¿Quieres seguir volando conmigo?
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Capítulo 1
Kate
«Señoras y señores, les habla el comandante.
En breves momentos comenzaremos el descenso al Aeropuerto Internacional de Seattle.
La temperatura exterior es de once grados y el cielo se encuentra parcialmente cubierto.
Aterrizaremos a la hora prevista. Les rogamos que regresen a sus asientos, se abrochen los cinturones, recojan sus mesas plegables y coloquen los respaldos de sus asientos en posición vertical.
Toda la tripulación espera que hayan tenido un vuelo agradable y les agradece que hayan volado con nosotros».
Apagué el portátil, lo metí en la mochila que tenía a mis pies, cerré la mesita plegable y me apreté un poco más el cinturón de seguridad, no por necesidad, sino más bien por costumbre.
Después giré la cabeza hacia la ventanilla y me quedé mirando el cielo. Como había dicho el comandante, efectivamente estaba cubierto de nubes, exactamente igual que cuando lo había visto tres meses atrás.
A mi alrededor, los murmullos de la gente subieron un poco de tono a medida que el avión se acercaba a tierra.
Algunos se preguntaban si el sitio que iban a visitar sería como se lo habían imaginado o como les habían dicho. Otros, la gran mayoría, hablaban de las ganas que tenían de llegar a casa por fin.
Para mí, en cambio, no era ninguno de los dos casos.
No venía de visita ni volvía a casa. Más que nada porque no tenía ni casa ni un sitio concreto al que regresar. Para mí, llegar a Seattle solo significaba deshacer una maleta, descansar unos días, investigar cuál sería el siguiente destino al que iría y volver a hacerla para largarme de nuevo.
Esa era mi vida: viajar de un lugar a otro teniendo siempre Seattle como punto de partida y quedarme en el lugar elegido por un tiempo indefinido. Siempre sabía el día que me iba, pero nunca el que regresaba.
Eso siempre dependía de lo que tardara en hacer todas las fotografías que quisiera. Podían ser semanas, nunca menos de eso, o meses.
Hacía exactamente doce años que esa era mi forma de vida. Desde aquel primer viaje que hice con tan solo diecinueve años no había parado de hacerlo.
Mi vida cabía en una maleta, una mochila con mis cosas personales y otra con mi equipo fotográfico. No tenía una dirección fija, un lugar que echara de menos ni una rutina; mi vida era pura improvisación.
Viajaba de un país a otro para buscar las mejores fotografías, esas de sitios que la gente ni se imaginaba que existían o que nunca pisaría por iniciativa propia.
Luego las vendía para reportajes en revistas, a agencias de viajes para sus catálogos, a galerías para hacer exposiciones y a empresas para sus campañas publicitarias.
Era una buena vida, quizá no para otros, pero sí para mí, ya que era la que había elegido y con la que me sentía a gusto.
No siempre había sido así ni era tampoco lo que soñé hacer de joven, pero, por las circunstancias o por destino, era como había terminado viviendo y funcionaba, al menos de momento. Si se diera el caso, que no lo creía, de que tuviera que cambiar esa forma de vivir, ya se vería qué pasaba.
Retiré la mirada de la ventanilla al notar cómo las ruedas del avión tocaban tierra y me preparé para bajar.
Habían sido casi once horas de vuelo, muchas para algunos, pero para mí, que había hecho vuelos de muchísimas más horas, no se me habían hecho ni largas ni pesadas. En los aviones nunca me aburría.
Veía películas, leía libros, pasaba horas repasando, eligiendo y borrando las fotografías que había hecho y dormía, así que, mientras el avión surcaba los cielos, yo siempre iba entretenida.
Me colgué la mochila bandolera de un hombro y la otra, la del equipo fotográfico, a la espalda. Esa nunca dejaba que fuera en la bodega del avión, siempre la llevaba conmigo.
Podía darse el caso, y no sería nada raro, de que me la perdieran, me rompieran el material de un golpe o desapareciera misteriosamente. Y, si eso pasaba, tendrían graves problemas, porque mi equipo era para mí como mi hijo, así que siempre lo llevaba a mi vera.
Llegué a la cinta de equipajes y esperé a que saliera mi maleta mientras encendía el móvil. No tenía llamadas ni mensajes, solo algún correo de clientes que me pedían fotos, me agradecían el trabajo bien hecho o me preguntaban por algo. No los leí; ya lo haría más tarde.
Salí arrastrando la maleta fuera de la terminal y, entre toda la gente que estaba allí esperando a familiares o amigos, quien esperaba por mí destacaba entre todos ellos.
Apoyado en una columna central estaba Zane, con los brazos y las piernas cruzados, sus inseparables gafas de sol puestas y esa sonrisa canalla de medio lado que nunca desaparecía de su boca.
Zane era la única persona constante en mi vida: mi amigo, mi jefe en otros tiempos, aunque seguía colaborando con él, y el único que entendía, aunque fuera un poco, mi forma de vida.
Respetaba mis silencios, mis ausencias y esa soledad que había elegido tener, me obligaba a frenar y era el único que conocía mi vida pasada.
Nos conocíamos desde hacía trece años, desde que yo tenía dieciocho y él veintinueve. Fue quien me dio una oportunidad, una salida y a quien tenía que agradecerle poder tener una vida y no haber acabado debajo de un puente.
No se movió hasta que llegué y me puse justo delante.
Se levantó las gafas y me repasó de arriba abajo, seguramente queriéndose asegurar de que volvía de una pieza.
—Trotamundos, ya era hora de que volvieras.
—Yo también me alegro de verte.
Dejé la mochila en el suelo. Zane abrió sus brazos y, sin pensármelo, me lancé a ellos. Su olor, ese que me hacía sentir segura, me envolvió. Respiré con profundidad para que me llegara bien hondo, para que mi memoria se activara.
Nos separamos y Zane me besó la cabeza mientras yo le apretaba el brazo con cariño.
—Estás más delgada y esos pelos…
—No empieces. Estoy igual. Y mis pelos están perfectos.
—¿Azules te parece perfecto?
—Azules son originales, bonitos y muy yo.
—En eso tienes razón, sí que son muy tú.
Me agaché para coger la mochila y Zane agarró mi maleta. Salimos hacia su coche, que tenía aparcado en el estacionamiento del aeropuerto.
Al principio de mis viajes, cuando volvía a Seattle, solía quedarme en algún motel u hotel barato de la ciudad, pero, con el paso del tiempo y tras decenas de discusiones, Zane consiguió, como él decía, que entrara en razón y me quedara en su casa los días o semanas que estaba allí antes de volver a marcharme.
—¿Qué tal en la ciudad del amor? Porque tres meses en París dan para mucho. Habrás ligado, ¿no? —preguntó levantando las cejas.
Me eché a reír y negué con la cabeza al mismo tiempo.
—Ha estado bien. Es bonito. Y yo no ligo, ya lo sabes, solo tengo encuentros.
—Eso quiere decir que has echado algún polvo con algún tío al que ni le has dicho tu nombre.
—Exacto. Disfrute ocasional. Cero complicaciones. Cero riesgo.
—El día que se te cruce alguien que te cale, veremos a ver si puedes hacerte la dura y evitar las complicaciones.
—Si ese día llega, que no lo hará, pero si lo hace, me verás menos el pelo de lo que me lo ves ahora, porque me largaré al lugar más escondido de la Tierra, cavaré un hoyo y me quedaré allí a vivir.
Zane soltó tal carcajada que estuvo a punto de caérsele la maleta de las manos mientras la metía en el maletero del coche.
—Kate: trotamundos, alérgica al amor y dramática sin remedio.
—Dramática lo justo. Y alérgica no, solo intolerante. El amor no es para mí.
—El amor es para todo el mundo. Solo hace falta encontrar a la persona adecuada a la que todos estamos destinados.
—Pues la mía que se quede en su casa viendo Netflix , haciendo ganchillo o lo que sea que la entretenga, pero a mí que me deje tranquila.
Nos miramos los dos y nos echamos a reír.
Esa misma conversación la habíamos tenido a lo largo de los años.
Zane era un romántico empedernido que creía en todas esas cosas del destino, el hilo rojo, la persona que todos teníamos asignada desde nuestro nacimiento y mil chorradas más que le hacían soñar despierto y mirar en cada esquina a ver si su persona aparecía.
Yo, en cambio, era todo lo contrario. No creía en el amor o, al menos, había dejado de hacerlo hacía mucho tiempo, cuando mi vida cambió. Prefería tener sexo de vez en cuando con algún desconocido que encontraba en mis viajes para calmar mis ganas y esa necesidad que todos teníamos.
—Algún día te tragarás tus palabras.
—Más bien moriré de un atragantamiento si las mariposas vuelan en mi estómago, porque me lo agarraré tan fuerte para hacerlas salir que se me subirán de golpe a la garganta.
—Dramática.
—Romanticón.
—Casquivana.
—¿Casquivana yo por tener sexo con varios hombres? No te jode el tío. Ni que él fuera un monje.
—Yo tengo sexo buscando a mi hombre ideal; tú solo lo haces por vicio.
Solté una carcajada y se me saltaron hasta las lágrimas.
—Tienes un morro que te lo pisas. Lo mío es vicio y lo tuyo, búsqueda de amor, ¿no? Por eso tu lista de tíos que han pasado por tu cama es el triple que la mía.
—Anda, pues porque la cosa está difícil. Si no aparece el ideal, eso no es culpa mía. Además, te recuerdo que te saco once años. Yo ya tenía sexo cuando tú todavía llevabas coletas.
—Yo nunca he llevado coletas.
—Bueno, pues cuando llevabas bragas decentes.
—Mis bragas siguen siendo decentes.
—Tus bragas son dos hilos mal atados, que las he visto en mi tendedero.
—Eso son tangas.
—Eso es un gasto de dinero innecesario. No tapan el culo y lo de delante, más bien poco.
—Son sexis.
—Son incómodas.
—¿Qué sabrás tú?
—Lo sé porque te recuerdo que cierta mala amiga me regaló uno en Navidad y tuve el culo escocido tres días por el roce.
—Serás mentiroso y liante. El culo lo tuviste así por los meneos que te dio el camarero del pub en el que estuvimos, no por el tanga que yo te regalé. Que, por cierto, era una pasada de bonito.
Riéndonos como los dos locos que éramos, nos montamos en el coche y Zane tuvo que esperar unos segundos antes de ponerlo en marcha y tomar rumbo a su casa.