Rebel Daddy (Billionaire Baby Daddies nº 8) 26. Garret
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26. Garret

GARRET

Me había pasado media noche dando vueltas y bebiendo, más que nunca después de escuchar a Lightning escupir su veneno. Me negaba a creerlo hasta hablar con Sara y, después de haber estado ciego de borracho todo el día de ayer, era hora de acabar con mi miseria y arrancarme la tirita de golpe.

Paré la moto delante de la casa de los Ducette, al lado de la de Sara, pero su coche no estaba.

Eché un vistazo al taller; no vi nada más que la puerta del garaje abierta, y tampoco había rastro de su coche allí.

Pero Andrew sí que estaba, con una llave inglesa en la mano, fulminándome con la mirada desde el otro lado del prado como si deseara tener otra vez la escopeta. No me intimidaba.

Pasé la pierna por encima y me bajé de la moto, luego avancé hacia la puerta principal con un dolor de cabeza insoportable y un mareo sordo que aún me quedaba de la resaca.

Si Sara estaba aquí, no pensaba irme sin hablar con ella.

Golpeé con fuerza la puerta, medio esperando que la abriera y me echara la bronca por presentarme allí, pero la rabia hervía justo bajo la superficie, lista para estallar en cualquier momento.

Cuando la puerta se abrió, era Daniel quien estaba allí, con un paño de cocina sobre el hombro y lo que parecía masa de tortitas manchándole la camisa. Me frunció el ceño y gruñó—. ¿Qué haces aquí? ¿Es que no aprendiste la lección la última vez?

Oí una voz femenina dentro y el balbuceo de un niño pequeño. Me atravesó el pecho cuando abrí la puerta mosquitera y me quedé dentro del marco. Aun así, Daniel se mantuvo firme, sin echarse atrás a pesar de que yo le sacaba una cabeza en el umbral.

—He venido a ver a Sara. ¿Dónde está? —No podía evitar que, después de la visita maliciosa de Lightning, aquel crío me removiera cosas en el pecho.

Lo aparté a mi paso, convencido de que me encontraría a Sara sentada con el niño, pero era una mujer desconocida, de pie en la cocina junto a una trona.

Solo veía el mechón de pelo oscuro porque el niño estaba de espaldas, pero, de momento, Lightning no se equivocaba.

—Se ha ido al hospital a ver a papá. Lárgate.

—Apártate de mi camino, Daniel. No quiero hacerte daño —le solté cuando se puso delante de mí.

Desvié su brazo hacia la derecha sin esfuerzo, empujándolo fuera de mi trayectoria.

Acabó desplomado en el sofá mientras yo iba directo a la cocina.

La mujer alzó al niño en brazos a toda prisa y abrió mucho los ojos.

—Por favor, no… —protestó, pero me quedé clavado en el sitio cuando giró al niño hacia mí.

Tenía mi pelo y mis ojos. Mejillas diminutas y regordetas que eran el vivo retrato de las fotos que había visto de mí de pequeño. Y me miraba con unos ojos marrones enormes, asustados, nada de la cara de Sara Ducette, ni una pizca: era cien por cien mío.

—Garret, tienes que irte o llamaré al sheriff.

La voz de Daniel sonaba lejana, como si el tiempo se hubiera congelado mientras yo miraba a aquella criaturita perfecta. Y me desgarró el corazón de tal manera que me quedé sin aire.

Lightning tenía razón. Sara me había mentido. Aquel niño era mío. No cabía la menor duda. Era mi viva imagen.

—Ahora, Garret… Sal de esta casa —Daniel sonaba ahora presa del pánico, y el chirrido de las bisagras de la puerta principal se mezcló con la tensión que yo sentía.

—¿Qué demonios pasa aquí? —oí a mi espalda sin darme la vuelta, y supe que era Andrew.

—Me ha estado mintiendo… —mascullé, apretando las manos hasta hacer puños. No podía creer lo que estaba viendo con mis propios ojos.

Le había confesado lo que sentía por ella y me había comprometido a estar con ella, y Sara me había mentido.

—Garret… —dijo Andrew, y noté que la voz se le ablandaba.

Me giré hacia él como si fuera mi enemigo, listo para liarme a puñetazos si hacía falta, pero durante una fracción de segundo vi una expresión de disculpa en su cara. Tenía que haber visto el dolor en mis ojos, porque era tan brutal que no había forma de esconderlo.

—Garret… ¿A dónde vas? —preguntó Daniel, intentando agarrarme del brazo, pero me lo sacudí de encima.

—Quítate de mi camino —le solté entre dientes, volviendo a grandes zancadas hacia la puerta y hacia mi moto.

—Garret, déjala en paz. ¿Me oyes? —gritó Andrew—. Mantente lejos de Sara.

Pero el rugido de mi moto lo ahogó cuando salí derrapando de su entrada y solté el embrague. Tenía el pulso disparado, el corazón golpeándome las costillas con violencia, mientras conducía hacia el hospital para encontrarla y exigirle respuestas.

¿Por qué me haría algo así? ¿Cómo podía no decirme que tenía un hijo?

Y además era perfecto, tan pequeñito. Esto lo habría cambiado todo para mí.

Tenía que saberlo. Pero se marchó del pueblo y lo escondió, y después de haber vuelto yo estas últimas semanas, seguía sin decir nada.

No tenía palabras para lo que estaba sintiendo.

Llegué al hospital en tiempo récord, dejando la moto en una zona de prohibido aparcar para poder entrar más rápido.

Me dirigí a la ventanilla de información para preguntar por el número de habitación de Peter, pero antes de que la enfermera de guardia me lo diera, el ascensor lanzó un pitido y Sara salió arrastrando los pies, con la cabeza gacha y unos pañuelos en la mano de tanto llorar.

Por primera vez desde que había vuelto a casa, me daba igual que estuviera triste o que su padre se estuviera muriendo. Estaba lo bastante enfadado como para hacerle daño, algo que jamás habría imaginado sentir por ella.

Se dirigió hacia la salida y yo corrí a ponerme en su camino, bloqueándole la salida. Cuando levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos, pareció sorprendida un segundo, y luego la pena volvió a inundarla. Parpadeó, ahogando unas cuantas lágrimas, y luego estiró las manos hacia mí.

—Garret, yo…

Le cogí las manos y se las aparté, fulminándola con la mirada. Estaba claro que aún no sabía que yo lo sabía, y yo no había venido aquí a consolarla.

—¿Me has mentido?

—¿Qué? —dijo, y vi cómo empezaba a caer en la cuenta de qué estaba hablando.

—¿Tengo un crío? —abría y cerraba los puños para no agarrarla. Quería zarandearla hasta que lo entendiera, hasta que comprendiera lo mucho que me estaba doliendo. Tenía el corazón hecho pedazos.

—Garret, yo…

—¡Me has mentido! —rugí, apretando sus bíceps con ambas manos—. Mentiste sobre tener un hijo mío y te largaste a St. Louis y lo mantuviste en secreto. ¿Por qué? ¿Cómo has podido hacerme esto, Sara?

—Disculpe —oí, pero ignoré la voz masculina.

—¡Dime por qué hiciste eso!

—Garret, por favor. Me haces daño —sollozó, pero no la solté—. Tenía miedo. Me apartaste. Sabía cómo te sentías y tenías razón. Eso habría matado a mamá y a papá y…

—¿Y te importaba más lo que dirían tu madre y tu padre que cómo me sentiría yo con todo esto?

—Señor, voy a tener que pedirle que la suelte —volvió a decir la misma voz masculina, y alcé la vista hacia el vigilante de seguridad del hospital—. Ahora.

—Garret, por favor, déjame explicártelo —Sara sollozaba cuando solté sus brazos, pero yo ya tenía lo que había venido a buscar. Era verdad. Aquel crío era mío, y ella me había mentido y luego lo había ocultado.

—Señora, ¿se encuentra bien? —fue lo último que oí mientras salía a empujones por las puertas hacia la brisa fría y cortante del otoño que se asentaba sobre Misuri.

Tenía un hijo del que nunca había sabido nada, con una mujer a la que creía querer. Y no tenía palabras para expresar cómo me hacía sentir eso.

Me subí a la moto, aceleré hasta que el motor rugió y esta dio un tirón cuando cogí tal velocidad que la rueda delantera se levantó del asfalto.

Nunca había estado tan enfadado en mi vida, y sabía que, si no me iba de su vista de inmediato, acabaría hiriéndola más de lo que ella me había herido a mí.