Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 1 El comienzo del fin
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1 El comienzo del fin

BLAKE

Estaba atascada estudiando para los exámenes finales.

Aquí era donde se decidía mi futuro. Si sacaba la carrera o tenía que repetir otro año con alguna asignatura que me hubiera quedado pendiente.

«No puedo fallar», «no puedo fallar», me repetía esa frase como un mantra, a ver si me entraba en la cabeza y, por arte de magia, no fallaba.

Mi familia contaba conmigo y tenía que ser la mejor por ellos.

Por eso estudiaba Derecho y Administración y Dirección de empresas.

Sabía que tenía intuición para el negocio y que podía llevarlo al siguiente nivel.

Miré mi teléfono y lo guardé en el bolso antes de salir de la mansión, con la angustia que habitualmente se apoderaba de mi estómago cada vez que veía su nombre en la pantalla.

John me había llamado, pero yo no se lo había cogido.

Hacía tiempo que quería romper con él porque estaba aburrida.

Habíamos pasado juntos los mejores años de nuestras vidas y era tan cómodo y fácil como rutinario y monótono.

Le tenía cariño, nuestras familias eran amigas desde antes de que nosotros naciéramos y ambos estábamos destinados a dirigirlas cuando nuestros padres dejaran el negocio.

Era tan natural que resultaba poco emocionante y yo necesitaba más.

De dónde viniera ese más ahora mismo ni me lo planteaba, pero debía dejarlo si quería avanzar.

Me iba a centrar en mi trabajo después de los estudios.

Si todo salía bien, acabaría con unas notas que me permitirían acceder a la especialidad que yo quería por delante de otros alumnos.

Me había esforzado mucho para ello. Era la capitana del grupo de debate, pues quería aprender todo lo necesario sobre negociación, y hacía las prácticas con la profesora Miller para iniciar mi tesis y poder doctorarme en derecho empresarial.

Había sido mi ilusión desde siempre y, por fin, iba a hacerse realidad.

Para preparar los exámenes contaba con la ayuda de Fiorella Gulio, que era una de mis mejores amigas junto a Lucrezia Lorenzzo, a la que todos llamábamos Zia —no le gustaba que la llamaran por su nombre completo, aunque a mí siempre me había parecido muy bonito—.

Las tres estudiábamos la misma carrera, que esperábamos terminar con los exámenes de mañana.

El caso era que John ya no encajaba en mi vida.

Hacía tiempo que lo veía con otros ojos, como si ya no me conquistara cada vez que sonreía o se dirigía a mí.

Cuando éramos pequeños, me bastaba. Era lo que se esperaba de nosotros.

Pero ya no. A veces me parecía que seguíamos juntos por costumbre o por comodidad y eso se tenía que acabar de una forma u otra.

Al fin y al cabo, todo acababa necesariamente.

No sabemos cuándo ni de qué forma, pero podíamos tener la certeza absoluta de que ocurriría tarde o temprano.

Mejor que fuera así, cuando aún podíamos salvar nuestra amistad, o eso esperaba.

Llegué a la facultad y me fijé en que había varios estudiantes de primero ayudando a preparar la gala de graduación, colgando pancartas y haciendo carteles para indicar a los invitados dónde debían sentarse. Esa tarde teníamos un ensayo general con todos los estudiantes de la promoción.

El acto de graduación sería el viernes e iba a venir toda mi familia. Mis padres, Lena y Roberto. Mis abuelos, Annetta y Doménico. Mis tíos, Bianca y Agostino. Y mis primos, Giordano y Cósomo, que eran como hermanos para mí. Vivíamos todos juntos en la mansión, por lo que estábamos muy unidos.

Sabía que teníamos más familia en Italia, pero desde que los padres de mi padre emigraron a América, no habíamos vuelto. De hecho, yo nunca había estado allí .

«Arriba, abajo, recoge el diploma, pasa el birrete de un extremo al otro…

». Una vez terminado diligentemente el ensayo, fui al despacho de la profesora Miller, que me felicitó por haber concluido mi trabajo en su departamento y me prometió hablar con el profesor Williams para que me aceptara como alumna y poder empezar el doctorado en septiembre.

Luego me encaminé hacia el vestíbulo, buscando un momento para hablar a solas con mis amigas y contarles mi inquietud.

Encontré a Fiorella con su novio, Carrick Smith.

Llevaban dos años juntos, se conocieron en la universidad y desde entonces eran inseparables.

Los cuatro, junto con Zia y su novio, Matteo Inchenza, formábamos uno de los grupos más populares de la facultad.

Siempre que los chicos venían a vernos, nuestros compañeros se quedaban mirándonos embobados, queriendo formar parte de lo que fuera que estuviéramos organizando, aunque nadie sabía en realidad de qué hablábamos cuando estábamos juntos.

La familia de Zia, la de John, la de Fiorella, la de Matteo y la mía, eran las cinco familias más poderosas de Nueva York.

Nuestros negocios estaban hermanados y se podía decir que trabajábamos codo con codo y que nos apoyábamos siempre.

El único que no pertenecía a nuestro « submundo » era Carrick, pero cuando su relación con Fiorella se hizo seria decidimos contárselo todo.

Eso sí, él sabía que su vida dependía de que nos guardara el secreto y que no era ninguna broma.

—Fio, te necesito —le dije arrancándola de los brazos de Carrick—. ¡Ahora te la devuelvo! —Le saqué la lengua y me la llevé aparte.

—¿Qué te pasa? —me preguntó divertida. A mi amiga no le preocupaba absolutamente nada. Aunque por su apariencia aniñada nadie lo diría, era una de las personas más frías que conocía cuando debía serlo.

—Voy a hacerlo. Voy a dejarle —le dije decidida .

—¿Otra vez con el tema de John? —resopló desesperada, pero sabía que solo era una pose. Tanto Zia como ella me conocían muy bien y sabían lo mal que lo estaba pasando con ese asunto.

—Tengo que hacerlo. No puedo retrasarlo más.

Levantó las cejas y suspiró.

—Lo entiendo, pero antes de la graduación me parece cruel.

Yo suspiré también. Estaba cansada.

—Si no lo hago ahora, no lo haré nunca. Ya sabes que nuestras familias tienen planes para nosotros después de la graduación.

Así era. Nuestras familias querían que nos casáramos para dejarnos como cabezas del negocio. «Por separado somos fuertes, pero juntos somos invencibles», nos decían siempre. Una frase acuñada por mi abuelo, cuya sabiduría era muy conocida por todos.

Los Marconni llegamos a Estados Unidos en la década de los ochenta, cuando Nueva York aún no tenía nada que ver con lo que era en la actualidad.

Mi abuelo solo contaba con sus manos y la iniciativa propia de quien quería construir algo grande.

Y eso hizo. Levantó una ciudad de hormigón tras la que protegerse y creó alianzas que todavía perduraban en el tiempo.

Cuando Doménico se retiró le dejó el puesto a mi padre, que era un líder nato, y me había enseñado a ser como él.

Por eso sabía que yo podría seguir sus pasos sin problemas y que no necesitaba a ningún hombre a mi lado para hacerlo.

Pero los Marconni habían hecho un pacto con los Ricco, la familia de John, para ampliar el negocio, y se sellaba con el matrimonio.

De todas formas, hablaría con él y buscaríamos la manera de continuar con el pacto sin pasar por el altar. Estaba segura. Él nunca me obligaría a hacer algo que no quisiera. No en el terreno personal. En los negocios, sí, desde luego.

Mi primera pistola la disparé con diez años.

Me dijo que tenía que saber defenderme. Me apuntó a clases de kárate y me hizo seguirlas hasta que fui cinturón negro.

Lo acompañaba a todas las negociaciones desde los doce y me dejaba participar activamente en ellas desde los dieciséis.

Siempre fui muy espabilada y él contribuyó a ello.

Cuando cumplí los dieciocho puso a un grupo de cuatro hombres a mis órdenes y no había perdido a ninguno.

Nuestro negocio estrella era la cadena de hoteles De Lucchi, apellido de soltera de mi madre, que estaba administrada por una junta directiva de la que mis padres eran accionistas mayoritarios.

Yo me encargaba de dirigir el resto de las empresas legales, que sobre todo se dedicaban a la intermediación.

Si un negocio tenía una necesidad, yo se la cubría.

Pero también controlaba todo lo que había que saber sobre extorsión, blanqueo, chantajes, contrabando, falsificaciones... Lo llevaba en la sangre.

—Bueno, pues hazlo. Míralo, por ahí viene. —Señaló hacia la puerta de la facultad y fui a su encuentro.

Cuando llegué hasta donde estaba John, me cogió en volandas y me besó. Le devolví el beso. Iba a ser el último.

—Hola, preciosa —me dijo con una sonrisa encantadora.

John era rubio, musculoso, un poco más alto que yo, atlético. Era la clase de chico que hacía que te volvieras para mirarlo y yo iba a dejarlo.

—Hola, cielo. Tenemos que hablar. —No solía decir apelativos cariñosos, pero a él sí. Siempre habíamos tenido esa complicidad. Le cogí de la mano y tiré de él hasta un banco situado en la entrada—. A ver, esto no es fácil.

—¿Qué ocurre? —me preguntó inquieto y no era para menos. Rara vez me mostraba indecisa por algo.

—Verás, he estado dándole muchas vueltas a nuestra relación y creo que…

—No sigas —me cortó antes de que pudiera siquiera explicar lo que pasaba—. Ya sé lo que vas a decir. Lo he estado esperando durante meses.

¿Lo sabía? ¿Tan obvio era? ¿Y por qué nunca me había dicho nada?

—¿El qué exactamente? —le pregunté frunciendo el ceño .

—Sé que hace mucho tiempo que no eres feliz conmigo. He intentado remediarlo, he hecho de todo, pero nada parece nunca suficiente. —Se pasó una mano por el pelo. No me miraba. Estaba dolido.

—Lo siento, cielo. No quería hacerte daño.

—Tenemos planeado un futuro juntos desde niños, Blake. ¿Por qué no podemos seguir construyéndolo? ¿Por qué tiene que acabar? —Su voz sonó como un lamento.

Puse una mano en su mejilla y le obligué a que me mirara.

—Porque te mereces lo mejor, John, y no soy yo. Te mereces que ese amor que sientes sea recíproco. —Coloqué la otra mano en su pecho—. Siempre estás pensando en mí, en hacerme feliz. Ni siquiera sabemos quiénes somos sin el otro y yo necesito averiguarlo.

—Ya no estás enamorada —afirmó con el talante serio.

Teniéndolo delante en aquel momento, dudé de que alguna vez hubiera llegado a estarlo realmente, pero callé ese pensamiento.

—Sabes que te quiero, pero más como amigo que como pareja.

—Y por eso quieres alejarte de mí.

Negué con la cabeza.

—Hemos pasado por muchas cosas juntos y siempre estaré a tu lado para lo que necesites —le aseguré.

—Y yo al tuyo, Blake —me dijo levantándose—, pero me llevará un tiempo.

—Se quedó parado un segundo y habló por encima de su hombro, antes de marcharse—.

Cuando rechazas a alguien, aunque quieras arreglarlo y decir algo que le dé otro sentido, el daño ya está hecho y no puedes repararlo con palabras.

Me quedé sentada en el banco mientras veía cómo se alejaba. Al fin y al cabo, era lo que yo quería. Dejarle. No podía ir tras él y no había nada que pudiera decir para mejorar la situación. Además, estaba segura de que retomaríamos la conversación más adelante.

Después de haber estado toda la vida juntos, había resultado sorprendentemente fácil.

John fue mi primer beso, mi primera vez, mi mejor amigo.

Habíamos compartido los momentos más importantes de nuestras vidas, nos complementábamos.

Era muy difícil encontrar a alguien así y mucho más difícil dejarlo escapar.

Solté el aire contenido antes de volver junto a Fiorella y Carrick. También se habían unido Zia y Matteo. Nos dirigimos hacia la cafetería y estuvimos tomando unas cervezas. John no volvió a aparecer en toda la tarde.

—¿Por qué no lo llamáis? —pedí a los chicos. No quería que estuviera solo en esos momentos.

Lo hicieron varias veces, pero no contestó.

—Seguiremos intentándolo hasta que conteste, no te preocupes —dijo Carrick con una sonrisa risueña.

—Y si no iremos a buscarlo —comentó Matteo—. De nosotros no se libra.

—Es que solo a ti se te ocurre dejarlo un día antes de la graduación —me recriminó Zia—. Deberíamos estar de celebración.

—Y lo estamos —afirmó Fiorella sin darle importancia a la situación—. Ya se le pasará, John es un buenazo.

No estuve demasiado de acuerdo con esa afirmación, pero no quise contradecirla. En el fondo esperaba que fuera así, que se le olvidara pronto y pudiéramos volver a ser los de siempre, aunque no las tenía todas conmigo.

Cuando terminamos en la facultad, cogí el coche y puse rumbo a la mansión sin poder parar de pensar en qué estaría haciendo John o cómo lo estaría pasando. Probablemente estuviera enfadado y contra eso no había nada que yo pudiera hacer. No iba a cambiar de opinión .

Entré en casa por la puerta de la cocina para no cruzarme con nadie de mi familia, saludé al personal, subí a mi habitación, me encerré en ella y me puse a estudiar. Debía dejar la mente en blanco y concentrarme en los exámenes.