Capítulo 2
Kate
Zane salió de la zona del aeropuerto y las calles de Seattle empezaron a aparecer delante de nosotros.
En los tres meses que había estado fuera nada parecía haber cambiado. Los mismos edificios, los mismos establecimientos y diría que hasta las mismas personas seguían en el mismo sitio.
—Y cuéntame, ¿qué has visto en París? ¿Es tan bonita como dicen?
Sonreí de medio lado a la vez que giraba la cabeza, apartando la vista de la ventanilla para mirarlo.
—Muy bonita, pero no por la Torre Eiffel ni por el Arco del Triunfo ni por las cosas típicas de las que todo el mundo habla.
—Pues vaya, qué decepción.
—Decepción ninguna. Lo más bonito de París hay que buscarlo. No son las cosas que están a simple vista, sino las que esconden la magia y el misterio que la hacen especial.
—Y tú las habrás visto todas, supongo.
—Ojalá, pero no. Aunque sí he visto muchas. He visto calles estrechas por las que apenas pasa nadie. Amaneceres cuando todo el mundo duerme y solo hay en la calle ese olor a pan recién hecho. Músicos en plena calle que no tocan para la gente, sino para ellos mismos.
—Eso no sale en las guías de viaje.
—Y por eso lo hace especial. Porque solo la gente que realmente quiere disfrutar de verdad de París busca esas cosas.
—Como tú. Que las buscas, las encuentras y sacas las mejores fotografías.
—No sé si las mejores, pero desde luego que sí las más auténticas.
Y era cierto.
Yo nunca iba a los sitios a fotografiar solo las típicas cosas que tenían las ciudades. Que sí, que también lo hacía porque me las pedían, pero siempre buscaba algo más.
Buscaba sitios que tuvieran algo especial, algo único, algo que te hiciera sentir.
—Estuve en una plaza muy pequeña que estaba tan escondida que no creo que ni la mayoría de los que viven allí la hayan visto nunca. Me senté una hora en un banco disfrutando solo del silencio y de la paz que se respiraba.
—¿Una hora? ¿Solo sentada? ¿Sin hacer fotos? Eso sí que no me lo creo.
—Pues créetelo. Preferí traerme esa imagen en mi cabeza que sacar una foto. Hay veces que las mejores imágenes son las que nos guardamos dentro, solo para nosotros.
Zane asintió dándome la razón.
Solo alguien que amara la fotografía como lo hacía yo podía entenderme de verdad, y él lo hacía porque también era fotógrafo, aunque hacía años que usaba poco la cámara. En esos momentos solo la cogía por placer y no por trabajo.
Cuando yo lo conocí acababa de montar una empresa en la que contrató a varios fotógrafos, entre ellos a mí, para que hicieran reportajes por el mundo.
Después, él clasificaba las fotos, montaba guías de viaje y exposiciones y también trabajaba con varias multinacionales a las que les proporcionaba fotografías para sus campañas de publicidad.
Pero el gusanillo de hacer fotos no se le había ido ni lo haría nunca. Muchas veces se perdía con su cámara durante horas y sacaba fotografías que eran una maravilla.
Yo, durante dos años, fui una de los fotógrafos que tenía en nómina, pero mis ansias de viajar y de ver más y más nos hicieron tomar una decisión, porque sí, la tomamos juntos: yo iría por libre, pero con la condición de que algunas de las fotografías que hiciera fueran para él.
Siempre le daba más de las que esperaba y, por supuesto, las mejores.
—¿Y te has hecho un dibujito esta vez?
—¿Dibujito? —pregunté divertida.
—Sí, esos pintarrajos que te haces en el cuerpo.
—Se llaman tatuajes, Zane —contesté riéndome.
—Pues eso, dibujitos.
—Pues sí, sí que me he hecho un tatuaje —dije levantando las manos y haciendo el gesto de entrecomillado con los dedos al decir «tatuaje».
—¿Qué ha sido esta vez? ¿Un cruasán, un arco, un sombrero parisino?
Esperé unos segundos a que parara en el siguiente semáforo y me levanté la manga de la cazadora y la de la camiseta para enseñarle el antebrazo derecho.
—¿La Torre Eiffel? Típico y predecible.
—¿Soy predecible?
—Para algunas cosas, sí.
—¿Para cuáles?
—Sé cuándo te empieza a picar el culo y necesitas largarte. Ahí eres predecible para mí. Y, con los dibujitos, siempre te los haces de los sitios que más te llenan.
Tenía toda la razón. Solo me tatuaba algo típico de la ciudad a la que iba si había algo que me llenaba de verdad. Era para mí como un recordatorio de que a esa ciudad no me importaría volver.
No es que a las demás no pudiera hacerlo, porque en todas siempre había algo que me gustaba o me llamaba la atención, pero supongo que, como en todo en la vida, unas cosas te marcan más que otras.
—¿Cuántos tienes ya?
—Veintiuno.
—Madre de Dios, a este paso, en unos años no te va a quedar piel de la tuya.
Me eché a reír.
—¿Piel de la mía? Esta sigue siendo mi piel, aunque esté pintada. Lo has dicho de una manera que parece que fuera un lagarto que muda y le sale una nueva.
—No, verde no serás. Tú serás del color del arcoíris, porque encima no te los haces negros, sino de colores.
—Son más bonitos y quedan mejor.
—Si tú lo dices, yo me lo creo. Porque no pienso comprobarlo.
—Eres un cagueta, no duele.
—Eso lo dices tú porque ya eres inmune. Desde el primero te ha dado tiempo a no notar ni cuándo te tocan con la aguja —dijo haciendo como que le daba un escalofrío mientras se removía en el asiento.
El primero…
Por instinto me llevé la mano al lado izquierdo del pecho, donde estaba ese primer tatuaje que me había hecho tantos años atrás.
Quince, para ser exactos. Seguía siendo para mí el más bonito, el más significativo y el único capaz de removerme algo por dentro con solo pensar en él.
Bajé la mano a toda prisa porque no quería pensar en el pasado.
Seguía doliendo.
—¿Y a ti cómo te ha ido por aquí? —dije cambiando de tema.
En los tres meses que había estado fuera habíamos hablado alguna vez, pero Zane sabía que cuando me marchaba solía desconectar de todo y él lo respetaba.
—Bien. Igual que siempre. He trabajado. Comido. Dormido. Follado. Y poco más.
—Fascinante vida la tuya.
—No todos somos trotamundos como tú. Algunos necesitamos rutina para funcionar.
Y tenía toda la razón. No cualquiera aguantaría vivir como yo lo hacía.
Porque a la mayoría de la gente, o más bien a casi todos, les gustaba tener un sitio fijo donde echar raíces, una familia, estabilidad y todas esas cosas que te hacen pertenecer a algún lugar.
Yo pertenecía a todos y a ninguno.
Llegamos a la calle en la que Zane tenía su casa y entró directamente en el garaje del edificio. Y menos mal que lo tenía, porque en pleno centro de Seattle, que era donde vivía, era imposible encontrar aparcamiento.
No siempre había vivido ahí.
El apartamento de la planta veinte del edificio se lo había comprado cinco años atrás, cuando se hartó de pagar un alquiler y sentir que tiraba el dinero.
Por eso decidió invertir y fue una buena decisión, porque el precio por el que lo compró estaba muy bien y, con los ahorros que tenía y lo que había ganado durante esos cinco años, hacía unos meses que había terminado de pagarlo.
Cogimos mi equipaje y fuimos directamente al ascensor.
Nada más entrar en la casa, dejé las cosas en el suelo y fui directamente a la terraza.
Cuando me quedaba en casa de Zane me daba igual si hacía frío o calor. Mi cuerpo, por mis viajes, estaba acostumbrado a aclimatarse a cualquier temperatura y me pasaba allí casi más horas que dentro.
—Me voy a pensar en serio lo de ponerte una cama en la terraza para cuando vengas.
—Y yo sería feliz. Estas vistas son…
—Increíbles, lo sé. Sobre todo por la noche.
Una ráfaga de aire me golpeó en la cara mientras me apoyaba en la barandilla para empaparme bien de ese paisaje que había visto cientos de veces y del que nunca me cansaba.
Seattle era impresionante, pero verla desde allí arriba lo era todavía más. Los rascacielos se elevaban imponentes y, entre todos ellos, destacaba, como si fuera un rey en su trono, la Space Needle.
Dejé que la mirada fuera un poco más allá, hacia las aguas de la bahía, por donde en ese momento avanzaba un ferry. Se veían tranquilas y brillaban tenuemente bajo un sol que apenas conseguía abrirse paso.
Y, al fondo de todo, estaba mi imagen favorita. Esa que había fotografiado decenas, quizá cientos de veces, desde todos los ángulos posibles y algunos que muchos habrían considerado imposibles.
El monte Rainier, tan elegante y bonito que parecía irreal.
A esas horas de la mañana, casi al mediodía, el paisaje ya era precioso. Pero cuando el sol caía, daba paso a la noche y la ciudad se iluminaba; se convertía en algo realmente impresionante.
—Kate.
—Dime —contesté sin volverme.
—¿Quieres darte una ducha o prefieres que pidamos antes algo de comer?
—¿Te quedas a comer aquí?
—Sí, hoy no voy a la oficina. Dejé todo listo para pasarlo contigo.
Sonreí antes de volverme.
Ese era mi Zane. Siempre tan cariñoso, siempre tan pendiente de mí, siempre ahí cuando lo necesitaba.
Me acerqué a él, lo agarré por la cintura y le di un sonoro beso en la mejilla que consiguió que su sonrisa se ensanchara todavía más.
—Pide ya lo que quieras. Me doy una ducha rápida. El equipaje lo desharé después.
—Para lo que te va a durar fuera de la maleta, ni sé para qué te molestas en sacar las cosas —dijo frunciendo el ceño.
—No empieces —dije dándole un azote en el culo—. Vamos, anda, que cuando veas las fotos que traigo no protestarás.
Tiré de su mano para entrar.
Entramos en el salón y yo misma cerré la puerta de la cristalera. Hacía frío. No mucho, pero sí lo suficiente para que, si dejábamos la puerta abierta, la calefacción que Zane tenía puesta se fuera rápidamente.
Me fui directamente con mis cosas hacia la habitación que Zane se había empeñado en llamar «la mía». Dejé todo al lado de la cama y entré en el baño.
Mientras me daba esa ducha rápida, Zane pediría seguramente sushi , algo que nos chiflaba a los dos, y después comeríamos tranquilos en la isla de la cocina mientras seguíamos charlando.