Capítulo 16
Kate
Habían pasado dos días desde mi reencuentro con Nash y aquella noche movidita con su hermana. Dos días durante los que, por mucho que lo intentara, no había conseguido quitarme de la cabeza la expresión de su cara cuando me vio y no me reconoció.
Aquel recuerdo me torturaba a todas horas, pero esa mañana, todavía tumbada en la cama y nada más abrir los ojos, me prometí que iba a centrarme en el trabajo. Necesitaba mantener la mente ocupada y dejar de pensar en todo aquello que no podía cambiar.
Con esa decisión tomada me levanté y fui directamente a la ducha.
Mientras el agua me caía sobre la cabeza, recordé inevitablemente lo ocurrido después de que los hermanos Sanders salieran de mi casa. Hermanos por parte de padre, en realidad, porque Brenna solo compartía padre con Nash y Winter.
Cuando me marché de Juneau, Lauren, la nueva mujer de Grant, estaba embarazada. Yo no llegué a estar allí cuando nació aquella niña y eso me había dolido mucho en su momento porque, de todos nosotros, probablemente había sido una de las más emocionadas con la noticia.
Y mira tú por dónde, el destino había decidido que la conociera prácticamente nada más regresar.
Después de que Brenna y Nash se marcharan aquella mañana, me quedé tan afectada por todo lo ocurrido que terminé llamando a Zane para contárselo.
Incluso dos días después, recordar aquella conversación conseguía cabrearme y hacerme gracia a partes iguales, aunque a él le había hecho bastante más gracia porque el muy cabrón se había reído de mí todo lo que había querido.
—Vaya, pequeña. Tú llamándome al día siguiente de llegar. Esto sí que es raro. ¿Qué pasa? ¿Has visto un extraterrestre?
—Un fantasma más bien.
—No jodas. ¿En serio? ¿Y qué te ha dicho? No me digas que es verdad eso de que estamos rodeados de fantasmas y que nos ven en pelotas cuando nos duchamos.
—No se puede ser más idiota que tú. De verdad que no sé de dónde coño sacas todas las bobadas que dices. ¿Las sueñas y luego las vas almacenando para soltarlas cuando te apetece o qué?
—No son bobadas, joder. Eres tú la que acaba de decir que ha visto un fantasma.
—Y lo he visto, pero uno de mi pasado, no uno de esos que llevan una sábana encima y una bola atada al pie.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio durante unos segundos antes de que Zane soltara un jadeo.
—No. Dime que no.
—Sí. Te digo que sí.
Tuve que apartarme el teléfono de la oreja porque el muy cabrón soltó una carcajada tan fuerte que casi me dejó sorda.
—Esto es muy fuerte. Llevas un día allí y ya te encuentras de morros con él. El destino es sabio, pequeña.
—El destino es un hijo de puta muy grande. Y no me lo he encontrado de morros. Ha llamado a mi puerta.
—¿A tu puerta? ¿Qué es esto, un espectáculo de fantasmas a domicilio o qué?
—Sí, a mi puerta. ¿Y sabes qué?
—Pues no, no sé nada si no me lo cuentas. Pero espera, porque me da que esto va a ser mejor que un episodio de esa serie rara que veías en Prime. Voy a coger palomitas, un refresco y a sentarme.
Después de insultarlo un par de veces, le conté del tirón todo lo que había ocurrido desde que decidí salir a dar una vuelta aquella noche y terminé encontrándome a Brenna.
—Joder, Kate. Si eso no es cosa del destino, no sé qué puede ser. Y tampoco le des demasiadas vueltas a que no te haya reconocido. Han pasado muchos años y estás muy cambiada.
—Él también está cambiado y a mí me bastó una mirada para saber quién era, Zane.
—Ya, pero seguramente él simplemente esté más hombre y poco más. Tú tienes el pelo azul, más tetas, has crecido en todos los sentidos y llevas medio cuerpo lleno de pintarrajos. Él no, ¿a que no?
—No…
—Pues ya está. No te comas la cabeza. Te vio durante unos minutos y en una situación en la que estaba preocupado por su hermana y centrado únicamente en ella. Puede que, si volvéis a cruzaros, las cosas sean diferentes.
»Quizá se dé cuenta de repente, como te pasó a ti, o quizá necesite tratarte un poco para empezar a reconocer gestos, miradas o cosas que recuerde de ti.
Aquello consiguió tranquilizarme bastante. Zane era así: podía pasarse media conversación soltando tonterías y, de repente, decir exactamente lo que necesitaba escuchar para obligarme a mirar las cosas con más calma.
Seguimos hablando un rato y quedamos en que volvería a llamarlo si había alguna novedad.
El agua de la ducha empezaba a enfriarse cuando aquel recuerdo terminó de pasar por mi cabeza y regresé del todo al presente.
Cerré el grifo, terminé de arreglarme y, unos cuarenta minutos después, salí de casa con la bandolera en la cadera, la mochila a los hombros con una de las cámaras y una lista en la mano con las primeras cosas que había decidido fotografiar.
También llevaba apuntada la dirección de una empresa de hidroaviones porque necesitaría contratar varios vuelos para llegar a algunos lugares a los que sería prácticamente imposible acceder de otra manera.
Los dos días anteriores los había dedicado precisamente a eso: organizar un plan de trabajo. Siempre lo hacía antes de empezar un reportaje, aunque después rara vez lo siguiera al pie de la letra porque improvisar formaba parte de mi manera de trabajar.
Había encontrado tres empresas de hidroaviones en la ciudad.
Una se dedicaba principalmente al transporte de material y no de pasajeros, así que la descarté enseguida.
Entre las otras dos me daba bastante igual elegir una u otra, por lo que terminé decantándome por la que mejores referencias tenía en internet y más opciones ofrecía en cuanto a vuelos, visitas y excursiones.
Probablemente no utilizaría ni la mitad, pero me gustaba tener todas las posibilidades sobre la mesa antes de decidir.
Cuando llegué, me quedé unos segundos observando el edificio. Era pequeño y sencillo, aunque estaba perfectamente ubicado junto al muelle y me produjo una buena sensación desde el primer momento, así que entré sin pensarlo demasiado.
Detrás del mostrador había una chica cuyo rostro me resultó vagamente familiar y que me recibió con una sonrisa.
—Hola, soy Aria. ¿En qué puedo ayudarte?
—Hola. Yo soy Kate y me gustaría contratar unos vuelos.
—¿Ya sabes dónde quieres ir o qué quieres ver?
—He visto que ofrecéis bastantes destinos y necesitaría saber la duración de los vuelos y los horarios disponibles para decidir cuáles hacer y cuándo.
—¿Es para un grupo grande? Porque tenemos excursiones programadas prácticamente a diario y suele quedar alguna plaza libre.
—No, sería solo para mí. Es por trabajo. Soy fotógrafa y voy a hacer un reportaje sobre distintos lugares de la ciudad y los alrededores.
—Entonces te conviene más subir y hablar directamente con uno de nuestros agentes para que puedas organizar con ellos un itinerario. También hacemos vuelos privados para una sola persona, aunque son los que menos se solicitan.
—Perfecto. ¿Cuándo podrían atenderme? ¿Necesito pedir cita?
—Si esperas un segundo, puedo preguntar. Quizá alguno de los dos esté libre y pueda atenderte ahora mismo.
—Eso sería genial.
Mientras Aria hablaba por teléfono, seguí observándola disimuladamente, intentando ubicar su rostro en algún lugar de mi memoria. Estaba casi segura de haberla visto en el pasado, aunque después de tantos años podía tratarse simplemente de alguien del colegio cuyo nombre ya no recordaba.
—Puedes subir ahora mismo —me dijo al colgar—. Es en la primera planta y no tiene pérdida. La puerta de la izquierda.
—Muchas gracias.
Me despedí con la mano y fui directamente hacia las escaleras.
Al llegar a la primera planta comprobé que Aria tenía razón porque solo había tres despachos. Me dirigí al de la izquierda, cuya puerta estaba entreabierta, y antes de entrar escuché las voces de un hombre y una mujer hablando en el interior.
Llamé dos veces con los nudillos y, cuando me dieron permiso para pasar, empujé la puerta. En cuanto vi a las dos personas que había dentro, la misma sensación de vértigo que había sentido al encontrarme frente a Nash volvió a atravesarme el cuerpo.
¿Por qué coño el destino, alguien ahí arriba o la puta vida se empeñaban en ponérmelo tan difícil?
Me quedé clavada en el umbral mirando a otros dos fantasmas de mi pasado mientras valoraba rápidamente mis posibilidades: salir corriendo, desmayarme allí mismo o hacerme la tonta y no decir absolutamente nada.
Ganó la tercera opción, aunque solo durante un par de segundos, los justos para que ambos levantaran la cabeza y me miraran directamente a la cara.
—Dios mío… —susurró Winter llevándose ambas manos al pecho.
—Hostia puta… —añadió Owen.
Delante de mí tenía ni más ni menos que a la hermana mayor de Nash y a su mejor amigo de toda la vida.
Cerré la puerta por puro instinto porque estaba claro que se avecinaba una conversación complicada. A diferencia de Nash, no necesité esperar ni un segundo para saber qué estaba pasando por sus cabezas.
Me habían reconocido.
Los dos se acercaron rápidamente hasta quedar delante de mí.
—Mary… ¿Eres tú de verdad?
Tragué saliva.
—Hola, Winter. Sí, soy yo, aunque al mismo tiempo ya no lo soy. Hace quince años que nadie me llama así. Desde entonces soy Kate.
—Qué narices. Para nosotros eras Mary y sigues siendo Mary —soltó Owen antes de acercarse y, sin preguntar ni pedirme permiso, envolverme en uno de aquellos abrazos de oso que recordaba perfectamente.
Le devolví el abrazo, no por educación, sino porque me salió de dentro. Cuando Owen me soltó, Winter ocupó su lugar y me estrechó con la misma fuerza.
Cuando por fin nos separamos, volví a mirar hacia la puerta y algo terminó de encajar en mi cabeza.
—La chica de recepción es tu Aria, ¿verdad? Me sonaba muchísimo su cara, pero no he conseguido ubicarla.
Owen soltó una carcajada.
—Sí, es mi Aria. Ahora lleva el pelo rubio y tú la recuerdas morena y bastante más bajita. Dio el estirón tarde.
Sonreí.
—Madre mía… ¿Y qué haces aquí? —preguntó Winter—. Ya verás cuando te vea Nash. Le va a dar algo.
La sonrisa desapareció de mi cara en cuanto pronunció su nombre y los dos se dieron cuenta inmediatamente.
—¿Qué ocurre, Mary?
Bajé un instante la mirada.
—Nash ya me ha visto. Hace dos días.
Winter y Owen se quedaron completamente quietos.
—No puede ser —dijo ella—. Nos habría contado algo.
—Soy la chica que ayudó a Brenna. Supongo que sabéis lo que ocurrió aquella noche.
—Claro que lo sabemos —respondió Owen—, pero Nash dijo que a Brenna la había ayudado una fotógrafa llamada Kate. No dijo nada de ti.
—Porque yo soy esa Kate —contesté con una sonrisa que no consiguió llegarme a los ojos.
Los dos me miraron confundidos durante unos segundos, hasta que vi el momento exacto en el que terminaron de entenderlo.
—No puede ser… ¿No te reconoció? —preguntó Owen.
Negué con la cabeza.
—No. Ni siquiera vi una pequeña duda en sus ojos.
—Joder, estás cambiada, eso es evidente, pero tampoco tanto como para no ver a Mary en ti —dijo mirando a Winter en busca de apoyo.
Ella asintió lentamente.
—Mi hermano tiene una imagen de Mary demasiado grabada en la cabeza. Puede que precisamente por eso no haya conseguido relacionarte con ella. Quizá sigue esperando encontrar a la chica de dieciséis años que recuerda y no a la mujer que tiene delante.
—Puede ser —respondí encogiéndome de hombros.
—Pues se lo diremos y…
—No, por favor —lo interrumpí antes de que Owen pudiera terminar.
Ambos me miraron.
—Si no me recuerda o no me reconoce, puede ser porque no quiere hacerlo, porque su cabeza no le permite relacionarme con la persona que recuerda o por cualquier otra razón que ni siquiera conocemos. Sea lo que sea, prefiero dejar las cosas como están.
—Pero…
Owen iba a protestar, aunque esta vez fue Winter quien lo detuvo.
—Tiene razón. Tiene que ser Nash quien se dé cuenta de que es ella si vuelve a verla. Lo mejor será dejar que las cosas sigan su curso sin meternos ni intervenir.
Owen nos observó alternativamente durante unos segundos antes de rendirse.
—Está bien. Mantendremos la boca cerrada. Pero para nosotros sí que eres tú, así que siéntate y cuéntanos qué haces aquí y, sobre todo, qué coño pasó para que no volviéramos a saber nada de ti.