Capítulo 17
Kate
Una hora después de haber entrado en el despacho de Winter, seguía sentada allí mientras ella y Owen me observaban en silencio, bastante más serios que al principio, después de haberles contado un resumen de mi vida que había terminado siendo mucho más extenso de lo que pensaba.
Les hablé de mis viajes, de que no tenía un lugar fijo de residencia y también de Zane, de todo lo que había hecho por mí durante aquellos años y de cómo había terminado convirtiéndose en la única persona constante en mi vida.
Y, porque ellos preguntaron y no porque yo tuviera demasiadas ganas de recordarlo, acabé hablándoles también de los dos peores años de mi vida: los que pasé con mi abuela después de marcharme de Juneau.
Nada más llegar a su casa me quitó el móvil, y esa fue la razón por la que no pude comunicarme con ninguno de ellos.
Durante aquellos dos años viví prácticamente recluida.
Solo salía para ir a clase y mi abuela me acompañaba tanto a la entrada como a la salida porque no quería que me relacionara con nadie.
Según ella, cualquier chico podía aprovecharse de mí, dejarme embarazada y cargarla con otro problema más, porque conmigo ya tenía suficiente suplicio.
Al principio no entendía su manera de tratarme ni aquel desprecio constante, pero con el paso de los meses y después de escucharla hablar muchas veces de mi madre, acabé comprendiendo de dónde procedía todo aquel resentimiento.
Mi padre había viajado a Juneau cuando era joven, conoció allí a mi madre, se enamoró de ella y decidió quedarse a vivir a su lado. Mi abuela nunca se lo perdonó y terminó culpando a mi madre de haberle quitado a su hijo y, por extensión, también a mí.
Así que aquellos dos años fueron una especie de venganza contra mi persona. Una forma de castigarme por algo de lo que yo ni siquiera había formado parte.
Fueron dos años infernales y, por eso, el mismo día que cumplí dieciocho me marché sin mirar atrás. Años después, una antigua vecina me contó que mi abuela había muerto dos años después de mi partida y, aunque pudiera sonar cruel, no sentí absolutamente nada.
—Joder con tu abuela. Te jodió bien —murmuró Owen—. Y nosotros aquí esperando noticias. Sobre todo Nash, que estuvo fatal. Ni siquiera pudiste despedirte de él.
Fruncí el ceño.
—Eso no fue así. Yo sí esperé noticias. Le dejé en su habitación la dirección de mi abuela para que pudiera escribirme, pero nunca lo hizo. Y también fui a buscarlo a tu antigua casa para decirle que me marchaba.
Owen me miró confundido.
—Él dijo que no te vio ese día. ¿Cómo es posible?
—Porque no llegamos a vernos. Sadie estaba allí y me dijo que Nash estaba a punto de volver. Yo no podía esperar más porque tenía que ir al aeropuerto, así que le pedí que le dijera que fuera hasta allí.
»Supuse que estaba demasiado enfadado conmigo por marcharme y que por eso decidió no venir ni siquiera a despedirse.
Winter y Owen cruzaron una mirada.
No dijeron nada, pero mantuvieron una de esas conversaciones silenciosas que resultaban demasiado evidentes cuando conocías bien a dos personas.
Y algo en aquella mirada no me gustó nada.
—Qué zorra —soltó Winter de repente, claramente enfadada—. Le salió todo redondo.
La miré sin entender.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
Lo que me explicaron a continuación me revolvió el estómago porque Sadie nunca le había dado mi mensaje a Nash y, por eso, él no había ido al aeropuerto.
No porque estuviera enfadado conmigo, ni porque hubiera decidido que no quería despedirse o le diera igual que me marchara, sino porque sencillamente nunca supo que yo estaba allí esperándolo.
Y aquello ya resultaba suficientemente doloroso, pero todavía quedaba algo más. Después de años insistiendo y acercándose a él, Sadie había conseguido acabar con Nash y llevaban juntos nada menos que seis años.
Winter no entró demasiado en los motivos, aunque sí me contó que Nash había terminado la relación hacía pocos días y que, en esos momentos, ya no estaban juntos. También me dejó bastante claro que Sadie no parecía dispuesta a aceptar la ruptura con facilidad.
—Así que, entre tu queridísima abuela y la obsesión enfermiza de Sadie, consiguieron cargarse lo vuestro —reflexionó Owen.
Me quedé en silencio porque, después de comparar entre los tres todo lo que cada uno había sabido durante aquellos años, por primera vez entendí realmente por qué había perdido al chico del que estaba enamorada.
No había sido porque el amor se hubiera terminado ni porque alguno de los dos hubiera decidido dejar al otro. Habían sido dos personas ajenas a nosotros las que habían conseguido separarnos.
Winter me observó con una expresión distinta, casi esperanzada.
—Quizá que estés aquí sea una señal. Puede que ahora sí sea vuestro momento.
Negué enseguida.
—Winter, han pasado quince años. Ya no somos aquellos niños y no queda nada de aquello. Además, cuando termine mi trabajo volveré a marcharme. Nash tiene su vida aquí, su sitio, su empresa, su sueño y yo…
No terminé la frase.
Saber que aquella empresa de hidroaviones pertenecía a Nash sí me había sorprendido cuando me lo contaron al principio de la conversación, pero al mismo tiempo tenía todo el sentido del mundo.
Había conseguido su sueño y volaba prácticamente todos los días.
—Y tú no has encontrado tu sitio —añadió Winter—. Quizá porque no tienes que seguir buscándolo. Puede que siempre haya estado en el mismo lugar y solo necesitabas volver para recordarlo.
Negué con la cabeza mientras sonreía.
Winter siempre había tenido una manera muy particular de creer en el destino y de sacar conclusiones casi filosóficas de cualquier situación. En eso me recordaba bastante a Zane, aunque cada uno lo hiciera a su manera.
—Winter…
—No vamos a forzar nada ni a intervenir —me aseguró—. Lo mejor es dejar que las cosas sigan su curso. Lo que tenga que pasar, pasará.
—Pues, de momento, el destino me ha traído hasta aquí para currar, así que prefiero centrarme en eso.
Al decirlo, Owen y Winter intercambiaron otra mirada y sonrieron de una manera que no me gustó ni un pelo, aunque decidí dejarlo pasar.
—Vale —dijo Winter—. Entonces vamos a centrarnos en tus vuelos y en todo lo que quieres ver.
Saqué de la bandolera el papel donde había apuntado los lugares a los que quería llegar y para los que sabía que el hidroavión era la mejor opción o, en algunos casos, prácticamente la única.
En la lista estaban el glaciar Taku, el bosque de Tongass, algunos pueblos aislados a los que no se podía acceder fácilmente de otra manera y varios lugares donde pudiera fotografiar osos pardos, ballenas y águilas calvas.
También había apuntado las auroras boreales, que eran imprescindibles, y unas cuantas cosas más.
Bueno, bastantes más.
Owen cogió la lista y soltó un silbido.
—Joder, vaya pedazo de lista. Esto no se hace en dos días. Vas a necesitar unos cuantos vuelos para conseguirlo todo.
—Lo sé. No tengo problemas de tiempo ni una fecha concreta para entregar el trabajo, así que puedo adaptarme al itinerario que me propongáis.
—Supongo que preferirás viajar sola y no compartir hidroavión con más pasajeros —dijo Winter.
—Si es posible, sí. Cuando trabajo puedo llegar a ser muy pesada y, si tengo un horario cerrado o más gente esperando, probablemente termine teniendo que repetir vuelos porque siempre me quedo con ganas de hacer alguna foto más.
—Entonces es lo mejor —intervino Owen—. Si vas sola, incluso puedes quedarte todo el día en algún pueblo. El piloto te deja allí y vuelve a recogerte cuando tú quieras.
—Eso sería perfecto. Así yo puedo ir a mi aire y el piloto no tiene que quedarse esperando.
Owen miró el reloj.
—Chicas, os dejo organizando el cuadrante. Tengo una cita con unos viajeros dentro de cinco minutos. Mary, quiero que hablemos con más calma otro día, si puede ser fuera de aquí. Aria también querrá verte.
Lo miré.
—Vale, pero, por favor, llámame Kate. Me hace sentir un poco menos expuesta.
Resopló, aunque sonrió enseguida.
—Está bien, Kate —dijo remarcando el nombre a propósito—. Y me alegro muchísimo de que estés aquí. Todos te hemos echado de menos.
Se acercó y me dio otro abrazo acompañado de un beso sonoro en la mejilla.
—Yo también os he echado de menos. Ni te imaginas cuánto. Hablamos, ¿vale?
Owen salió del despacho y Winter y yo nos quedamos solas.
Ella sacó un bloc para empezar a organizar los vuelos, pero no había escrito ni dos líneas cuando llamaron dos veces a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió y Nash asomó la cabeza.
—Perdona, Winter. Pensaba que no estabas reunida…
La frase murió a mitad de camino en cuanto se dio cuenta de que la persona sentada frente al escritorio era yo.
—¿Kate?
—Hola.
Entró un poco más en el despacho.
—¿Qué haces aquí? ¿Te ha llamado Brenna?
—No. Estoy aquí por los vuelos.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Quieres volar?
—Quiero y tengo que hacerlo. Es la única manera de llegar a algunos de los lugares que necesito para conseguir las fotografías que busco.
Winter carraspeó.
Nash y yo nos volvimos hacia ella y la muy capulla nos observaba con una sonrisa de medio lado que consiguió ponerme inmediatamente en alerta.
—¿La conoces?
—Eh… Sí. Ella es la chica que ayudó a Brenna. Ya te hablé de ella. Kate, esta es mi otra hermana, Winter.
Asentí intentando comportarme como si acabara de conocerla.
—¿Sí? Vaya casualidad —respondió Winter, haciéndose la tonta bastante mejor de lo que esperaba—. Pues muchas gracias, Kate, por ayudar a Brenna.
—No fue nada. Es una buena chica, aunque vaya nochecita me dio la borrachina.
Winter soltó una risa.
—Como la coja yo, le dura la resaca tres días.
—Seguro que ya aprendió la lección.
—Eso espero, porque, si no, mi padre acabará encerrándola en una mazmorra y tirando la llave al mar.
Los tres terminamos riéndonos. No porque lo ocurrido tuviera demasiada gracia, sino por el dramatismo con el que Winter había dicho lo de la mazmorra.
Después se volvió hacia Nash.
—¿Y tú qué querías? Porque ahora estoy ocupada. Kate tiene una lista infinita y tengo que organizarle un montón de vuelos.
Nash se acercó al escritorio y, al ver el papel que yo le había entregado a Winter, lo cogió antes de recorrerlo rápidamente con la mirada.
—Son muchos sitios.
—Lo sé.
Permaneció unos segundos pensando y, de repente, sonrió.
Winter y yo nos miramos sin entender demasiado de dónde había salido aquella sonrisa.
—Yo me ocupo.
—¿Qué? —preguntamos las dos al mismo tiempo.
—Que me ocupo yo. Organizaré los vuelos y, además, los haré personalmente.
Lo miré fingiendo sorpresa.
—¿Tú eres piloto aquí?
Sabía perfectamente la respuesta, pero él no tenía ni idea de que yo acababa de enterarme de que la empresa era suya.
—Esta empresa es mía. Y sí, soy piloto.
Winter frunció el ceño.
—¿Y qué pasa con todo lo tuyo?
—Precisamente eso venía a decirte. La chica que sustituirá a Aria en recepción ya está con ella y es bastante espabilada. Está aprendiendo todo muy rápido, así que a partir de mañana mi despacho es tuyo y el tuyo será de Aria. Yo voy a dedicarme únicamente a volar.
—¿Y también vas a encargarte de los vuelos de Kate?
—Eso es.
Intervine antes de que aquello siguiera creciendo sin que nadie me preguntara.
—Oye, no quiero que te sientas obligado a llevarme tú. Lo de Brenna lo hice porque quise. No me debes nada y tampoco necesito ningún trato de favor.
Winter soltó una carcajada.
—¿Nash obligado a volar? Si fuera por él estaría veinticuatro horas al día en el aire. Estoy convencida de que en otra vida fue pájaro.
Miré a Nash y él sonrió como si no pudiera negarlo.
—Bueno, pues siendo así, gracias. Cuando tengas el cuadrante preparado, dime cuándo empezamos.
—Ahora.
Lo miré.
—¿Qué?
—Que hacemos el primer vuelo ahora mismo. Si quieres, claro, y no tienes otros planes.
Giré la cabeza hacia Winter.
Ella seguía sonriendo y su expresión decía claramente que dejara de darle tantas vueltas a todo y aceptara lo que acababa de presentarse delante de mí.
Volví a mirar a Nash. Él también sonreía mientras esperaba mi respuesta.
—No tengo otros planes.
—Perfecto. Pues vámonos —dijo señalándome con la mano que me levantara.
Tomé aire y cerré los ojos durante un instante antes de ponerme en pie porque sabía perfectamente que lo que estaba a punto de ocurrir no iba a resultarme fácil y necesitaba mantener la cabeza lo más tranquila posible.
Volar con Nash, y hacerlo mientras él pilotaba, había sido durante años uno de aquellos sueños y promesas que nunca llegamos a cumplir.
Al parecer, el destino había decidido que había llegado el momento de saldar una de nuestras cuentas pendientes.