento de la plancha cede por fin ante el viento fresco de la noche, la pickup negra e imponente de Trevor está ahí.

Aparcada al otro lado de la calle de gravilla, con los faros apagados y la silueta maciza de ese médico de casi dos metros esperando con paciencia en la cabina oscura.

Subo sin decir nada. Él mete la marcha en silencio.

Subimos a la colina desierta, o me lleva a una carretera secundaria rodeada de pinos, donde el asiento de cuero se convierte en nuestro territorio clandestino.

Hacemos el amor con una urgencia ansiosa, nos damos besos que nos quitan el aliento y el sentido común, y él me deja en la esquina de tierra de mi casa antes de medianoche, besándome la frente con una ternura desconcertante que me deja sin defensas.

Sé que camino descalza sobre un suelo de cristal molido. Sé que las convenciones de su familia siguen ahí, como una guillotina suspendida sobre nuestros cuellos. Pero mi cuerpo y mi corazón simplemente no encuentran fuerzas para retroceder.

Hoy, sin embargo, es martes, mi única tarde libre de la semana.

El sol de primavera dora el polvo de la placita humilde de nuestro barrio, un trozo olvidado de tierra con dos columpios de hierro oxidado y tres bancos de madera desconchada por la lluvia.

Tommie está sentado en el suelo con las piernas cruzadas, con una camiseta de rayas que ya se le ha quedado corta en las muñecas, entretenido en empujar un camioncito de plástico amarillo por la tierra apisonada.

—¡Mira, Kenna! ¡El camión está subiendo la montaña grandota! —grita, señalando un montoncito de tierra seca, con la boca abierta en una sonrisa enorme.

—Ya lo veo, cariño. Ten cuidado de no rasgarte la rodilla del pantalón nuevo —digo, sonriendo desde el borde del banco de madera donde estoy sentada, aprovechando la brisa templada para coser el dobladillo de un delantal del restaurante.

El ruido característico y pesado de un potente motor diésel rompe la tranquilidad de la calle sin asfaltar.

Levanto la cabeza despacio. El corazón se me salta un latido entero y la aguja casi me pincha el dedo índice.

La pickup negra de Trevor maniobra con calma junto al bordillo roto de la plaza. La carrocería reluciente y el porte imponente de ese vehículo de casi cien mil dólares parecen un monumento alienígena en medio de nuestras casas de madera sencillas y de nuestras vallas remendadas con alambre.

La puerta se abre. Trevor salta al suelo de tierra apisonada.

No lleva bata ni los trajes grises e impecables que suele lucir en el hospital.

Viste unos vaqueros oscuros, gastados en las rodillas por el uso, una camiseta negra de algodón que le marca los hombros anchos y los músculos tensos de los brazos, botas de cuero marrón, un sombrero negro que debe de costar lo que gano yo en un mes y unas gafas de sol de montura pesada.

En una de sus manos grandes lleva una nevera portátil azul de tamaño mediano con asa de nailon.

—¡Amigo Trevor! —El grito de Tommie desgarra la plaza vacía antes de que yo consiga llenarme los pulmones de aire.

Mi hermano abandona el camión de plástico en el polvo y echa a correr a trompicones, con las piernas torpes cruzando el césped seco. Se lanza contra la cintura de Trevor con tanta fuerza y entusiasmo que cualquier otro hombre habría retrocedido un paso.

Trevor, en cambio, ni se inmuta. Apoya la nevera en el capó de la pickup con agilidad y recibe el impacto de Tommie abriendo los brazos, se inclina para levantar del suelo al chico de dieciséis años en un abrazo firme y seguro y lo vuelve a dejar en la tierra.

—Qué pasa, compañero —la voz grave de Trevor suena distendida mientras se quita las gafas de sol con la mano libre y las cuelga del cuello de la camiseta negra—. Pensé que estarías demasiado ocupado construyendo carreteras para recibir visitas hoy.

—¡Estaba haciendo la montaña para el camión amarillo! —Tommie da saltitos en el sitio, señalando la tierra y luego la nevera, con una curiosidad chispeante en los ojitos almendrados—. ¿Qué hay en esa caja grande, amigo Trevor? ¿Hay herramientas de médico?

Trevor suelta una risa corta y baja, que quiebra la rigidez severa de sus facciones habituales.

—Hoy no hay herramientas, Anthony. He pasado por una heladería artesanal cerca de la bahía y me he acordado de que me dijiste que te encanta el helado de vainilla con trocitos de fresa fresca y sirope de chocolate.

Tommie se lleva las dos manos a las mejillas y abre la boca en una forma perfecta de asombro feliz.

—¿Helado de fresa con trozos de verdad? ¿Del que viene en el bote de cristal elegante?

—Dos botes enteros. Y he traído cucharas de metal largas para que no te manches la manga de la camiseta —remata Trevor, revolviéndole el pelo castaño a mi hermano con una facilidad que parece existir desde hace años.

Me quedo petrificada en el banco de madera, con la aguja y el hilo suspendidos en el aire, contemplando aquella escena surrealista.

El hombre más implacable de Texas, el cirujano temido por toda la comunidad médica del sur, ha cruzado la ciudad en plena tarde de martes solo para traerle helado artesanal a mi hermano, a una placita polvorienta de la periferia.

Se me cierra la garganta con un nudo espeso. Toda la armadura de desconfianza que paso las noches intentando reconstruir parece hacerse añicos bajo el peso de esa sencillez desarmante.

TREVOR

—¡Siéntate aquí en el banco, amigo Trevor! ¡Siéntate a mi lado para que comamos juntos! —Anthony tira del bajo de mi camiseta negra con una insistencia feliz, señalando el banco de madera de pintura blanca desconchada bajo la sombra de un viejo roble.

—Ahora voy, chaval. Déjame cruzar antes unas palabras con tu hermana —digo, manteniendo la voz calmada y controlada, aunque ver a Mackenna sentada en el otro banco, con el pelo rojo brillando bajo la luz dorada del sol y un vestido sencillo de algodón azul que le marca el contorno de los pechos, me ha acelerado el pulso en el segundo en que he puesto los pies en la gravilla.

Camino hasta donde está. Mackenna finge concentrarse en el dobladillo de la tela que sostiene en el regazo, pero las mejillas encendidas y el ritmo acelerado con que le sube y le baja el pecho delatan su inquietud.

Me detengo a dos pasos de ella, tapándole con mi sombra la luz directa del sol.

—Buenas tardes, pelirroja.

Alza despacio los ojos verdes. Las cejas bien dibujadas se arquean en un intento deliberado de mantener la postura altiva y desconfiada:

—¿Se puede saber qué haces aquí en pleno día, doctor? ¿Has perdido el camino del hospital o tu agenda millonaria se ha quedado vacía de repente?

Una media sonrisa involuntaria me tira de la comisura de la boca mientras me quito el sombrero. Esa lengua afilada nunca da tregua, y es precisamente ese atrevimiento lo que me mantiene atado a ella como a un condenado.

—He terminado una anastomosis microquirúrgica a las dos de la tarde y mi siguiente caso es mañana a las siete —respondo, metiendo una mano en el bolsillo de los vaqueros—. Y le prometí a Anthony que le traería ese helado en la primera ocasión. Cumplo mis promesas, Mackenna.

Traga saliva y desvía la mirada hacia la nevera que he dejado junto a Tommie.

—No hacía falta que lo hicieras. Ese tipo de helado cuesta caro y Tommie no tiene por qué acostumbrarse a lujos que luego no podremos pagar.

—No ha sido un lujo. Ha sido un detalle para un amigo mío —replico con firmeza, dando otro medio paso y bajando el tono para que solo ella me oiga—: Y también quería verte fuera de ese restaurante y lejos de la oscuridad de ese coche. Aunque fuera solo durante dos horas.

Mackenna se muerde el labio inferior, y la chispa de deseo mezclada con miedo en sus ojos me da la certeza de que mi presencia la remueve con la misma intensidad devastadora con que ella me consume a mí.

Me vuelvo y voy hasta el banco donde Anthony ya ha abierto la tapa de la nevera con los ojos desorbitados de fascinación. Me siento junto al chico en la madera áspera. Destapo uno de los botes de cristal, pongo una ración generosa en un cuenco de plástico y le tiendo en la mano la cuchara larga.

—Come despacio, que si no el frío te congela la punta de la lengua —le aviso.

—¡Está buenísimo, amigo Trevor! ¡Es más dulce que el de la panadería de la esquina! —dice con la boca llena de sirope rojo, riéndose a pecho abierto.

Pasamos las dos horas siguientes allí. Dejo que Anthony sostenga el pesado llavero de mi pickup y le enseño cómo el pitido desbloquea las puertas y enciende los intermitentes.

El chico aprieta los botones decenas de veces, encantado con el sonido y con el poder de mandar sobre la máquina grandota a diez metros de distancia.

No tengo ninguna prisa. No miro el reloj de pulsera ni pienso en los memorandos de la dirección ejecutiva que he dejado acumulándose sobre mi mesa.

El sol empieza a descender lentamente por el horizonte y tiñe el cielo abierto de Texas de tonos naranjas, cobrizos y violetas. Sopla una brisa más fresca desde la dirección de los árboles y trae las primeras sombras del atardecer.

Anthony apoya la barbilla regordeta en mi muslo, con el bote de helado ya vacío a su lado y los ojos fijos en las primeras estrellas que asoman en la bóveda celeste.

—Esa estrella grandota de allí brilla más que las otras, amigo grandullón. ¿Es la más fuerte de todas? —señala el cielo limpio con su dedo índice corto.

—Esa no es una estrella normal, Anthony. Es el planeta Venus —le explico con paciencia, apuntando en la misma dirección y tomando su manita para guiarlo—. Y justo encima, ¿ves esas tres estrellas alineadas, bien juntitas?

—¡Las veo! ¡Parecen tres piedrecitas de brillante!

—Es el Cinturón de Orión. Los vaqueros antiguos de este estado usaban esas tres estrellas en mitad de la noche para saber dónde quedaba el norte cuando el ganado se perdía en la oscuridad. Si sabes adónde mirar, nunca estás perdido de verdad.

—¿Ni aunque la noche sea muy oscura?

—Ni aunque la noche sea muy oscura —confirmo, pasándole el brazo por los hombros y apretándolo con suavidad en un gesto protector.

A unos veinte pasos de nosotros, apoyada en el tronco del roble, Mackenna lo observa todo en silencio.

Hace rato que terminó de coser. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, y la expresión de su rostro es una mezcla dolorosa de ternura incontenible y terror absoluto.

Sé exactamente qué se le pasa por la cabeza: teme que esto sea un espejismo, teme que el abismo que nos rodea se trague la pureza de este momento y la deje con el corazón hecho pedazos.

Cuando por fin cae la noche del todo, ayudo a Anthony a recoger los botes de cristal y a cerrar la nevera. Caminamos los tres por la acera de tierra apisonada hasta la entrada de la humilde casa de los Scott.

—Mamá está durmiendo, Tommie. Entra de puntillas, enjuágate la boca en el fregadero y ve a ponerte el pijama, ¿vale? —le indica Mackenna con voz dulce, abriendo la verja de madera que chirría en sus viejas bisagras.

—¡Sí, señora! ¡Adiós, amigo Trevor! ¿Mañana me enseñas a ver la estrella del toro?

—Mañana o el próximo día despejado, Anthony. Anda, ve a cuidar de tu madre —respondo, chocando mi puño cerrado contra el suyo en nuestro saludo habitual.

El chico entra corriendo por la puerta principal, que se cierra con un clic suave, y nos deja a los dos solos bajo la sombra densa del pequeño porche de tablas.

La luz tenue de la bombilla amarilla de la entrada ilumina solo la mitad del rostro de Mackenna. El viento nocturno le revuelve unos mechones sueltos del pelo rojo, que le rozan la piel blanca del cuello.

—No deberías haber venido aquí, Trevor —susurra, con la voz quebrándosele ligeramente mientras apoya la espalda en el pilar de madera del porche—. Los vecinos miran. La gente habla. Un coche así aparcado aquí toda la tarde...

Doy dos pasos firmes hacia delante, invadiendo su espacio hasta acorralarla contra la columna de madera. El calor de mi cuerpo la cubre por entero.

—Me importan un bledo los vecinos, Mackenna. Y a ti tampoco —murmuro, con la voz bajando a ese registro ronco y denso que siempre le deja los pulmones sin aire.

—Me estás deshaciendo por dentro... —confiesa, con los ojos brillando en la penumbra y la barbilla temblorosa, pero alzada con la misma valentía de siempre—.

No me hagas esto si sabes que no hay manera de sostener esta historia delante de tu mundo.

Tommie ya te quiere. Si luego desapareces, no lo va a entender...

y yo te odiaré hasta el final de mis días.

La vulnerabilidad cruda de esas palabras me golpea la carne con la fuerza de un puñetazo. Le llevo las dos manos al rostro y le sujeto los pómulos con firmeza posesiva, mientras los pulgares trazan el contorno de las pecas delicadas.

—No voy a ninguna parte, pelirroja —digo, con la voz áspera de una intensidad que ya no me cabe dentro.

Bajo la cabeza y tomo su boca antes de que pueda disparar otra pulla.

El beso es cálido, hambriento y profundo, y le roba cualquier protesta que aún le quedara en los labios.

Mackenna suelta un suspiro entrecortado contra mi boca, con los dedos cerrándose con fuerza en el cuello de mi camiseta negra mientras se alza de puntillas para pegarse a mi pecho.

Nuestras lenguas se encuentran con una voluptuosidad urgente, en una entrega desesperada bajo la sombra de ese porche destartalado que vale más que cualquier mansión que mi familia haya levantado en Texas.

Cuando me aparto despacio, dejando apenas milímetros entre nuestras respiraciones descompasadas, le muerdo con suavidad el labio inferior, hinchado por el beso.

—Entra y cuida de tu hermano —susurro contra la piel caliente de su mejilla, con el corazón latiéndome con violencia bajo las costillas—. Y sueña conmigo. Porque mañana por la noche estaré esperándote a la salida de ese turno.

Doy un paso atrás y bajo los escalones de madera rumbo a la pickup, me pongo el sombrero y me toco el ala con un gesto breve, a modo de saludo, sintiendo cómo los ojos verdes de ella me queman en la espalda, con la certeza irrevocable de que las amarras de mi vida perfectamente controlada se han roto ya para siempre.