15 de abril, 2023. 1850h
En lugar de aclararle las ideas, toda aquella conversación solo había logrado confundirlo más.
Siempre era así con Ángel. Intentas comprender su juego y acabas atrapado en una telaraña de tentaciones prohibidas, culpa y deseo.
Sabía que su amigo no creía en ningún tipo de dios y, no obstante, el concepto que tenía de sí mismo y su relación con los demás parecía acercarse mucho al de divinidad.
Pero, ¿en serio lo veía como a un igual, más aun teniendo eso en cuenta?
Desde el principio Miguel había creído que para Ángel era un mero juguete, un objeto con el que divertirse durante un rato y al que descartar en cuanto se aburriera, como lo había sido para su hermano.
Y el estudiante tampoco aspiraba a otra cosa.
Después de todo, si ni siquiera sus padres eran capaces de amarlo, ¿qué esperar de los demás?
Abel había sido la persona que más atención le había prestado en su vida y si para acabar con su eterna soledad tenía que humillarse de nuevo y someterse a otros como él, ¿no merecía la pena intentarlo para al menos lograr un poco de calor y simpatía?
Pero si acudía a Ángel, no podía hacerlo en busca de calor.
No era eso lo que cabría esperar de él. La emoción sin frenos, el vértigo, la adrenalina, el olvido y la inexistencia, eso es lo que aquel joven podía entregarle.
Y aunque le costara creer en Ángel, al final todo lo que le ofrecía se resumía en una sola cosa.
Libertad. Para ser quién siempre había sido, para dejar atrás el pasado, para aliviar la angustia que enjaulaba su corazón y le impedía latir con fuerza.
Sentía que si se dejaba llevar por él, el miedo, el dolor y la rabia que siempre lo habían limitado podían convertirse en la guía hacia la salvación.
Ángel le prometía una metamorfosis y cada instante que pasaba a su lado se sentía más tentado de aceptarla.
No debía permitirlo, lo sabía. Lo que había ocurrido cuando Alicia atacó a Ángel no desaparecía de su mente.
Durante un instante, ambos estuvieron en sintonía, los impulsos indecibles de dos personas rotas complementándose a la perfección sin que mediaran palabras entre ellos.
Ángel había hablado de alcanzar el equilibrio, pero ¿qué significaba eso?
¿Que su amigo se dedicara a hacer daño, a torturar, violar y matar por placer, mientras Miguel lo alentaba y disfrutaba contemplando de cerca el salvajismo más primitivo, sabiéndose a salvo de todo mal por su condición de elegido por la bestia?
¿Era eso lo que tanto ansiaba? ¿Ser especial hasta el punto de que un monstruo así buscara ser comprendido por él y necesitara mantenerlo a su lado?
Porque a eso se reducía al final, ¿no? Si Ángel, el mismo ser brillante, hermoso e imposible de categorizar que mostraba un absoluto desprecio hacia la vida humana, era capaz de ver algo tan único y valioso en él como para considerarlo un igual, ¿quién necesitaba el amor de sus padres?
Con aquellas palabras su amigo situaba a Miguel por encima de todas las otras personas del mundo y le daba un estatus que nadie más soñaba siquiera con albergar.
Y no podía negarlo, aquello apelaba de forma directa a los deseos más profundos de ese niño solitario y malherido que habitaba en su interior.
Y aun así, no estaba bien. Porque si se entregaban a sus verdaderas naturalezas, como Ángel había sugerido, mucha gente sufriría.
¿Cómo iba a quedarse de brazos cruzados mientras otros padecían de forma atroz en sus manos?
¿Qué derecho tenían ellos para jugar con la vida de nadie?
¿No era su deber detenerlo ahora, antes de que fuera más lejos y ya no hubiera vuelta atrás?
Un sentimiento parecido a la rabia contrajo el estómago de Miguel. No era ese fuego furioso que te nubla la vista y te hacer perder el control. Era algo similar al odio, acompañado de un desdén helador que tiñó por completo sus pensamientos.
¿Por qué era ese su deber? ¿Acaso alguien le había ayudado cuando tanto lo necesitó?
¿Le tendieron la mano mientras sufría? No, nadie había hecho nada por él.
Ni sus padres, ni sus compañeros, ni los profesores, ni siquiera la que fue su amiga durante un tiempo, que con solo unas pocas palabras de Abel desapareció para siempre de su vida.
Tampoco cuando trató de suicidarse los médicos pusieron un gran empeño en comprender la causa de su dolor.
Nadie le había dado nunca importancia, nadie le prestó atención.
Contemplaron en silencio mientras lo pisoteaban sin mover un solo dedo.
¿Y ahora era Miguel quien debía salvar a los demás de ese mismo destino?
Al final, Ángel era el único que lo había mirado de verdad y en lugar de ver a un chico débil, patético e inútil, había encontrado a una persona que merecía la pena llegar a conocer.
Y tras ello se había esforzado por acercarse a pesar de sus muros, había escuchado su historia y no había titubeado al dar su opinión.
No se había horrorizado ni lamentado, pero tampoco lo compadecía ni lo miraba como una pobre víctima digna de lástima.
¿Cuándo volvería a conocer a alguien como él, capaz de pensar y entender de una forma tan única y, en cierto modo, refrescante?
¿Debía sacrificar el apoyo que empezaba a ver en Ángel solo por el bien de unos cuantos desconocidos que jamás harían lo mismo por Miguel?
Con un estremecimiento, el joven se dio cuenta de que cada vez tenía más claras sus respuestas, aunque todavía le estaba costando dar el paso final.
No le sorprendió que Ángel rechazara su intento de besarlo y tampoco se sintió molesto.
Tenía la sensación de que, a pesar de toda su grandilocuencia, su amigo se sentía tan confundido como él.
Al principio había creído que el beso fue una forma más de manipularlo.
Efectiva, viendo como había logrado su confesión.
Sin embargo, ahora sentía que había algo más que aquello.
No pensaba que Ángel lo amara, ni siquiera él era tan ingenuo, pero sin duda las emociones que despertaba en su amigo eran distintas a las que acostumbraba y le impulsaban a hacer cosas que antes no se habría planteado.
Aquella idea aceleraba el corazón de Miguel, que no podía evitar una cierta excitación orgullosa al darse cuenta de la influencia que parecía ejercer sobre el estudiante.
Al final, aquel juego de poder era mutuo y comprender su verdadera posición en la relación despertó su lado más curioso.
Sin duda, tendría que comprobar hasta dónde llegaba su capacidad para alterar y confundir a Ángel.
En esa partida, ambos tenían fichas que mover.
La llegada de Alicia interrumpió el flujo de pensamientos.
Había pasado mucho rato dentro, el suficiente para resultar preocupante, pero Miguel estaba tan perdido en sus reflexiones que no había tenido tiempo de plantearse la posibilidad de que la hubieran atrapado o de que les hubiera traicionado.
Solo cuando la vio acercarse recordó la situación en la que se encontraban y que el peligro que todavía no había pasado.
La chica entró en el coche y Miguel no pudo evitar verse golpeado por la culpa cuando se giró para mirarla.
Ella tampoco lo había tenido fácil, no hacía falta ser muy perspicaz para entenderlo, y seguramente no habría contado con manos amigas que la ayudaran a salir adelante.
Y aun así se estaba planteando dejarse arrastrar por los instintos de Ángel y permitirle hacer todo lo que deseara con personas como ella.
Tal vez no con Alicia, con quien habían terminado asociados en buenos términos, pero sí con otras chicas que tendrían sus propios problemas y traumas y que, al fin y al cabo, estaban tan libres de culpa en la historia de Miguel como la propia Alicia.
En ese momento llegó a odiar a su propia conciencia.
¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?
Si fuera más como Ángel, no tendría tantas dudas, no se vería arrastrado por el sufrimiento de los otros.
Ojalá su amigo tuviera razón y entregándose a él pudiera concederle un trozo de sus emociones, para así poder dejar de sentir con tan dolorosa intensidad.
—¿Todo bien?
Ángel fue el primero en romper el silencio. Alicia asintió en respuesta.
—Sí, no os preocupéis. Gregori estaba muy satisfecho con su paga extra, así que no ha hecho ningún comentario. Tampoco creo que informe a nadie de lo ocurrido, tendrá miedo de que le quiten el soborno. ¿Qué vais a hacer ahora?
A pesar de sus palabras tranquilizadoras, la chica se encontraba muy seria, su expresión contraída por la tensión del momento. Claro, deshacerse del cuerpo no resolvía nada, el pen drive todavía estaba en su poder.
—Ya te lo dije. Le haré llegar las pruebas a mi hermana y ella se encargará del resto. Puedes relajarte, Alicia. Eres libre, así que, ¿qué vas a hacer tú ahora?
—Me iré. Muy lejos. Y empezaré de nuevo. Pero antes tengo que resolver una situación.
—¿Una situación? —Miguel alzó las cejas con curiosidad.
—No es nada, solo tengo que ir a recoger algunas cosas. Separémonos aquí y finjamos que nunca nos hemos conocido, es lo mejor para todos.
—No, yo creo que no. —Ángel mostraba una sonrisa amable y arrugaba la frente con expresión preocupada y, no obstante, su tono parecía esconder una amenaza latente—.
Será mejor que te llevemos a donde sea. No es seguro que andes tú sola por ahí, sabiendo que David y su gente podrían pillarte en cualquier momento.
—No es necesario, puedo cuidar de mí misma.
—Insisto. ¿O es que hay algo que no quieres que sepamos?
—¡No, no es nada de eso! —Detrás de su enfado, Miguel creyó percibir cierta ansiedad—. Solo tengo que ir a por mis cosas, no puedo largarme de aquí con las manos vacías, ¿no crees?