VEINTE #3
Un hombre alto, mucho más joven que el resto de los ejecutivos, dio un paso al frente desde la retaguardia del grupo.
Hasta ese momento había pasado desapercibido, pero en cuanto se movió, irradió una autoridad que me hizo poner en alerta.
Tenía el pelo oscuro y unos ojos dorados increíblemente llamativos, fríos y calculadores.
Llevaba un traje impecable, pero la forma en que plantaba los pies en el suelo, equilibrando su peso, no era la de un hombre acostumbrado a pasar catorce horas sentado en una silla de cuero.
Era la misma postura y autoridad que destilaban personas como Ian Collins o Caleb Donovan.
—Suficiente, Richard —dijo el hombre de ojos dorados.
Su voz era tranquila, pero cortó el aire como un cuchillo, apaciguando la rabieta de Hawthorne en el acto—.
Relájate. Para esta junta ha sido especialmente clarificador lo que acabamos de presenciar hoy.
Ver de primera mano un traslado crítico del equipo Alfa y cómo el equipo de trauma ha gestionado la emergencia en tiempo real nos da exactamente la perspectiva que necesitábamos.
A mi lado, Ian frunció el ceño.
—Ese tipo me suena de algo —me susurró por lo bajo, entrecerrando los ojos, escrutando al ejecutivo—. No consigo ubicarlo, pero esa cara la he visto antes.
La ejecutiva de pelo plateado tomó la palabra para zanjar el asunto, dirigiéndose al resto de sus compañeros.
—Creo que todos debemos pensar atentamente sobre la viabilidad de la nueva unidad cardiotorácica y el rumbo real que debe tomar este hospital.
El plan de la directora Parker de convertir este centro en la referencia absoluta de trauma y ortopedia de primer nivel es un objetivo que, visto lo visto, no debemos abandonar bajo ningún concepto.
Hablaremos de esto en la próxima sesión.
La reunión improvisada se disolvió. Los miembros de la junta empezaron a darse la vuelta y a dispersarse por el pasillo hacia los ascensores. Hawthorne lanzó una última mirada cargada de odio puro hacia Sloane y se marchó pisando fuerte.
Mi cuerpo se relajó, pero volví a tensarme casi de inmediato al ver que el hombre de ojos dorados no se había ido con el resto.
Se quedó atrás. Caminó hasta Sloane y, con una familiaridad que hizo saltar mis alarmas, alargó la mano y apretó suavemente el hombro de mi chica para darle ánimos.
Mis músculos se agarrotaron. Tuve que usar todo el autocontrol para no cruzar el pasillo y apartarle la mano de un manotazo. Era un gesto inofensivo, un apoyo profesional, pero no me gustaba.
El tipo pareció notar mi energía homicida, porque retiró la mano, le dedicó una media sonrisa a Sloane y luego se giró directamente hacia nosotros.
Caminó hacia el equipo Alfa, que seguía plantado en formación cerrada en el pasillo, bloqueando el acceso al helipuerto.
—Señores —saludó el ejecutivo, deteniéndose frente a nosotros. Nos extendió la mano con firmeza, y uno por uno, se la estrechamos—. Soy Luke Holloway.
Nos miró a los tres, evaluándonos con la misma agudeza con la que yo lo evaluaba a él.
—He seguido sus carreras y su trabajo en rescate de alta montaña desde hace muchos años —continuó Luke, dejando ver un respeto genuino y profundo—.
Los felicito por el trabajo que hacen en ese helicóptero.
Es impecable. Y quiero que sepan que haré todo lo que esté en mi mano desde la junta para apoyar el plan estratégico de Sloane.
Es el único modelo viable para este hospital.
Asentí, reconociendo a un aliado cuando lo veía, aunque la desconfianza seguía ahí.
Fue entonces cuando Ian, que no había dejado de escudriñar el rostro de Luke, ladeó la cabeza y lanzó la pregunta a bocajarro.
—¿Es usted bombero?
Le miré de reojo, perplejo. Me pareció una pregunta totalmente fuera de lugar. Teníamos delante a un hombre de negocios de la gran ciudad. ¿De qué demonios hablaba Ian?
Pero Luke no pareció ofendido. Al contrario. Una media sonrisa curvó sus labios.
—Tiene usted buen ojo, Collins —respondió Luke, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón de traje—. Y muy buena memoria.
Ian soltó una carcajada seca, negando con la cabeza, asimilando la sorpresa.
—Es difícil olvidar la cara de uno de los mejores bomberos forestales que ha visto este estado —comentó Ian, con un tono de absoluto respeto profesional, dirigiéndose a Caleb y a mí—.
Este tipo lideró la brigada de paracaidistas forestales Smokejumpers en el incendio de Cascade Ridge hace seis años, estuve bajo sus órdenes en la primera y segunda oleada.
El pasillo entero pareció enmudecer. Caleb abrió mucho los ojos e incluso yo me quedé sin palabras.
Estábamos frente a un tipo que solía saltar desde aviones hacia anillos de fuego puro.
Eso explicaba la forma en que pisaba, el aura de autoridad y el respeto instantáneo hacia nuestro equipo y el trabajo de Sloane.
No era un burócrata más de la junta; era uno de los nuestros.
Giré la cabeza instintivamente para mirar a Sloane.
Ella estaba de pie a un par de metros, abrazando su tableta médica contra el pecho. Su expresión de sorpresa era monumental. Tenía los ojos abiertos como platos y me estaba mirando fijamente, con ambas cejas alzadas, transmitiéndome un mensaje claro y silencioso: «¿Te puedes creer esto?».
Le devolví la mirada, esbozando una sonrisa torcida, con el corazón bombeando a mil por hora. De repente, la balanza de poder en el hospital acababa de inclinarse drásticamente a nuestro favor.