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La misiva llegó hasta sus níveas manos que la recogieron con delicadeza y mimo, como un nuevo tesoro que incluir en su ajuar.

Cogió su daga del cinturón, que resplandeció bajo la luz suave al rasgar el papel con un corte limpio.

De su interior sacó una carta perfumada con dátiles y chocolate, se paró a inspirar su aroma y dejar que es magia lo envolviese.

Su mente se calmó con gracia y la emoción del hechizo comenzó a chispear en su interior.

Desplegó el papel que contenía varias líneas suaves, pero muy significativas, se llevó la carta al pecho y despegó la fotografía que acompañaba al texto.

Observó las facciones de su amado con detenimiento y sus pupilas se dilataron ardientes.

Su pelo negro como el carbón, la piel de canela, los labios rojos como ascuas.

Todo lo que veía era perfecto y lo deseaba como nunca.

Sin esperar un segundo recorrió el ala central del castillo hasta llegar a la biblioteca, había llegado la hora de realizar lo que llevaba tanto tiempo estudiando.

Un pequeño ratón le dio la bienvenida y sin pararse llegó hasta una sección donde los tomos escalaban hasta el cielo como una pirámide de rubíes, ámbar y citrinos.

Comenzó su búsqueda ordenada y pulcra, haciendo que la paz del santuario de tinta no se viera perturbada, incluso si en su alma un huracán de pasión rugía.

Al fin y gracias al tacto dio con lo que buscaba.

Entre sus manos un pequeño tomo de color oscuro y luces degradadas le calentaba las palmas.

Allí dentro estaba la solución para su añoranza, pero tendría que pagar el precio.

En el otro lado, el amante descansaba con calma, hasta que un ingente portal de fuego se abrió ante él y lo hizo retroceder.

De entre las llamas surgió una figura que lo dejó incrédulo.

El aire se había vuelto envolvente y la emoción rompía en su interior.

Sin esperar a que el hechizo se disipara se abalanzó entre sus brazos, que lo acogieron con incluso más calor que el propio fuego.

—Gracias por esperarme —susurró en su oído y se fundieron en un beso.