Reacia (La Sombra de la Traidora 1) 4. 4 #2
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—Mi puño bastaría.

—Sosteniendo plata, creo que eso podría ser cierto.

Cerré los ojos, inhalé profundamente mientras invocaba mis habilidades innatas, puse la mano en la puerta y...

Bajo la luz zumbante del pasillo de mi edificio, pude ver que definitivamente era el tipo de lobo que podía devorar a una hood desprevenida.

Tomados individualmente, sus rasgos faciales parecían duros.

Una barbilla fuerte, cejas ligeramente marcadas, pómulos afilados como el cristal...

Pero cuando se tomaban como un conjunto, le favorecían.

Si uno de los hermanos Hemsworth y Gastón de la Bella y la Bestia hubieran podido procrear, Tobias podría haber sido su descendencia milagrosa.

Era más alto que yo, como la mayoría de los lobos machos maduros, de modo que se encontraba mirándome desde arriba.

En sentido literal, se entiende. Pero, por la forma en que me fulminaba con la mirada, con el bolso de Amy y mi pequeña bolsa extendidos con el brazo, la metáfora no se quedaba atrás.

Levanté la bandeja de té del mismo modo.

Cada uno de nosotros imitó al otro cuando nuestras manos libres buscaron lo que el otro ofrecía.

En el momento en que tuve los bolsos en la mano, solté mi plata.

Tobias siseó cuando sus dedos se cerraron alrededor del asa de la bandeja, y la quemadura empezó a hacer efecto.

Retrocedí hacia el interior de mi loft y busqué un expositor de cucharas de colección que había en la pared. La plata no tenía por qué ser grande o estar convertida en arma para ser peligrosa. A veces, una distracción momentánea era suficiente para burlar a un lobo.

Tobias me siguió, mirándome con ojos brillantes. —¿Toda tu plata está en forma de utensilios de cocina? Primero el pequeño cuchillo de pelar que llevas en el bolso, ¿y ahora esto?

Aunque dudaba que a alguien que viviera en mi edificio le importara, cerré la puerta cuando él entró. —Es una daga, no un cuchillo. Y para tu información, la forjó mi tatarabuela.

—Y es tan pequeña que, en esencia, es solo un cuchillo elegante. No obstante, no tengo interés en atacarte, ni en hacer uso de tu bandeja de té, minicucharas o... ¿adivino que lo siguiente serán candelabros?

—Esta es mi casa, así que me toca la primera pregunta —El bolso de Amy y mi bolsa salieron volando cuando los arrojé al suelo—. ¿Le dijiste a alguien lo mío después de lo de anoche?

—Eh, no. ¿Tú le dijiste a alguien lo mío?

—¿A quién se lo diría?

Su risa sarcástica y seca me revolvió el estómago. —Me denunciarías a la matrona más cercana.

—Me importa un bledo lo que sepa la orbest de Chicago —Su leve reprimenda me recordó mis años de entrenamiento. Años que ahora parecían desperdiciados, ya que no tenía intención de continuar con el legado de mi familia—. Por curiosidad, ¿sabe ella que estás aquí?

—Como si no hubieras consultado una de tus bases de datos del Gran Hermano. La gente que realmente necesita saber que estoy aquí lo sabe, así que no te preocupes por eso.

Entorné los ojos al mirarlo. —Si estás de paso, eso no habría figurado en los registros la última vez que miré. Pero por qué estás de paso... esa es una pregunta diferente. Así que dime, ¿cómo es que pasabas por allí anoche justo cuando casi me atacó un vampi?

—Uno —enumeró su réplica con los dedos de la mano libre.

Con la otra seguía agarrando la bandeja de té—.

No estuvo a punto de atacarte; estuvo a punto de matarte.

Algo por lo que, por cierto, todavía no me has dado las gracias por evitarlo.

Y dos, creo que me toca a mí hacer una pregunta. ¿Habías visto a ese vampi antes?

—A menos que cuentes dentro del bar unos diez minutos antes, cuando intentó ligar con mi amiga.

—Cierto, tu amiga, Amy. ¿No es raro que me sepa el nombre de tu amiga y no el tuyo? Si vas a quemar con plata a un cachorro, lo mínimo que puedes hacer es darle tu nombre. Al menos así sabe qué nombre incluir en las maldiciones llenas de profanidades cuando se esté curando las ampollas más tarde.

—Está bien. Mi nombre es Geri.

Levantó una ceja. —¿Tu madre era fan de las ex de Mick Jagger?

—Lo dudo —Si quería un nombre, le daría el nombre—. Es el diminutivo de Gerwalta. Pero todo el mundo me llama Geri.

—Tu madre no.

Estuve a punto de mandarle la cuchara directamente a la sien. Si hubiera sido mi daga, y si Amy no estuviera a punto de llegar en cualquier momento a por su bolso, y que probablemente se fijaría en un hombretón mortalmente herido sangrando profusamente en el suelo de nuestra sala, lo habría hecho.

En su lugar, hice lo más parecido. Lo miré con furia. —¿Cómo sabes eso?

—Cuando una hood pone a su hija el nombre de la mismísima Die Verräterin, apostaría a que tiene mucha reputación y expectativas depositadas en ese nombre desde el principio —Inclinó la cabeza hacia un lado, adoptando una actitud perruna—.

Di en el clavo cuando te llamé Caperucita, ¿verdad?

Pero pensaba que Chicago estaba bajo el control de una Casa de Amarillo.

—La Matrona de esta región es de la Casa de Amarillo, y no es precisamente la mayor fan de Las Rojas. Ella... no es asunto tuyo —Que se estruje el cerebro con eso—. ¿Me juras que simplemente pasabas por allí? ¿Nadie te envió?

—¿Juras que solo estás aquí por lo de la universidad y nada más? ¿No te han enviado aquí para seguir pistas? —replicó él.

—También tomo clases de cerámica los sábados, por si debes saberlo —Esta vez me tocó a mí estar confundida—. Espera, ¿pistas? No hay informes de problemas sobrenaturales en la ciudad desde los tiempos de Al Capone. Y ya que estamos en el tema, ¿cómo sabías que era estudiante universitaria?