13. Victoria #2
—Una vez. Hace mucho tiempo. Ashley quería celebrar mi alta esta noche y me gusta la artista que han programado. —Las puertas del Lounge estaban abiertas y Victoria podía oír a Lucy empezando a tocar; una guitarra suave flotaba desde el club hacia la noche que las rodeaba.
Para su sorpresa, Anna pareció decepcionada. —Vaya.
—¿Vaya? —Victoria frunció el ceño.
—Iba a preguntarte si querías salir de aquí y venir a mi casa para hablar, pero no quiero que te pierdas a...
—Anna. —Victoria alargó la mano y la agarró del brazo con una mano, mientras con la otra empezaba a sacar el móvil, abriéndolo frenéticamente con el pulgar para poder enviarle un mensaje a Ashley y luego pedir otro Uber—. Nunca en mi vida he querido irme de un sitio tan rápido.
Algún día quedaría con Anna en algún lugar y no la arrastraría inmediatamente a casa, pero hoy no era ese día.
Se sentaron lo más separadas posible en el asiento trasero del Uber, resistiendo el impulso de siquiera cogerse de la mano. La conversación fue escueta, sencilla, alegre. Durante la mayor parte del trayecto, se contentaron con permanecer en un silencio cómplice.
El asiento trasero del coche de un extraño no parecía el lugar adecuado para una conversación tan importante como la que tenían pendiente y, si Victoria llegaba siquiera a rozar el dedo meñique de Anna con el suyo, empezaría a besarla y no pararía nunca jamás.
El trayecto se hizo interminable pero, al fin, llegaron al piso de Anna en Hancock Park.
A Victoria no le sorprendió descubrir, al ser invitada a entrar, que el pequeño apartamento de Anna era tan acogedor y cálido como su despacho.
Había el mismo tipo de muebles mullidos, las largas cortinas traslúcidas y las paredes cubiertas de estanterías, repletas de libros de bolsillo desgastados y adornos variados.
Victoria sacó un ejemplar de La campana de cristal de Sylvia Plath, rechoncho, lleno de notas a tinta y muy manoseado, y soltó un silbido bajo. —Temas densos, estos.
—Creo que debería ser lectura obligatoria para todo profesional de la salud mental —dijo Anna desde su rincón de cocina, donde estaba poniendo el hervidor y sacando tazas para el té—. Pero no es precisamente una lectura ligera, no. —Le dedicó a Victoria una rápida sonrisa—. ¿Lo has leído?
—Una vez, en la universidad. Fue más que suficiente.
—Volvió a colocar el libro y luego se sentó en el sofá, observando cómo Anna se movía para prepararles el té.
¿Podría acostumbrarme a esto? se preguntó, inclinándose para quitarse los botines y colocarlos ordenadamente junto al sofá.
Recostándose, encogió los pies bajo el cuerpo e intentó permitirse la entrega a la sensación de ser cuidada.
De ser apreciada, quizá. Apoyada por alguien más que ella misma.
Victoria cerró los ojos y escuchó los sonidos de una vida verdaderamente pacífica.
El ruidito de una bolsa de papel encerado y el roce apagado de las hojas de té sueltas al ser medidas con delicadeza en coladores metálicos.
El clic de la cuchara al posarse sobre la encimera de azulejo pulido.
El borboteo de la tetera al hervir. El agua fluyendo en las tazas.
Anna tarareando algo inidentificable mientras cogía la bandeja y. ..
Victoria abrió los ojos en el momento en que Anna dejaba una bandeja sobre la mesa de centro.
—Vamos a dejar que el té repose un poco —dijo Anna, sentándose y acomodándose contra el respaldo del sofá.
Girándose, apoyó el codo en los cojines y descansó la cabeza en la mano, con una suave sonrisa iluminándole el rostro mientras se centraba al fin en Victoria—. Hola.
—Hola —repitió Victoria, incapaz de contener su propia sonrisa de respuesta. Era tan fácil, demasiado fácil, imaginar que volvía a casa y se encontraba con esto.
Resultaba menos fácil permitirse creer que se le permitiría tenerlo.
Se giró en el asiento para mirar a Anna, dejando que sus dedos caminaran como arañas por el respaldo del sofá. —Así que...
—Así que... —Anna se inclinó hacia delante para apartar un mechón fino de pelo del rostro de Victoria—. Te han dado el visto bueno.
—Provisionalmente —murmuró Victoria, resistiendo el impulso de agarrar la mano de Anna para presionar un beso en su palma.
—Creo que los próximos seis meses van a ser un paseo para ti. —Su mano descendió hasta la rodilla de Victoria—. Estoy orgullosa de ti.
—Estoy aterrorizada —confesó Victoria; sentía las palabras como si fueran arrancadas de algún pozo pegajoso y oscuro en lo más profundo de su alma—. Siempre he sido solo yo. Mi madre me hizo condenadamente independiente. Así que confiaba en mí misma, porque solo podía confiar en mí misma.
—Hasta que ya no pudiste más. —Los dedos de Anna apretaron la rodilla de Victoria.
—Hasta entonces. Pero incluso entonces..
. ya ves lo difícil que me resulta aceptar cualquier debilidad en mí misma.
Aceptar ayuda. —Incluso admitirlo seguía siendo difícil, pero había avanzado demasiado durante las últimas semanas y meses, y se sentía mucho mejor después de cada noche de paz y cada purga emocional, como para retroceder ahora—.
Admitir que me equivoqué. Nunca debí haber aceptado el caso de Hilary.
Pero ella solo confiaba en mí... ¿cómo iba yo a.
..? —Bajó la mirada hacia sus manos e intentó contener las lágrimas—.
No debería haber confiado en mí. Yo debería haber revelado nuestra relación.
Quizá ella todavía estaría viva si lo hubiese hecho. ..
—Para. —Anna se echó hacia delante y tomó entre las suyas las manos de Victoria, que se retorcían atormentadas—.
No puedes cambiar lo que pasó. No tienes forma de saber cómo podrían haber ido las cosas.
Tenemos que vivir en el aquí y el ahora.
—Su pulgar acarició los dedos de Victoria, con suavidad, con consuelo, con amor—.
Y aquí, ahora, eres increíble. Y Victoria, yo también lo siento.
No debí haber perdido los estribos. Ah, y.
.. —Su rostro estaba brillante, de un rojo ardiente—.
Dije cosas tan horribles y desagradables.
—Normalmente tú serías la primera en decir que el miedo provoca eso —comentó Victoria con ironía.
—Fue miedo; vivo cada día con el miedo de cruzar líneas éticas, o de causar daño a un paciente, o de hacer cualquier cantidad de cosas tan catastróficamente mal que me cueste mi carrera. —La confesión brotó de Anna de golpe.
—Y yo había tenido un miedo muy profundo a que ocurriera otra situación como la de Hilary —dijo Victoria en voz baja, liberando brevemente una mano del agarre de Anna para poder secar una lágrima que veía resbalar por un triste ojo verde—.
Cuando ocurrió, derribó todos los cimientos tambaleantes que me sostenían. Pobre Daniel Jennings.
—Pobre de ti —corrigió Anna, parpadeando para alejar más lágrimas.
—Pobre de ti también —dijo Victoria suavemente. Luego se inclinó hacia delante para apoyar su frente contra la de Anna.
Se quedaron así, cabeza contra cabeza, con las manos entrelazadas y el té enfriándose en las tazas, rodeadas de silencio durante largos instantes oníricos. Resultaba reconfortante. Correcto.
Como el comienzo de algo hermoso que, con el tiempo, Victoria podría llegar a aceptar que merecía.
Se movieron al mismo tiempo, y sus labios se encontraron con una dulce suavidad y calidez.
Anna soltó las manos de Victoria y las deslizó por sus brazos hasta la nuca.
Mientras sus labios, lenguas y alientos se mezclaban, Victoria sintió que Anna tiraba suavemente del elástico de su pelo, dejando que las ondas rubias cayeran libres.
Ella deslizó sus propias manos por los suaves rizos cobrizos de Anna, que olían a manzana verde y eran sedosos como lencería francesa.
Sus dedos se curvaron para rodear la cabeza de Anna, mientras sus pulgares acariciaban la línea de la mandíbula.
Victoria se puso de rodillas y luego de pie, sin interrumpir el beso, tirando de Anna para que la siguiera.
Aunque nunca había estado allí, el instinto la guio hacia el dormitorio de Anna como si hubiera vivido en esa casa durante años. De espaldas, cada una quitándole una prenda a la otra a cada paso del camino, dejando un rastro de migas de pan de tela sobre el suelo de madera.
El dormitorio era tan blanco como el de Victoria, pero era el blanco vaporoso y con volantes de una nube, no el de una sala de exposición escandinava, estéril y aerodinámica.
Ahora totalmente desnuda, Victoria se dejó caer sobre una amplia cama de dosel con raíles de latón, cubierta de una tela de gasa blanca; apartó un edredón suave como el plumón y se hundió en el mullido colchón de ensueño.
Siguiendo tirando de Anna hacia ella, se deslizó hacia atrás hasta quedar recostada contra un montón de almohadas.
Aquella habitación era un palacio de sensualidad, suavidad en cada rincón, sin aristas afiladas.
Como Anna. Como todo lo que adoraba de Anna.
Victoria atrajo el cuerpo cálido y dócil de Anna contra el suyo, piel con piel, dejando que sus manos recorrieran los brazos ligeramente pecosos, pasando a rodear un pecho turgente y blanco como la leche, para rozar con el pulgar un pezón rosado y rugoso.
Y no podía dejar de besar a Anna, bebiendo la calidez y la suavidad de su boca como si eso pudiera salvarla de morir de sed en un desierto.
Anna estaba a horcajadas sobre el muslo de Victoria, con su sexo cálido y tentador contra su piel. Victoria bajó las manos para agarrar el culo de Anna, deleitándose con cada generoso puñado. —Sube —dijo, tirando de Anna para que se pusiera de rodillas—. Aquí.