Reaper (Código Negro 2)
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PRELUDIO
Zurich, Suiza
Abro el refrigerador otra vez, despacio, como si al repetir la acción con cuidado, algo nuevo fuera a aparecer.
Estoy buscando algo para comer, cualquier cosa, aunque sea un pedazo de queso.
Pero no hay nada. Nada bueno. Solo cosas viejas y un olor feo que me hace arrugar la nariz.
Los milagros no pasan de verdad, eso dice mi mamá, y yo creo que tiene razón, porque nunca me pasa ninguno.
Mamá está tirada en el sofá, dormida otra vez.
Duerme mucho cuando se siente mal. Tiene el brazo doblado y una manchita donde se puso su medicina después de terminar la última botella.
Yo sé que sabe horrible porque la probé una vez, solo un poquito, y me dio ganas de vomitar.
Creo que por eso mamá se pone enferma y luego me grita fuerte, aunque después dice que lo siente y me abraza muy apretado.
Miro dentro del refrigerador una vez más, pero sigue igual, con cosas verdes y peludas pegadas en las paredes.
Lo cierro rápido. Mi panza hace ruido, como un gruñido, y me da vergüenza aunque no haya nadie escuchando.
Tengo hambre. Mucha. Me quedo parado en la cocina sin saber qué hacer, esperando que, aunque mamá dice que no existen, esta vez sí pase un milagro pequeñito.
Me quedo ahí parado cuando escucho la puerta. No la de afuera, la del cuarto. Mis hombros se ponen rígidos sin querer. Sé que es él antes de verlo. Marion siempre camina fuerte, como si el piso le debiera algo. Sale al pasillo y me mira como si yo estuviera en medio, estorbando.
Me quedo quieto cuando lo veo. Él está parado en la puerta, tapando la luz, y por un segundo pienso que es una sombra grande que se equivocó de lugar. Me mira de arriba abajo y frunce la cara.
—¿Y tú qué haces aquí? —dice—. ¿Otra vez revisando el refrigerador? No contesto. Aprieto la manija todavía fría con la mano y bajo la cabeza. —Te hablé —insiste, dando un paso—.Y Cuando yo hablo, se responde.
—Tengo hambre… —digo al final, muy bajito, como si la palabra fuera algo malo.
Él se ríe, pero no es una risa bonita. —Siempre tienes hambre. Como si eso fuera problema mío.
Mira hacia el sofá y chasquea la lengua. —Mira a tu madre. Así la pones, con tus tonterías.
Yo miro a mamá. No se mueve. Quiero ir con ella, despertarla, decirle que tengo hambre, que él me mira feo, que me da miedo, pero no se despierta nunca cuando más la necesito.
Marion vuelve a mirarme y se inclina un poco, lo suficiente para que su cara quede cerca de la mía.
Huele raro, fuerte. —¿Qué es lo que se dice? —pregunta despacio.
No quiero decirlo. Me arde la garganta solo de pensarlo. —Nada… —murmuro.
Su mano cae fuerte sobre la mesa. El ruido me hace brincar. —No te hagas el listo conmigo. ¿Qué se dice?
—No… —empiezo, pero no me deja terminar.
—Se dice “papá”.
La palabra se queda flotando entre nosotros, pesada. Yo niego con la cabeza. —No eres mi papá —digo, y mi voz tiembla, pero no me callo—. Tú no eres...
Su cara cambia. Ya no está seria, ahora está arrugada, fea, y su expresión es dura. —¿Cómo dijiste?
—No eres mi papá —repito, y siento que me voy a romper—. Yo no me parezco a ti. Mi papá no era así.
Marion tiene el color de piel más oscuro que el mío, no se necesita ser un genio, lo sé. No es mi padre. Tengo el cabello de mi madre, negro como la noche y su nariz, el color de ojos dice que son como los de mi padre, ella me lo dijo una vez antes de desmayarse en el sofá.
Una de las tantas veces.
No sé de dónde saco el valor, pero sale solo. Marion me agarra del brazo, fuerte, y me duele. —Escúchame bien —dice entre dientes—. Aquí se hace lo que yo digo. Yo te doy de comer. Yo mando. Y tú me llamas papá .
—¡Me duele! —lloro, y ya no puedo aguantar—. ¡Suéltame!
Mamá se mueve un poco en el sofá, pero no se despierta. Marion me suelta de golpe y yo doy un paso atrás. Me arde el brazo y las lágrimas me caen solas, calientes, sin permiso. —No llores —dice—. Los niños que lloran son insoportables.
Me limpio la cara con la manga, pero sigo llorando igual. —Tengo hambre —le repito, como si eso sirviera de algo.
Camino despacio, con la panza vacía y el corazón haciendo ruido dentro del pecho.
Antes de entrar al cuarto, miro a mamá otra vez.
Sigue dormida. Nadie me mira. Nadie me defiende.
Cierro la puerta y me siento en el piso, abrazándome las piernas, pensando que tal vez los milagros sí existen… pero se olvidaron de mí.
A los pocos minutos Marion entra a mi cuarto sin tocar antes, como siempre lo hace.
—¿Tienes hambre? —me pregunta.
Mi espalda se pone rígida, como cuando en la escuela te llaman por tu nombre y sabes que hiciste algo mal aunque no sepas qué.
No levanto la cara. Veo primero sus manos.
Siempre veo sus manos. Están llenas de dibujos negros y manchas de grasa, y se mueven despacio, raro, como si pensaran solas.
Trago saliva. El estómago me ruge y eso me da vergüenza.
—Si tienes hambre… —dice, acercándose— yo puedo darte algo.
Da otro paso. Yo retrocedo uno. Mi talón choca con la pared.
—Pero tienes que ser un buen chico —añade—. Los buenos chicos obedecen.
No me gusta cómo dice bueno . No me gusta cómo me mira. Siento calor en la cara y frío en las piernas. Niego con la cabeza muy despacio, aunque sé a qué le estoy diciendo que no. No otra vez, por favor.
—Y no se lo vas a contar a tu madre —continúa, bajando la voz—. Porque si hablas… —se queda callado un segundo— ya sabes lo que pasa.
Lo sé. Mi cuerpo lo sabe antes que mi cabeza. Me acuerdo del dolor, del ardor, de querer gritar y no poder. Aprieto las piernas y asiento rápido, muy rápido, para que pare, para que se vaya, para que no siga hablando.
Para que todo desaparezca.
—Eso —dice—. Así me gusta. Calladito.
Miro al sofá a lo lejos. Mamá sigue ahí, dormida, lejos, como si estuviera en otro mundo. Quiero correr hacia ella, sacudirla, decirle que tengo hambre, que tengo miedo, que Marion no es bueno. Pero no me muevo. No puedo, y más cuando escucho el sonido de su cremallera. Odio ese sonido .
Cuando siento su mano, mi mente vuela a lo lejos, lejos de los pensamientos, lejos de la realidad, mi profesora dice que sueño despierto y que eso no está bien, pero aquí, aquí está bien, porque no siento, incluso con las arcadas que siento al final cuando Marion termina, me sacude el cabello y gruñe como si estuviera enfadado.
No sé cuánto tiempo pasa, solo sé que ya no tengo hambre. No volveré a decirle a nadie, ni a mamá cuando tenga hambre, prefiero quedarme encerrado a mi cuarto a esto.
—Vete de aquí. —ordena.
Camino sin hacer ruido. Cada paso pesa mucho.
Cierro la puerta despacio y me siento en el suelo sucio fuera de casa, abrazándome las rodillas.
La panza sigue doliendo y quiero vomitar, pero ahora hay otro dolor, uno que no sé explicar, uno que no se quita aunque cierres los ojos.
Me quedo ahí, tratando de no respirar fuerte, pensando que, si soy muy pequeño, muy silencioso, tal vez no me vea.
Tal vez hoy no. Tal vez mañana sí exista un milagro.