37. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura :
¿Debería tomarme tu silencio como una despedida? Porque prefiero pensar que estás de vacaciones, pero en tu página web pone que trabajáis todos los días del año. O quizá estás hasta arriba de cenas de clausura. No sé. Da igual , solo quiero darte las gracias otra vez. ¡Y enviarte un regalo!
Abrazo virtual,
Gian
—Buenos días, señor Collins.
Respiro hondo antes de continuar. Siempre me ayuda a sonar más seguro, aunque por dentro tenga un nudo en el estómago del tamaño de un panetone industrial.
Estoy solo en una pequeña sala de reuniones de la sede del bufete Collins en La Spezia.
Mi amigo Ángelo, que es abogado en esta misma oficina, me ha hecho el favor de cederme un rincón tranquilo con conexión decente.
«Si el jefe te cuelga, al menos que no sea por mala cobertura», me ha dicho con una media sonrisa.
—No digas más. ¿Has decidido quedarte en Manarola?
La voz de Joseph Collins es directa, como siempre, pero no suena enfadada. Aún.
—He decidido quedarme en Manarola —confirmo, sin titubeos.
Lo oigo respirar, muy despacio. Puedo imaginarlo sentado en su de spacho en Londres, probablemente frunciendo el ceño, con una taza de té en la mano y el Times doblado al lado del teclado. Debe de estar pensando que acabo de pedirle abrir una nueva sede en Marte. Aprovecho ese segundo de tregua.
—Sé que suena… impulsivo —añado—. Pero he estado pensando mucho en esto .
Y sé que parece una locura, dejar atrás la oficina de Londres, el equipo, la trayectoria que he construido.
Lo sé. Créame. Pero también sé que, cuando me fui de aquí, perdí algo valioso.
No a nivel corporativo ni financiero, señor Collins.
A nivel personal. Perdí algo… que todavía me duele.
Y, ahora que tengo la oportunidad de recuperarlo, no quiero volver a cometer el mismo error.
Lo escucho moverse al otro lado de la línea, quizá cruzándose de brazos o apoyándose en el respaldo de su silla.
—Todo lo que necesito está aquí —añado, más bajo—. Y cuando digo «todo» me refiero a la mujer de mi vida.
Me sorprende lo fácil que es decirlo en voz alta. Supongo que, cuando es verdad, lo complicado sería callárselo.
—Así que… —continúo, tomando aire—, si fuera posible, me gustaría solicitar un traslado oficial a la sede de La Spezia.
Hay una vacante abierta en el departamento de Derecho Mercantil, lo he comprobado.
Y tengo referencias internas, Ángelo Esposito puede hablar por mí.
Pero, si decide que esto es incompatible con el rumbo del bufete o que no es el momento…
, lo entenderé. Y, si no es mucha molestia, ¿sería posible que me facilitara una carta de recomendación?
Entonces llega. Ese suspiro largo, casi teatral, que lleva la marca registrada de un jefe que ha tenido que lidiar con dramas mucho mayores que el mío.
—Oye, Giancarlo —dice, y su tono ha cambiado. Ahora es más suave, más humano—. En realidad mi nombre no es Joseph Collins.
—¿Perdone?
—Me llamo José Martínez. Me mudé a Londres por amor hace veinte años. Adopté el apellido de mi esposa inglesa. Sonaba mejor en las tarjetas de presentación, ya sabes. Así que… entiendo perfecta mente lo que estás pasando.
Cierro los ojos y apoyo la frente en la mano. Lo juro: si esto fuera una película, ahora sonaría un villancico suave de fondo y entraría nieve por la ventana.
—Por supuesto que aprobaré tu traslado a La Spezia —continúa—.
Ya he hablado con el responsable de la sede.
Me ha llamado esta mañana para preguntarme si eras «ese Gian».
Le he dicho que sí, que el mismo que sacó matrícula en Derecho Penal y que siempre robaba los últimos bollos del desayuno del bufet.
Suelto una risa floja.
—Considéralo tu regalo de Navidad —añade, con una sonrisa que se intuye incluso desde la distancia.
—Muchas gracias, señor… Martínez. No sabe cuánto significa esto para mí.
—Lo sé, Gian. Lo sé —suspira—. No quiero perderte. Eres uno de los mejores abogados que tengo. La Spezia será tu nuevo hogar, aunque cuento con que vendrás cuando necesite de tus servicios por aquí.
—Por supuesto.
—Entonces, por mí está todo hablado. Pongo en marcha el papeleo.
Tú… quédate allí y recupera al amor de tu vida —dice, y hace una pausa tan larga que por un momento creo que se ha olvidado terminar la llamada—.
Giancarlo, la vida no tiene sentido sin amor.
El dinero no lo tiene. De nada te serviría ser el hombre más rico del mundo sin nadie al lado que te quiera. Así que… eso. Estoy orgulloso.
Trago saliva. Me quedo en silencio. Es una de esas frases que te llegan tarde, como el eco de algo que no sabías que necesitabas escuchar.
—Gracias, jefe.
— Y, por favor —añade, con un deje de humor—, no le digas a nadie lo del apellido. Lo de «José Martínez» lo sabe mi mujer y, ahora, tú. No me arruines la leyenda.
Sonrío, y tras despedirnos cuelgo. Me quedo mirando el teléfono durante unos segundos, como si el aparato en sí acabara de concederme un deseo.
Y, en cierto modo, lo ha hecho. Me levanto y salgo de la pequeña sala de reuniones.
Ángelo está esperándome apoyado contra una columna, con su chaqueta de tweed a medio abrochar y cara de haberlo escuchado todo.
—¿Y bien? —pregunta, aunque su sonrisa ya lo delata.
—Aceptado. Me quedo.
—Joder, por fin alguien sensato en esta oficina. Ya era hora —dice mientras me da una palmada en el hombro—. Avisa a tu chica. Seguro que aún está cruzando los dedos.
Me alejo unos pasos y saco el móvil con una sonrisa. Dudo, porque ¿qué se escribe cuando por fin el mundo vuelve a su sitio? Abro WhatsApp. Busco su nombre.
Confirmado. Me quedo. Traslado aprobado
Tenemos que celebrarlo, cariño
Y se me ocurre una excusa perfecta:
mi cumpleaños
Llevo años sin mi regalo favorito
Ella tarda menos de un minuto en responder:
Panetone con pepitas de chocolate?
O hablas de ese whisky que no
compartías con nadie?
Sonrío. Me apoyo contra la pared. Escribo:
Hablo de ese regalo que grita , araña,
muerde… Y no necesita envoltorio
Y de la carta , por supuesto
Si estás insinuando lo que creo que
estás insinuando, estás en lo cierto.
Pero tendrás que venir a buscarlo.
Y ganártelo
Me río en voz baja. No sé si es la tensión, o las ganas, o ese puto vértigo delicioso que solo aparece cuando sabes que estás a punto de hacer algo muy muy bueno.
Dame una hora. Llevas falda o vestido?
Vestido. Pero sin ropa interior.
Por ahorrar tiempo, ya sabes
Cierro los ojos un momento y siento cómo todo —el miedo, la culpa , la duda, Londres, la distancia, el pasado— empieza a quedarse atrás. Porque, por primera vez en mucho tiempo, todo está exactamente donde debería estar.
Incluido yo.
Con ella.