Querido desconocido, me suenas
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CAPÍTULO 1
Llevaba su uniforme perfectamente planchado, una coleta alta y ese
delineador morado que, según Eliana, resaltaba sus ojos casi tanto como su sarcasmo.
—¿Ya has fichado? — preguntó Eliana desde detrás del mostrador, mientras ajustaba la posición de una bandeja de pastelitos.
—¿Te parece que me he teletransportado? — respondió Mara con tono burlón, dejando su bolso bajo el mostrador y atándose el delantal.
Eliana soltó una risa nasal, de esas que se le escapaban cuando intentaba mantener la compostura. Era su mejor amiga desde el instituto. Rellenita, con el pelo teñido de lila pastel y una obsesión casi religiosa por BTS, especialmente por Jin, su bias indiscutible.
A las siete en punto, las luces cálidas de la cafetería se reflejaban en los ventanales, dándoles ese aire de postal navideña fuera de temporada.
Los primeros clientes empezaron a entrar: una pareja joven, una mujer mayor con un perro pequeño y una ejecutiva solitaria que siempre pedía lo mismo.
Mara y Eliana se movían como en una coreografía
sincronizada, sin chocar, sin hablar demasiado, solo intercambiando miradas, cejas levantadas y sonrisas ocultas.
Pasada una hora, con los clientes sentados y el sonido de cucharillas mezclándose con conversaciones suaves, las dos amigas se refugiaron detrás del mostrador. Eliana, como siempre, no tardó en sacar tema.
—Hoy Jin tiene directo en Weverse — murmuró, como si compartiera un secreto de estado.
Mara seguía mirando la pantalla de pedidos, con el ceño ligeramente fruncido. —Ajá.
—¡Mara!, ¿no vas a decir nada?, ¿ni siquiera un “qué bien” o un “me da igual”?, aunque sea finge interés.
—Es que no quiero mentir —respondió con una sonrisa ladeada.
Eliana cruzó los brazos.
—Mira, aunque yo sea lesbiana, no puedo negar que Jin me tiene loca. Su voz, su carisma, ¡su manera de hacer live mientras cocina ramen!
—Suena a cita perfecta —comentó Mara sin levantar la vista.
De repente, el móvil de Eliana vibró. Lo desbloqueó y sus ojos se iluminaron.
—¡Ya empezó!, ¡está en directo ahora mismo!
Y sin decir más, salió disparada hacia el aseo como si se jugara la vida. Mara ni se inmutó al principio. Siguió revisando pedidos, organizando vasos y mirando la pantalla táctil. Pero después de diez minutos y con nuevos clientes entrando, empezó a impacientarse.
—¿Dónde se ha metido esta…? —murmuró mientras atendía a una mesa de cinco personas por su cuenta.
Las siguientes tareas se sucedieron como una cadena de pequeñas catástrofes: el pedido de un capuchino mal entendido, un niño que volcó un vaso de agua y una clienta que pidió leche de avena pero cambió de opinión tres veces.
Mara lo hizo todo sin perder el control, pero con la mandíbula cada vez más tensa.
Cuando al fin pudo respirar, dejó a una compañera de cocina controlando el salón y se dirigió al aseo. Golpeó suavemente.
—¿Eliana?
No hubo respuesta. Abrió la puerta con rapidez y allí la encontró: sentada en la tapa cerrada del váter, con los
auriculares puestos, embobada mirando la pantalla de su móvil. Jin hablaba coreano con subtítulos que iban demasiado rápido.
—¿Tú estás de coña? —dijo Mara, cruzándose de brazos.
Eliana dio un brinco.
—¡Perdón!, ¡solo eran cinco minutos!
—Han pasado diez y has dejado el mostrador solo. Vuelve ya o te cambio el nombre en el grupo de empleados por “Jinverso”.
—Sí, jefa —dijo Eliana, cabizbaja, pero con una sonrisa que apenas pudo ocultar.
De vuelta al mostrador, la noche siguió tranquila. A las una y media, mientras recogían y limpiaban, Eliana rompió el silencio:
—Perdón por lo de antes. De verdad. Es que… tenía que verlo.
Mara la miró de reojo mientras limpiaba una mesa.
—No pasa nada. Solo que no se repita. Aunque admito que se veía mono cocinando ramen.
Eliana chilló como una adolescente y le lanzó un trapo que Mara atrapó al vuelo.
—¡Sabía que te interesabas por él! —Un comentario no es una boda, Eli.
Pasaron varios días. Una noche, Eliana tenía el día libre.
Desde la mañana había estado repitiendo que por fin vería a BTS en vivo, en el estadio olímpico de Montjuic.
Llevaba camiseta, lightstick, pancarta y nervios en el estómago.
Mara la había despedido con un “no grites mucho” y un ojo medio cerrado.
Esa noche, le tocó cubrir el turno sola.
Todo fue bien, aunque más agotador sin Eliana.
A la una y media, cerró el local, apagó luces y salió por la puerta trasera.
Caminaba distraída, enviando un audio a su madre, cuando sin mirar, se chocó con alguien. Retrocedió dos pasos.
—¡Ay, perdón! —exclamó mientras levantaba la mirada.
El chico al que había chocado era de piel blanca, delgado, con una mandíbula marcada y ojos intensos. A su lado, otros dos chicos también la miraban con sorpresa. Ella hizo una leve reverencia, por instinto.
—Perdón, perdón.
El primero sonrió, sin entender sus palabras, pero replicando la reverencia. Los otros dos —uno con cara de sueño y el otro con una mirada tan profunda que daba vértigo— intercambiaron miradas.
Fue entonces cuando algo hizo clic en su cabeza. Les sonaban. Los tres. Pero, ¿de qué? Ella los miró con detenimiento. El más joven parecía familiar, como alguien que había visto en vídeos. El segundo tenía un aire cansado pero atractivo, y el tercero parecía sacado de un dorama coreano.
—Hmm… —murmuró, sin atreverse a decir más. Ellos siguieron caminando en dirección contraria.
Mara se quedó quieta, con su móvil aún en la mano.
—¿No serán…? —susurró, pero negó con la cabeza—. Nah, imposible.
Y se fue a casa, sin saber que ese pequeño tropiezo era el inicio de todo lo que nunca habría imaginado.
La siguiente noche y con la brisa nocturna de Barcelona que acariciaba las calles con una suavidad especial; las luces tenues de la ciudad empezaban a apagarse, y el eco de los pasos de Mara resonaba sobre las aceras de piedra mientras cerraba cuidadosamente la puerta principal de la cafetería.
Se abrigó un poco más con su chaqueta y se giró con un suspiro, lista para marcharse.
Pero justo en el momento en que daba su primer paso, algo —o mejor dicho, alguien— se interpuso en su camino.
—¡Ay! —exclamó al sentir el golpe leve pero firme contra su cuerpo. Retrocedió un paso de inmediato, llevándose una mano al pecho por la impresión.
—Oh… perdón, perdón —murmuró rápidamente.
Frente a ella había un chico alto con capucha negra, rostro parcialmente cubierto por una mascarilla.
A su lado, otros dos chicos también altos esperaban con tranquilidad.
Los tres vestían ropa deportiva y gorras negras.
Todo en ellos gritaba “discreción”, pero había algo familiar.
No en la ropa, no en los gestos… sino en los ojos del chico con el que se había chocado.
El joven se inclinó levemente en una reverencia tímida, como si comprendiera la disculpa de Mara pese a la barrera del idioma. Luego le dedicó una media sonrisa —o eso parecía, a través de la mascarilla— y le sostuvo la mirada. Mara se quedó congelada durante unos segundos.
¿De qué me suenas tú…?
El rostro no era completamente visible, pero sus ojos oscuros, cálidos y profundos la miraban con una curiosidad similar. Como si ambos intentaran recordar si se conocían de algún sitio.
—Tranquilo —respondió ella, aún con las mejillas encendidas por la vergüenza. Dio un pequeño paso a un lado para seguir su camino, pero no pudo evitar mirar de reojo a los otros dos chicos.
Uno tenía el cabello ligeramente más largo y el rostro serio, pero con una expresión serena que casi lo hacía parecer
misterioso. El otro parecía estar algo distraído, con una mirada calmada y una postura elegante incluso en ropa informal.
¿Dónde los he visto antes?
Mara no era fan del K-pop ni mucho menos, pero algo en su subconsciente le hacía ruido. O quizá era solo el cansancio acumulado de esa semana.
—¿Estás bien? —preguntó uno de ellos, en inglés, con acento coreano.
Mara asintió.
—Sí, sí. Solo ha sido un choque tonto. Disculpadme otra vez.
El chico de la mascarilla volvió a asentir y, tras un gesto de cabeza de uno de sus acompañantes, se marcharon juntos calle abajo. Mara los siguió con la mirada un instante más, preguntándose si debería haber dicho algo más. Pero luego se negó con la cabeza y retomó su camino.
Esa noche, al llegar a casa, Mara se dejó caer en su cama sin siquiera cambiarse de ropa. Cerró los ojos… pero las imágenes de esos tres chicos aparecieron en su mente una y otra vez. En especial, los ojos del primero. Esa sensación extraña de familiaridad la mantenía inquieta.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba una tostada a medio quemar y un vaso de leche con más nesquik de lo normal, Eliana le envió una foto desde el estadio donde había sido el concierto de BTS.
Era una imagen desenfocada desde lejos, pero podía distinguirse el escenario iluminado en tonos morados.
Eliana: Ayer fue el concierto. Lloré, reí, grité. Fue el paraíso.
Eliana: Y encima los vi salir del recinto. Estaban tan guapos que casi me desmayo.
Mara apenas sonrió. Aún tenía en la cabeza a esos tres desconocidos. Se obligó a no contestar de inmediato.
Más tarde, en la cafetería, Eliana volvió al trabajo y estaba eufórica, contándole todo con lujo de detalles. Cada canción, cada VCR, cada guiño de Jin.
—¡Y encima vi a Jungkook pasar cerca del público!, te juro que me miró —decía, emocionada mientras limpiaba vasos detrás de la barra—. ¡Y tú trabajando aquí toda seria!
—Yo me choqué anoche con tres chicos justo al cerrar —soltó Mara, sin pensar.
Eliana levantó la vista, curiosa.
—¿Y?
—Nada. Uno llevaba mascarilla y capucha, y los otros también parecían coreanos. No sé… me suenan.
Eliana dejó el vaso que tenía en la mano y la miró como si acabara de decir que había visto un unicornio.
—¿¡QUÉ!?, ¿y no me lo dices hasta ahora? — gritó, escandalizada—. ¡Mara!, ¿no serán ellos?, ¡dime que le viste el cuello a Jungkook!
—¿El cuello?, ¿qué?, no sé… no les vi bien —respondió Mara, entre risas.
—¡Voy a morir!, ¡esto es injusto! —Eliana se dejó caer sobre la barra teatralmente—. Yo me muero por verlos cerca y tú te los encuentras saliendo de trabajar…
Mara solo se encogió de hombros.
—No los reconocí. Pero me suenan.
Esa misma noche, mientras se preparaba para dormir, recordó de nuevo esa mirada. Ese cruce breve, pero intenso. Como si sus caminos estuvieran destinados a volver a encontrarse.
No sabía aún que esa noche no era más que el principio.