36. Gia
Gia
Querida Srta. Santa Clausura:
Me presento con las mejores credenciales: Ludovica Bertinelli me ha hablado de sus servicios con un entusiasmo que roza lo escandaloso. Y, como podrá imaginar, una mujer en mi situación necesita ciertos recursos profesionales.
Verá, estoy casada (por poco tiempo, gracias al cielo) con Francesco Landini.
Un hombre que, a falta de virtudes, ha desarrollado un talento asombroso para coleccionar amantes, preferiblemente dentro del círculo familiar.
Sí, ha leído usted bien: su última adquisición resulta ser su hermanastra.
¡ La creatividad del hombre no conoce límites!
Por esa razón quiero gastar, con todo el estilo que me caracteriza, la fortuna de mi todavía esposo en algo que lo fastidie hasta la médula.
He pensado que nada lo incomodaría más que una cena cuidadosamente orquestada en un lugar público, con suficientes testigos como para que Italia entera lo recuerde por décadas.
Un escenario idóneo donde yo pueda desplegar, como postre, las deliciosas fotografías de su pecado capital.
Todo deberá llevarse a cabo en Milán, ciudad en la que resido y el escenario ideal para que la caída en desgracia de Francesco sea lo más pública posible.
No se preocupe por los traslados: por supuesto, correría yo con todos los gastos de su viaje, con las comodidades que una dama de su prestigio merece.
Y, en cuanto al alojamiento, nada de medias tintas: la suite presidencial del hotel más caro de la ciudad la espera, con vistas al Duomo y champán a discreción.
Y, si además pudiera hacerme un hueco antes de Navidad, le garantizo que su cuenta bancaria recibirá un regalo muy satisfactorio.
Considérelo un pequeño aguinaldo de mi parte.
Le agradezco de antemano su discreción, su malicia bien administrada y su eficacia legendaria. Estoy convencida de que juntas conseguiremos que las Navidades de Francesco Landini sean las más amargas de su vida.
Con mis mejores deseos (y esperando respuesta inmediata),
Giovanna Landini
(aunque Landini solo de manera transitoria)
—Hay que mover como sea la cena de Vittoria R.
para después de Navidad. Busca cualquier excusa.
Algo como que el restaurante nos ha vetado ese día y hay que cambiarlo.
¡Porque el 23 de diciembre tenemos que irnos sí o sí de viaje a Milán!
Madre mía, si ya adoraba a Ludovica, después de esto, la adoro mucho más —parlotea Lele al otro lado del teléfono, hablando a la velocidad de un reno con prisa—.
Además, si le dices a Giovanna que necesitamos estar en Manarola para la cena de Nochebuena, seguro que nos prepara un jeg privado.
¡Pero, madre mía, Gia! ¡Tenemos que hacer lo que sea!
Me aprieto el puente de la nariz con los dedos, intentando recordar por qué alguna vez pensé que Lele era una influencia calmada en mi vida.
—¿Un «jeg»?
—¡Jet! ¡ He querido decir jet! Perdón. Llevo una semana durmiendo cuatro horas diarias. ¿Te he dicho que mi vecina ha puesto un belén con efectos especiales y sonido? ¡El Niño Jesús llora cada vez que alguien pasa por delante del portal! Anoche soñé que tenía que amamantarlo yo. Estoy fatal.
Me echo a reír. No puedo evitarlo.
—Te estás desmoronando —murmuro, revisando mi agenda digital—. Vale, intento mover lo de Vittoria. Pero no prometo nada.
—¡Haz magia! ¡Haz lo tuyo! —suena dramática—. De todos mo dos, si no funciona el veto del restaurante, siempre puedes decir que el chef se ha fracturado la cadera intentando abrir una ostra. ¡O que ha estallado una guerra de croquetas! ¡Algo dramático y navideño!
—Ya veremos. Tú tranquila, ya se me ocurrirá. Por lo pronto, ya le he dicho que sí a Giovanna. Tengo una videollamada programada con ella para esta tarde —digo, y el sonido del timbre me hace sobresaltarme—. Oye, Lele, tengo que colgar. Ha llegado Mariola Albertolli.
Antes de cada cena de clausura, siempre hay una primera reunión.
Un contacto inicial. Una conversación cara a cara en mi despacho con café caliente, luces suaves y a veces una bandeja de turrones para suavizar lo que viene.
Es el momento en que la clienta me cuenta su historia y yo intento leer entre líneas, averiguar si lo que busca es realmente un final o una excusa para intentarlo una vez más.
Porque no, no organizo cenas por capricho.
De hecho, he cancelado muchas cuando he visto que aún quedaba algo que salvar.
A veces lo que parece una clausura es solo una pausa mal gestionada.
Y mi trabajo, por muy festivo que suene, también consiste en saber cuándo cerrar y cuándo decir: «Espera, todavía no».
—Vale, luego me cuentas qué tal. ¿Mariola es la que siempre vuelve con su ex? ¿Qué tipo de historia tiene? No me acuerdo.
—Navideña, claro. Todas lo son en diciembre.
—¿Con cuernos o sin cuernos?
—Eso lo sabré en cinco minutos. Te llamo luego.
—¡Hazme un resumen de si hay esperanza o no! ¡Ya sabes que vivo para eso!
Cuelgo justo cuando llaman suavemente a la puerta de la oficina, y abro rápido con mi mejor sonrisa preparada.
—Adelante — digo, recolocándome el jersey rojo con renos.
La puerta se abre despacio y aparece una mujer de unos treinta, elegante, contenida, con una cartera bajo el brazo y cara de no haber dormido bien.
—¿Señorita Santa Clausura? —pregunta.
—En persona. Pasa, por favor.
Ella entra con esa media sonrisa de persona que finge tenerlo todo clarísimo cuando en realidad está a un villancico de mandar un «¿vienes?» que arruine su dignidad. Mira alrededor, se sienta, acepta el café y lo sujeta como si fuera una decisión importante. Que lo es.
Le cuesta arrancar, pero, cuando lo hace, lo vomita todo: tres años de ruptura impecablemente desordenada.
Cada diciembre, el universo hace match entre sus soledades.
Mensajes tontos, recuerdos estratégicos, nostalgia con filtro cálido…
y, ¡zas!, recaída. No porque él sea un villano de telenovela, sino porque hubo amor.
Mucho. Y aún queda cariño. Pero también silencios, descuidos y esa manía tan romántica de no hablar de lo que importa.
Me cuenta que quiere cerrarlo, pero también admite que hay una parte de ella que sigue pensando que, si se quitaran el decorado navideño y el orgullo, quizá podrían haberse querido mejor.
Me pregunta si creo en las segundas oportunidades. Y yo, que soy muy valiente cuando la historia no es la mía, le digo que sí. Pero no las de « volvamos porque es diciembre y estoy sensible», sino las de « hemos aprendido algo y vamos a hacerlo distinto». Las que implican hablar. De verdad.
Al final, en vez de una cena de clausura, le propongo una conversación incómoda con supervisión incluida.
Ver si hay algo nuevo que construir. Y, si no lo hay, entonces sí: cierre digno, sin recaídas con panetone.
Mariola se marcha con una sonrisa frágil pero real.
Con es peranza. Y yo me quedo recogiendo tazas como si no acabara de darme un discurso a mí misma.
Porque es facilísimo decirle a otra persona que, si quiere reconstruir algo, tiene que haber verdad.
Facilísimo. Lo difícil es aplicarlo cuando el implicado se llama Gian, tiene un talento sobrenatural para dejarme sin oxígeno (metafórica y no tan metafóricamente), me chupa la energía como si fuera un vampiro neófito de Crepúsculo (pero en el buen sentido) y además pone Love Actually en el momento exacto en que estoy a punto de confesar algo importante.
Porque sabe que es nuestra película favorita.
De todos los tiempos. En toda la historia del cine.
Y, además, una no confiesa secretos vitales mientras Hugh Grant baila por Downing Street.
Hay reglas universales y esa es una de ellas.
Además, estoy cagada de miedo. Pero miedo nivel prémium. Porque, claro, una cosa es aconsejar a Mariola con voz templada y mirada sabia, y otra muy distinta es pensar en la cara de Gian cuando descubra que he sido yo. Yo. Todo este tiempo.
La cuestión es esta: creo en las segundas oportunidades.
Muchísimo. Me gano la vida diciendo que el amor, si se hace con verdad, merece otra ronda.
Pero la verdad no es un concepto precioso para colgar en Instagram con luces cálidas.
La verdad es una bomba con temporizador. Y el temporizador lo tengo yo.
Así que sí. Voy a contárselo. Y puede que me rompa el corazón. O puede que sea el principio real de nuestra segunda oportunidad. Pero si algo he aprendido hoy es esto: peor que perder a alguien es no darle la oportunidad de elegirte con la verdad en la mano.
Y esta vez elijo dejar de ser la Señorita Santa Clausura.
Esta vez elijo ser Gia.