Rebel Daddy (Billionaire Baby Daddies nº 8) 3. Sara
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3. Sara

SARA

La hora punta de las cenas de los martes en el local no era tanto una hora punta como un goteo constante de gente que no tenía nada mejor que hacer, que era prácticamente todo Grove Hill entre semana por la noche.

No me importaba. Me gustaban los clientes habituales de por aquí.

Los sentía más como una familia con la que no vivía, pero a la que veía lo bastante a menudo como para saberlo todo sobre ellos.

Además, mi familia era dueña de este diner desde antes de que yo naciera y me había criado aquí junto a mucha de la gente que venía en busca de un filete con patatas asadas, que era el plato especial de esta noche.

—Sara, cariño, la mesa cuatro necesita que le rellenes la bebida —dijo mamá, que ya pasaba a mi lado con una cafetera en cada mano, y se daba tanta prisa que parecía que tuviera fuego en los pies.

Era tierno verla trabajar tan duro haciendo algo que le gustaba tanto, aunque no era por eso por lo que yo trabajaba aquí.

Necesitaba el dinero, y me permitía conocer gente nueva. Porque si alguien visitaba Grove Hill, inevitablemente acababa en Ma's Griddle para picar algo. Éramos el único restaurante de este lado del condado.

Cogí la jarra de té dulce y me dirigí a la mesa cuatro, donde dos habituales estaban discutiendo sobre carreras de tractores, que no era precisamente una conversación rara en esta época del año.

—¿Necesitáis algo más, chicos? —pregunté, echando una mirada hacia la puerta cada vez que sonaba la campanilla.

Garret llegaría en cualquier momento y me moría de ganas de verle.

Había ensayado mi pequeño discursito sobre que nos pusiéramos serios y habláramos con mis padres.

Solo esperaba que él estuviera tan entusiasmado como yo.

—Solo la cuenta cuando tengas un minuto, cielo —sonrió el mayor de los dos, con un brillo travieso en los ojos, y volvió inmediatamente a soltar comentarios a toda velocidad sobre el peso del trineo y la compactación de la tierra…

dos temas que me sonaban a chino. Yo era piloto, no una fanática de las tractor pulls.

Iba por la mitad del camino de vuelta a la barra cuando la puerta se abrió de golpe y el ambiente entero cambió.

Garret entró pavoneándose con sus colores y un vaquero que dejaba a la vista los enormes músculos de sus muslos.

También venía arreglado: camisa limpia, el cuello abierto, la mandíbula bien afeitada.

Un par de los habituales le hicieron un gesto con la cabeza cuando se dejó caer en un taburete en el extremo de la barra y la inclinó en mi dirección.

Se me agitó el pecho y se me tensaron los nervios entre los omóplatos.

Quería salir disparada hacia él para tomarle nota, pero mamá ya se dirigía hacia su lado, bloc de pedidos en mano.

Con los Gravehounds que venían por aquí era cordial, pero mantenía las distancias y lo profesional.

A papá le horrorizaba la idea de que vinieran, pero yo había oído ya demasiadas discusiones sobre cómo echarlos por su reputación sería malo para el negocio.

Y Dios sabe que, si dejaban de venir, se iría la mitad de los ingresos semanales. Cuando el Black Anvil empezó a servir pizza durante unos meses, mamá casi no podía permitirse pagarme.

—¿Qué te pongo? —le preguntó, ladeando la cabeza mientras golpeaba el bloc con el bolígrafo.

—Limonada —dijo Garret—. Por favor. —Sus ojos se clavaron en los míos, haciéndome arder las mejillas, y me volví hacia el pasaplatos de la cocina, apretando los labios para no sonreír.

Era su manera de mandarme el mensaje de que estaba listo cuando yo lo estuviera.

Él pedía una limonada y, para cuando acababa de bebérsela, yo ya estaba en el cobertizo esperándole.

Casi como los perros de Pávlov y la campana: con solo pensarlo me ponía a gotear mientras esperaba.

Llevábamos meses con esta rutineja y nunca me cansaba.

—Sara —dijo mamá en voz baja mientras se acercaba a mí, que estaba aclarando la cafetera.

—Mmm —murmuré, todo lo distante y desinteresada que pude.

—Venga, vete a tomarte el descanso, cielo.

—Hacía esto cada vez que entraba alguno de esos motoristas.

Se pegaba a la mesa, aunque estuviera en mi sección, y luego me mandaba al descanso.

Sabía que lo hacía porque papá los odiaba y quería tenerme lo más lejos posible de ellos, lo que solo hacía más difícil lo que pasaba entre Garret y yo.

Papá lo iba a odiar cuando le dijera que quería a Garret, pero tenía que hacerse, y pronto.

No quería seguir a escondidas. Me merecía algo mejor que una aventura clandestina de amor prohibido con un hombre mayor.

Me merecía una relación a la vista de todos, con verdaderas implicaciones y un futuro claro.

—Vale —murmuré, dejando caer los hombros.

Por mucho que quisiera salir corriendo a ver a Garret, también quería que mis padres dejaran de tratarme como a una cría demasiado pequeña para ver una peli para mayores de dieciocho.

Con veintiún años, por pura cuestión de edad ya me había ganado el derecho a hacer lo que quisiera cuando quisiera.

—¿Estás bien, cariño? —Mamá me puso la mano en la frente y yo suspiré y sonreí.

—Bien, solo que tengo ganas de irme al descanso.

Pasé junto a ella camino de la cocina y colgué el delantal de un gancho junto a la puerta trasera, que dejé que se cerrara de un portazo al salir al calor de septiembre.

Eché una mirada por encima del hombro para asegurarme de que no me vigilaba y eché a correr hacia el cobertizo de almacenaje.

Estaba abierto, como siempre, y me colé dentro, me quité deprisa los shorts oscuros y la camiseta, y me quedé solo en bragas, esperando a que Garret se escabullera hasta allí.

La puerta se abrió y, cuando Garret entró, sus ojos se oscurecieron y echó el pestillo sin dejar de mirarme.

—Jesucristo, Sara. —Cruzó el cobertizo y sus manos fueron directas a mi cintura, pegándome contra su cuerpo—. ¿Intentas matarme?

—Solo quería estar lista. —Alargué la mano hacia su chaleco, pero me atrapó las muñecas y me las subió por encima de la cabeza, sujetándomelas contra la pared, lo que me hizo sonreír.

—Siempre estás lista para mí, ¿a que sí? —Su boca encontró mi cuello y mordió fuerte, dejándome notar sus dientes al rasgarme la piel—. ¿Y si hubiera entrado otra persona?

—Garret, por favor —solté una risita—. Aquí no viene nadie más que tú y yo.

—¿Así que solo haces esto conmigo? —Soltó una de mis muñecas para deslizar la mano por mi vientre, sus dedos siguiendo el borde de mis bragas sin bajar más—. ¿Es que soy especial o algo?

—Algo así —gemí, alzando las caderas en busca de más contacto, pero él apartó la mano.

Garret fue besando mi cuello hasta la clavícula, tomándose su tiempo.— Vas a esperar hasta que yo esté bien listo para dártelo, porque tú me has hecho esperar a mí.

Me arqueé hacia su caricia y sonreí cuando su mano libre me cubrió un pecho y el pulgar me rozó el pezón hasta que se endureció. Gemí y forcejeé contra su agarre, pero no me soltó.

—Quédate quieta. —Me mordió el lóbulo de la oreja y solté un jadeo—. Déjame que me tome mi tiempo contigo. —Su boca recorrió mi clavícula, bajó entre mis pechos, siguió hacia mi estómago. Su mano cartografió cada centímetro de mi piel mientras yo me retorcía e intentaba no suplicar.

—¿Por qué me estás torturando? Sabes que lo lento no va conmigo. —Cuando su boca se encontró con la mía, el beso fue abrasador, nuestras lenguas se fundieron en un baile frenético que hizo que nos chocaran los dientes y que su barba me raspase la cara hasta casi doler.

—Porque eres tan guapa… —Por fin me soltó la muñeca y llevó las dos manos a mis caderas.— Y me encanta provocarte hasta que te vuelves loca por mí.

—Pues ya estoy loca. —Le agarré de los hombros y tiré de él hacia mí para que volviera a besarme mientras sus dedos se enganchaban en mis bragas y las bajaban despacio.

Solté un gemido cuando sus labios se apartaron de los míos, pero él se arrodilló y fue dejando un rastro de fuego por el centro de mi cuerpo hasta quedar de rodillas en el suelo frente a mí.

Me levantó una pierna y se la echó al hombro, abriéndome. Al primer contacto de su lengua se me dobló la rodilla y tuve que apoyarme en la pared para mantenerme en pie, mientras le agarraba del pelo y echaba la cabeza hacia atrás.

—Oh, Dios… —Las palabras me salieron entrecortadas mientras me lamía despacio, evitando a propósito el clítoris y sonriendo contra mi pubis—.

Por favor, no me tortures. —No teníamos tiempo para una sesión larga y pausada esta vez.

Quería hablar con él y, si nos pasábamos todo el descanso follando, no podría hacerlo.

—Pero es que sabes tan bien… —Alzó la vista hacia mí con esa sonrisa chula que tanto adoraba como detestaba—. Podría estar así todo el día.

—Oh, Dios… —gemí cuando sus labios se cerraron alrededor de mi botón sensible y presionaron. Chupó suavemente pero, al mismo tiempo, deslizó dos dedos en mi interior—. Sí… así, cariño.

Cuando volvió a gemir contra mí, me hizo estremecer.

Podía llevarme de no estar de humor a estar al borde en menos de un minuto, y aquella noche no fue una excepción.

Me puse a punto tan rápido, tan necesitada de su polla, que me apreté y él se apartó deprisa.

La ausencia de sus dedos dentro de mí fue casi dolorosa.

—Garret, me voy a morir. —Enredé los dedos en su pelo, intentando mantenerle donde le necesitaba.

—No, no te vas a morir —gruñó, dándome toques en el clítoris con la lengua, en un juego cruel—. Me voy a asegurar de que lo sientas, nena.

—Pues haz que me corra, te lo suplico.

Garret me torturó unas cuantas veces más, pasándome la lengua sobre el clítoris y dibujando círculos alrededor de mi abertura con los dedos, y luego por fin me dio lo que quería: su lengua rodeando mi clítoris mientras dos dedos se hundían en mí.— Te vas a correr toda en mi cara.