Querida Srta. Santa Clausura 57. Gia
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57. Gia

Gia

Eh, Srta. Santa Clausura:

Mira, que ya no aguanto más. La pava me ha tangao el aguinaldo pa pillarse unas botas de marca que al final eran falsas, del mercadillo. Y encima me dice que las ha comprao por inversión, que van a subir de precio como el bitcoin. ¡Qué dices, colega!

Yo no soy Babbo Natale pa ir regalando billetes así, ¿sabes? Si me va a poner los cuernos, al menos que sea con alguien que tenga coche, no con un notas que vende camisetas falsas de fútbol en la esquina.

Así que corta esto ya, tronca. Clausúralo, quémalo, lo que sea…, pero sácame de aquí antes de que acabe cantando villancicos con la peña de la gasolinera.

Firmado,

Marco el Chispas

Milán huele a lujo. No de ese que brilla, no.

Sino del que susurra precios y escupe estilo.

Cada calle tiene un escaparate que podría pagar el alquiler de mi piso durante un año entero.

Cada señora que pasa lleva un abrigo que podría tener más valor que mi coche.

Y yo, que pensaba que vestirme de negro ya me hacía sofisticada, me siento de repente como si llevara puesto un disfraz de italiana promedio.

—Aquí es donde vengo cuando quiero recordar que tengo poder adquisitivo y que el karma trabaja a tiempo completo —dice Giovanna, con una voz suave mientras pasa su mano enguantada por el escaparate de Prada—. La venganza, queridas, no se improvisa. Se diseña. Como la alta costura.

Nos guiña un ojo. El abrigo que lleva puesto probablemente vale más que la casa de mis padres.

Lele y yo vamos detrás de ella como dos perritos falderos porque, aquí, la única con poder real es ella.

Y lo sabe. Lo usa. Y lo lleva con la elegancia de quien ya ha llorado lo suficiente como para saber cuándo reírse de todo.

—Que la cena sea finalmente el día 23 me parece sublime —anuncia, con una sonrisa—. Pensándolo bien, no quería pasar Nochebuena casada. Prefiero brindar ya con la libertad legal en la copa y el acta de divorcio como servilleta.

—Pragmática hasta en Navidad —dice Lele.

— No os imagináis la satisfacción que me da —continúa Giovanna—. Llevo años fingiendo cenas perfectas con un hombre que se ha acostado con media provincia de Como y toda su familia, por lo visto. Así que esta al menos será auténtica. Con un postre inolvidable.

La miro de reojo.

—¿Ya tienes el sobre con las fotos?

—Sí. Muchas copias. Para los invitados, para él y para la prensa.

Lele suelta una carcajada. Yo hago como que me sorprende, pero en realidad la admiro. Mucho. Y un poco la temo. Pero sobre todo la admiro.

Giovanna nos guía por via Montenapoleone . Cada paso que damos se escucha como si estuviéramos pisando una alfombra roja invisible. Entramos en una tienda solo para «ver un pañuelo de Hermès», y salimos quince minutos después con un bolso Kelly exclusivo de color rojo y piel de cocodrilo.

—¿Queréis un café? —pregunta mientras dobla hacia la Galleria Vittorio Emanuele II con la naturalidad de una milanesa de naci miento.

Asentimos. Porque si algo hemos aprendido en estas pocas horas es que no se le dice que no a Giovanna Landini. Nunca. Ni siquiera al prosecco a las diez de la mañana.

Nos sentamos en una terraza con mantas suaves, calefactores encendidos y vistas a un Milán que late como un villancico elegante con estribillo de bolsos caros.

En las mesas de alrededor se oyen risas de mujeres con pintalabios perfecto, el tintineo de cucharillas en el cristal y ese murmullo chic que solo las ciudades con desfiles de moda por calendario pueden sostener.

En cuanto nos sirven, Giovanna se cruza las piernas con precisión de pasarela, deja la taza de café sobre el platito con una delicadeza ensayada y nos dedica una media sonrisa afilada como cuchillo de mantequilla cara.

—¿Y vosotras? ¿Algún Francesco en el armario? ¿O… en la cama?

Lele ni se inmuta. Se recoloca la bufanda, sopla su café y responde con la seguridad de alguien que ha decidido que la ironía es su religión.

—Yo solo tengo algún que otro trauma con nombre de ex y cara de actor de serie turca. Aunque, ojo, estoy a puntito de conocer al amor de mi vida. Es un presentimiento. Me ha salido en dos horóscopos y en una lectura de tarot en TikTok.

—¿Y tú, Gia?

Me tenso. Qué pregunta tan sencilla y peligrosa al mismo tiempo. Giro la cucharilla dentro de la taza como si ahí fuera a encontrar una respuesta que suene menos patética que la verdad.

—Digamos que estoy en una especie de paréntesis.

—Ah. El famoso «estamos en pausa, pero aún me late cuando respiro».

—Sí. Ese mismo.

Giovanna asiente con lentitud. Como quien ya ha leído ese capítulo en su vida, subrayado con lágrimas y tachado con rabia. Como quien luego se puso pintalabios rojo y siguió andando.

—¿Y qué ha hecho, si se puede saber?

—No ha hecho nada. Bueno, se fue durante cinco años y luego volvió. Pero… fue lo que no me dijo. Y lo que yo no supe cómo contarle a tiempo. Pero luego…, bueno, me besó. Y no he dejado de pensar en eso.

—¿ Y tú quieres que vuelva?

—Sí. Por supuesto.

Giovanna deja la taza, se estira un poco el cuello del abrigo de cashmere y me mira como si estuviera a punto de decirme algo que podría cambiarme la vida.

—Escúchame bien, cariño. Porque esto te lo dice alguien que ha pasado por el infierno, por boutiques carísimas y por tres cenas con suegras que llevaban visón hasta en julio.

Si un hombre te besa con ver­ dad, no lo olvides.

Y, si tú aún estás temblando por ese beso…

, entonces dile lo que sientes. Mil veces si hace falta.

—¿Aunque él no diga nada?

—Querida —responde con una sonrisa que es mitad consuelo, mitad advertencia—, los hombres que merecen la pena a veces tardan en encontrar las palabras. Pero, si se las das tú primero, sabrán qué hacer con ellas. O al menos sabrán qué no hacer con ellas. Que ya es algo.

—O sabrán perderlas —murmuro, mirando mi taza.

—Pues, si las pierden, no pasa nada —interviene Lele, que se estira para coger otra galleta con forma de estrella—. Porque tú las tendrás. Y sabrás que las dijiste. Que lo diste todo. Que no te quedaste con el nudo. Eso también es amor propio. Amor valiente. Del bueno.

—Y, si no funciona —añade Giovanna—, al menos tú tendrás la certeza de que lo intentaste. Y siempre puedes vengarte con canapés. Créeme, funciona.

—Sí, lo sé bien —me río.

—Y tanto —asiente Lele—. Eres la puñetera Señorita Santa Clausura. Si no te hace bien, si no te hace crecer, si no te hace reír…, lo cierras. Lo archivas. Le pones un lacito rojo y lo despides con una copa de prosecco en alto.

—Yo te mandaré la botella —añade Giovanna, como si fuera lo más lógico del mundo.

—Y yo las copas. De esas gordas, tipo boda italiana —dice Lel e—. Y luego te robo el móvil para instalarte Tinder, pero eso ya lo negociaremos más tarde.

Me río. Un poco. Pero también me emociono.

Porque, en medio de las bolsas de diseñador, las galletas navideñas y el eco de los tacones en la galería, me doy cuenta de algo que me golpea con suavidad, pero sin piedad: Giovanna Landini puede haberse casado con un idiota…

, pero eso no quita que sea una de las mujeres más sabias y valientes que conozco.

Y que Lele, con su sarcasmo letal y su corazón de oro envuelto en papel de regalo glitter , es mi hogar portátil.

—¿Lo vas a hacer? —pregunta Lele, en voz baja.

—¿ El qué?

—Decírselo. Escribirle. Llamarle. Mandarle un meme con un subtexto emocional peligrosamente obvio. Algo.

—No lo sé.

—Bueno, haz lo que quieras. Pero, si te arriesgas, hazlo de verdad.

Nada de medias tintas. Que estamos en Navidad —añade Giovanna—.

Y, por si acaso decides llamarlo…, recuerda lo más importante: proyecta la voz, no llores y, por el amor de Mariah Carey, no le supliques otra vez.

Al final se acostumbran y ya no hay quien los aguante.