30. Lo estaré esperando con ansias, Rooney #2
Laura había empezado su duro entrenamiento y estaba en el campo con sus instructores, por lo que Verónica estaba sola en la habitación. Alguien llamó a la puerta, y ella, pensando que era su amiga o algún médico, dijo «adelante» .
La puerta se abrió, y la asesina se mostró al otro lado. Sonreía y tenía un ramo de flores en la mano. Verónica estiró el brazo en dirección al paraguas, que reposaba junto a ella. No estaba en condiciones de lanzar un hechizo decente, pero si debía intentarlo lo haría.
—Ay, por Dios, niña, no te voy a hacer nada. No ataco a nadie que esté en una cama, ¿sabes?
—¿Y a qué vienes? Meterte en la Sede Central siendo quién eres…
—Vengo a verte —dijo la asesina, y se sentó a un lado de la cama—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien. Podría estar peor.
—Bueno, eso está bien. Enhorabuena por cargarte a ese demonio.
—Fue con tu ayuda. Tú también lo apuñalaste en el cerebro.
—¿Yo? —dijo la asesina—, cuando lo apuñalé ya estaba claro que iba a morir. El mérito es tuyo. ¿Cuánto te han dado de recuperación?
Verónica se acomodó e hizo una pequeña mueca de dolor.
—Unos meses, aún no sabemos cuántos. Las extremidades se han regenerado y funcionan, pero aún me duelen un montón y tengo mucha rehabilitación por delante. Lo único que no han podido salvar es el ojo, pero si solo es eso, puedo vivir con ello.
—Llevas parche —asintió De la Niebla—. ¿Me dejas ver la herida?
Verónica se encogió de hombros, pero no se negó. Se levantó el parche de tela negra del ojo y dejó que su visitante examinara la cuenca vacía. Ella asintió, como si aquella cuenca en negro adornada por una gran cicatriz fuera tan interesante que era digna de estar en un museo.
—Al menos te ha quedado una cicatriz chula, podría ser mucho peor. ¿Podrás seguir en el gremio?
Verónica asintió y se recolocó el parche.
—Soy una Rooney que sobrevivió a un devorador de almas y puede lanzar las mil muertes hasta tres veces sin morir. Me harán trabajar hasta que solo queden de mí cenizas. Ahora dime la verdad. ¿Qué haces aquí?
—Oye, que encima que vengo a verte después de salvarte la vida…
—¿Tengo que recordarte que me resucitaste a la fuerza?
—No podías morir aún, Rooney. Tienes un apellido que no debe desaparecer.
—No soy la única que lo lleva. Hay más por el mundo. Y tú deberías desear que desaparezca.
—Pero que me preocupen, solo estás tú. Además, tengo que admitir que te tengo un poco de admiración, ¿sabes? Plantarte como lo hiciste frente a él, frente a mí… pocos veteranos lo hacen, y tú solo tienes veinte años. Y no sé, si los Rooney os morís, yo quizá me aburra un poco.
—Soy quien soy y debo mantener el listón o subirlo. Pero creo que durante unos buenos meses voy a descansar.
La asesina se echó a reír y asintió. Ella también iba a tomarse un buen descanso de todo; después de quinientos años entre muertes, no le venían mal unas vacaciones.
O tal vez algo más.
—Haces bien. Yo voy a dar un cambio también.
—Podrías unirte a los cazadores —rio Verónica, y miró al techo—. Una sinalma a nuestro lado es de las mejores bazas. Los monstruos caerían como moscas.
—No es mala, eh, no es mala, pero soy la novia de Satanás y no sé hasta qué punto eso le haría gracia. No, pero se acabó eso de matar. Ya basta; tengo muchísimo dinero, y… hace muchos años que mato solo por costumbre. Ya ni siquiera me divierto.
—¿Y qué harás ahora?
—Siempre me gustó el arte —dijo la asesina tras un suspiro—.
Mi padre quemó todos mis cuadros y escritos para que me centrara en mi verdadero talento, y aunque lo perdoné, no volví a tocar un pincel o pluma.
Quizá ahora le dé una oportunidad y empiece a escribir algo.
Sé de una historia muy interesante que no puede quedarse en la sombra.
—Aun así no se te perdonarán tus crímenes —recordó Vero—. Y cuando salga de aquí tendré que matarte.
—Entonces me esconderé bien. Pero bueno, con ese ojo tuyo…
—No te creas, esa sangre que me diste amplió el campo visual del otro. Sé que no sustituirá a la visión perfecta, pero algo es algo.
—Ya, sobre eso. Te he traído algo.
—No acepto regalos de demonios.
—Qué suerte que yo siga siendo humana —rio De la Niebla mientras sacaba una pequeña caja alargada del bolsillo—. Además, considéralo un regalo por… em… todos esos cumpleaños tuyos que me perdí. Qué mala antepasada soy, ¿eh?
—Las excusas no son lo tuyo, De la Niebla —sonrió Vero, y abrió la caja.
Dentro, bien acomodados, había dos pendientes para la ceja; uno eran dos bolitas y el otro una barrita pequeña y elegante que cubriría parte de la ceja entera. Eran de plata. Vero miró a la asesina, y ella le sonrió.
—No te creas que me gustó que no pudieras recuperar el ojo —explicó—. Así que te conseguí estas dos piezas. Encanté las dos para que te hagan de campo visual; no será exactamente lo mismo que un ojo, pero vas a ver mucho mejor.
—¿Encantadas? —preguntó Vero enarcando una ceja.
—Tranquila, van a buena fe. Ya te dije que ya no voy a matar a nadie y menos a ti. Solo quería echarte una mano. Te traje los dos modelos por si uno solo no te convencía. ¿Te gustan?
—Me gustan. —Verónica cerró la caja y le sonrió—. Gracias, abuela .
—De nada, nieta —se burló De la Niebla, y le sacó la lengua—. A tu amiguita Gaia le mandé una prótesis para la pierna, y ya se acabó mi deuda con vosotras. Ya podéis recuperaros y poneros finas, el mundo no ha dejado de girar y hay mucha mierda fuera.
—No te preocupes, seguiré en mi marca de siempre. Gracias.
—No lo dudo. Me alegra saber que estás viva.
—¿Desde cuándo te alegras por un Rooney?
—Desde que sé que cierto Rooney, hace medio milenio, me ocultó y protegió de los cazadores y no me mató aunque podría haberlo hecho. No sé, quizá no seáis tan malos después de todo, ¿no?
—Yo no soy Mateo —le recordó Verónica.
—Lo sé. Pero tú tampoco me mataste ni me dejaste morir cuando pudiste hacerlo sin problemas. Ramón me hubiera matado, pero interviniste; pudiste haber roto la flecha después de la pelea, pero me la diste. Nos hemos salvado la vida la una a la otra, estamos en paz.
—Por ahora.
—Sí, pero al menos no tienes que dormir con un ojo abierto.
Se dio cuenta tarde de la metáfora. Verónica frunció el ceño, pero acabó por estallar en carcajadas.
La asesina también se echó a reír, y ambas rieron durante un rato.
Sus problemas, durante al menos ese tiempo, desaparecieron.
Habían derrotado al demonio, habían roto una maldición, habían acabado con un malvado sinalma, habían salvado un montón de vidas.
Y eso estaba bien. Había muchos más problemas fuera, la cosa no acababa ahí, había muchísimos monstruos a los que dar caza y muchos cazadores que querían acabar con los sinalma y ellas dos eran enemigas mortales, pero ninguna de las dos quiso pensar en ello.
Estaban vivas, se reían juntas y habían cumplido con su misión. Estaba bien.
—Bueno, me voy —dijo la asesina tras unos minutos de risas—. A este paso me verán aquí y me matarán. O peor, me obligarán a alistarme.
—No serías mal fichaje y se te perdonarían los crímenes. O por lo menos no te condenarán ni castigarán por ellos. Piénsatelo.
—Le daré una vuelta, pero no sé si es destino para mí.
Le palmeó la cabeza, se levantó y fue a la puerta. Verónica la vio marchar, supo que la próxima vez que se verían sería en un contexto muy diferente y del que solo una saldría con vida.
—Eh, De la Niebla.
—¿Sí? —preguntó ella mientras se giraba a ver a la cazadora.
—La próxima vez que te vea, te mataré.
De la Niebla ladeó la cabeza, le sonrió y luego le guiñó un ojo.
—Lo estaré esperando con ansias, Rooney.