¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 8
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Capítulo 8

Kate

Entramos juntos en el despacho de Zane y ambos nos sentamos.

Me quedé mirando su mesa y negué con la cabeza. No se veía ni un solo trozo de madera de la cantidad de cosas que tenía encima y, desde que lo conocía, siempre me hacía la misma pregunta cada vez que entraba allí.

¿Cómo coño era capaz de encontrar algo entre todo aquello y cómo sabía exactamente lo que tenía?

Se lo había preguntado a él un montón de veces y siempre me daba la misma respuesta.

Era su manera de trabajar y, según decía, cuando colocaba las cosas era precisamente cuando no encontraba nada.

«Caos organizado», lo llamaba él. Yo diría más bien «desastre infernal», pero claro, era su mesa, así que mejor me callaba.

—Y bien, ¿has leído el correo antes de ir a la galería o vas a hacerlo ahora?

—Lo he leído —contestó desviando la mirada.

¿Desviando la mirada? ¿Zane conmigo?

Eso era algo que había ocurrido muy pocas veces en todos los años que llevábamos conociéndonos y podía significar varias cosas.

Quizá no quisiera darme el trabajo, hubiera algo raro en el encargo o simplemente estuviera intentando escurrir el tema para que dejara de insistir y me quedara un poco más.

Pensé en esa última posibilidad durante unos segundos, pero la descarté enseguida. Zane estaba encantado de que me quedara con él, por supuesto, pero también me entendía y sabía perfectamente que necesitaba viajar.

Entonces, ¿qué coño pasaba?

Quizá ya se lo hubiera ofrecido a otra persona o considerara que alguno de los otros fotógrafos era más adecuado para aquel trabajo. Eso podía ser perfectamente posible porque yo sabía que era buena, pero el resto de mis compañeros también lo eran.

—¿Zane?

—¿Sí?

—¿Qué pasa?

—Nada. ¿Por qué tiene que pasar algo?

—No me jodas, que estás hablando conmigo.

—Lo sé. Ni estoy ciego ni soy sordo. Te veo y te oigo perfectamente.

Entrecerré los ojos.

—¿Me estás vacilando?

—Ni lo más mínimo. ¿O es que no es cierto que te veo y te oigo?

—Estás esquivando el tema. ¿Por qué?

—¿Qué tema?

—El del calentamiento global, no te jode. ¿Cuál va a ser? Pues el del viaje.

—¿Qué viaje?

—El que vas a hacer tú a la Luna de la patada en el culo que te voy a dar. Ese viaje.

—Chica, qué agresiva te pones. ¿Quieres una tila?

—Zane, deja de tocarme los ovarios y habla de una puñetera vez. ¿Qué ocurre con el reportaje? ¿Has pensado en otra persona? Porque, si es eso, da igual. Ya buscaré yo otro viaje y punto. Puedes decírmelo.

Se acomodó mejor en la silla, apoyó los codos sobre la mesa y me miró fijamente mientras movía la boca hacia un lado y hacia el otro, como si todavía estuviera pensando qué decirme y, sobre todo, cómo hacerlo.

Dios, me estaba poniendo de los nervios.

—De hecho, no hay mejor persona en el mundo de la fotografía para hacer este reportaje.

Lo miré con los ojos muy abiertos por la sorpresa mientras intentaba entender por qué narices estaba tardando tanto en contármelo si realmente pensaba eso. A Zane le encantaba vacilarme y picarme, así que tenía que ser por eso.

—Genial, entonces, ¿no? Cuéntamelo todo. Joder, Zane, mira que te gusta buscarme las cosquillas, ¿eh?

Suspiró y, entre todo el caos que cubría la mesa, sacó una carpeta. Sin embargo, en lugar de entregármela, se la quedó en la mano y la sujetó con tanta fuerza que volví a fruncir el ceño.

Alargué el brazo para cogerla, pero cuando tiré de ella no la soltó.

—Antes de que leas toda la información, te adelanto que es un trabajo muy importante. Será una guía muy especial que se traducirá a varios idiomas y quieren distribuirla por muchos países del mundo.

Silbé mientras movía una mano.

—Vaya. Nunca te habían pedido algo así.

—Por eso te digo que es importante. Y quiero que lo hagas tú. Eres mi mejor fotógrafa y en la que más confío. Sé que harás fotografías que a otros ni siquiera se les pasaría por la imaginación hacer.

—Responsabilidad máxima.

Zane asintió.

—¿Límite de tiempo?

—No hay uno estricto, aunque la querrían terminada antes de que acabara el año. Estamos en febrero, así que tienes tiempo más que suficiente.

—Si la guía es grande harán falta muchas fotos. No tener un límite cerrado está muy bien porque así el trabajo se puede hacer mejor, sin presión.

—Entonces, ¿te interesa?

—Joder, claro que sí. Solo dime cuándo y dónde y preparo la maleta.

—El cuándo… Cuanto antes vayas, antes empezarás y más tiempo tendrás para hacer el trabajo como quieras y a tu ritmo.

Algo raro estaba pasando.

Zane se había puesto serio de repente y no solo lo sabía por su expresión. Algo dentro de mí empezaba a avisarme de que aquel no era un trabajo como los demás.

—Zane, ¿dónde es?

—No está lejos.

—¿Dónde?

—Es un sitio precioso.

—Zane, ¿qué pasa?

Cerró los ojos unos segundos, cogió aire y, finalmente, le dio la vuelta a la carpeta.

En cuanto leí lo que aparecía escrito en ella, me quedé completamente paralizada. El estómago se me encogió, la respiración se aceleró y mi corazón empezó a bombear con tanta fuerza que casi podía sentir cada latido golpeándome el pecho.

La vista se me quedó clavada en aquellas dos palabras.

Alaska: Juneau.

No sé si pasaron segundos o minutos. Solo sé que fui incapaz de apartar los ojos de la carpeta para mirar la mesa, la pared o a Zane. Tampoco escuchaba ya el ruido del exterior ni el zumbido del aire caliente que salía del aparato de calefacción.

No veía nada más que aquellas dos palabras y apenas oía otra cosa que el retumbar de mi propio corazón.

Sin poder evitarlo, los recuerdos de mi vida pasada empezaron a aparecer uno detrás de otro, atropellándose dentro de mi cabeza como si alguien hubiera abierto de golpe una puerta que llevaba quince años intentando mantener cerrada.

Vi a mi madre riéndose mientras me hacía una trenza antes de ir al colegio y a mi padre sujetando mi bicicleta rosa por detrás el día que por fin perdí el miedo y conseguí pedalear sola.

Los vi a los dos conmigo haciendo un muñeco de nieve en el jardín y después a los tres sentados en la cocina, cenando mientras nos contábamos cómo había ido el día.

Sentí incluso el beso de mi madre en la frente antes de dormir y recordé cómo aspiraba su aroma, para mí el mejor del mundo. Después aparecía mi padre arropándome hasta la barbilla, dándome las buenas noches y guiñándome un ojo justo antes de apagar la luz.

Pero los recuerdos cambiaron y entonces llegó él.

Nash.

Mi amigo. Mi primer amor.

Nos vi sentados en mesas contiguas en el colegio, discutiendo sobre si mezclar rojo con verde daba como resultado marrón o una especie de granate oscuro.

Recordé nuestros paseos en bicicleta y todas aquellas noches en las que él se escapaba de casa de madrugada para acercarse a mi ventana y llamarme con cuidado.

Yo nunca estaba dormida. Lo esperaba.

En cuanto aparecía, salíamos corriendo por las calles oscuras hasta el embarcadero para ver los hidroaviones y, alguna que otra vez, si alguien se había dejado uno sin cerrar, nos colábamos dentro y fingíamos que estábamos surcando el cielo.

Recordé la promesa de Nash de que algún día sería piloto y me llevaría a ver las nubes de cerca, nuestro primer beso a los trece dentro de uno de aquellos hidroaviones y nuestra primera vez a los quince, en su casa, apenas unos meses antes de que todo se fuera a la mierda.

Entonces los recuerdos bonitos desaparecieron.

Vi a la policía en la puerta de casa la noche en que mis padres salieron a cenar y no volvieron.

Los días posteriores estaban más borrosos, pero aparecieron sus tumbas cubiertas de flores, Nash agarrándome con fuerza de la mano y aquellas dos semanas en su casa durante las que apenas hice otra cosa que llorar mientras él intentaba que reaccionara.

Después llegó mi abuela, una mujer a la que hacía años que no veía y que ni siquiera había asistido al entierro de su propio hijo y de su nuera.

La recordé en la cocina de casa de Nash, explicándome que el Estado le había concedido mi custodia mientras Rebecca, la madre de Nash, me sujetaba la mano.

Recordé mi negativa, el miedo y la explicación fría de mi abuela de que ella no podía hacer otra cosa, que aguantara hasta cumplir los dieciocho y después regresara si me daba la gana, pero que mientras tanto no le buscara problemas.

Volví a verme entrando en mi casa para recoger las pocas cosas que me dejó llevarme porque, según ella, su vivienda era pequeña y no era un almacén. Después llegaron las despedidas de Rebecca y de Winter, la hermana de Nash, y aquel último intento desesperado por encontrarlo.

Fui hasta la casa de Owen porque pensé que Nash estaría allí, pero no lo encontré. Después llegaron las tres horas que pasé en el aeropuerto, esperando y mirando una y otra vez hacia la entrada con la esperanza de verlo aparecer en cualquier momento.

Pero no apareció y, al final, el avión despegó.

Ese fue el último día que pisé Juneau y me marché con el corazón destrozado por la muerte de mis padres y porque el chico al que quería más que a mí misma no apareció siquiera para despedirse.

El dolor que sentí durante aquel vuelo regresó de golpe, allí mismo, sentada en aquella silla, con tanta intensidad que parecía que no hubieran pasado quince años, como si todavía siguiera en aquel aeropuerto mirando hacia la puerta y esperando que Nash apareciera en cualquier momento.

Pero no apareció, aunque yo esperé hasta el último instante convencida de que acabaría entrando por aquella puerta.

—Kate…

Sabía que Zane me estaba llamando, aunque no podría decir cuántas veces lo hizo. Su voz me llegaba distorsionada, mezclándose con el pum, pum, pum de mi corazón.

Escuché otro sonido, quizá una silla moviéndose, y después unos pasos que se acercaban, aunque en aquel momento tampoco habría sabido asegurar si eran reales o si lo único que seguía oyendo eran mis propios latidos.

Hasta que unas manos me agarraron por los hombros y Zane me zarandeó ligeramente mientras hacía girar la silla en la que estaba sentada.

Aquel movimiento consiguió que por fin parpadeara y, poco a poco, los recuerdos empezaran a detenerse. Mi cabeza se fue vaciando hasta que todas aquellas imágenes que me estaban volviendo loca terminaron disolviéndose.

—¡Kate! Joder, mírame.

Lo hice. Sacudí un poco la cabeza y clavé los ojos en los suyos.

—No.

—Kate…

—No puedo.

—Sí puedes. Es más, debes hacerlo.

—No… No… —repetí negando con la cabeza—. No puedo volver allí. Duele.

—Duele porque una parte de ti sigue allí, porque nunca cerraste lo que pasó y, mientras no lo hagas, vas a seguir huyendo. Eso es lo que llevas haciendo los últimos quince años, Kate: correr para que el dolor no consiga alcanzarte.

—Zane… —susurré mientras notaba cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Pero esa no puede ser la solución para siempre. Eres fuerte y ya no eres aquella niña que se sintió sola y abandonada. Tienes que dejar de huir y enfrentarte a ese miedo.

»No puedo prometerte que deje de doler porque las pérdidas duelen siempre, pero sí creo que, si vuelves, quizá consigas aprender de una vez por todas a vivir con ese dolor en lugar de seguir viviendo a costa de él.

—Zane, de verdad que no puedo volver allí. Él seguirá allí… y no quiero verlo.

—Entonces no lo veas. Al menos no hasta que estés preparada.

Tragué saliva.

—Y sus tumbas…

—Tampoco tienes que ir a verlas, al menos al principio. Hazlo solo si llega un momento en el que sientes que quieres hacerlo. No has ido en quince años; esperar un poco más no cambia nada.

»Y si decides que no quieres ir nunca, tampoco pasa nada. A la gente que se va la seguimos teniendo aquí —dijo tocándome la cabeza— y aquí —añadió bajando la mano hasta mi corazón—, no en una piedra fría clavada en el suelo.

Las lágrimas empezaron a caerme sin que pudiera detenerlas.

—De verdad que no puedo hacerlo, Zane. No quiero.

—No tienes que decidirlo ahora. Hay tiempo. Piénsalo.

—No tengo nada que pensar. No voy a ir —dije con la voz rota.

—Eso ya lo veremos, pequeña.

Me abrazó con fuerza contra su pecho y, por primera vez en muchísimo tiempo, dejé de intentar contenerme y lloré contra él como si todo aquello hubiera ocurrido el día anterior.