Puerto Hurraco Epílogo
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Epílogo

En principio, lo que Toni pretendía era que yo escribiera una novela basada o inspirada en hechos reales.

Algo en la línea de Emmanuel Carrère, pongamos por caso.

O de Javier Cercas. Una novela tal vez de autoficción.

Pese a que no hubiera ningún libro monográfico sobre la matanza de Puerto Hurraco, tanto Toni como yo pensábamos entonces que este era un caso estudiado hasta la saciedad, y que por tanto yo podría aferrarme a los hechos probados y publicados en prensa y a partir de ellos elaborar mi narración, añadiendo quizá nuevos datos mediante entrevistas o visitas a archivos.

Sin embargo, en cuanto me puse manos a la obra fui consciente de que ese no era el planteamiento adecuado.

Sobre la matanza de Puerto Hurraco se había escrito y publicado mucho, pero casi todo estaba viciado por el sensacionalismo.

De Puerto Hurraco interesaban el morbo, la sangre, nada más.

El relato construido en la prensa era simplista, se asentaba en la visión de la España negra.

Y para colmo el crimen había coincidido con la llegada de las televisiones privadas a España, de manera que ese relato se había transmitido casi en directo antes de que la sociedad y los medios hubieran establecido límites morales al periodismo, en unos años en los que valía todo con tal de conseguir audiencia.

Enseguida tuve claro que, si aceptaba la oferta, debía escribir también sobre cómo esa matanza se trató en los medios.

Debía exponer los abusos que se cometieron y a quienes los cometieron.

Mi libro no podía sumarse sin más al relato inexacto y morboso creado en torno al crimen: yo debía intentar contar el crimen a la vez que denunciaba ese relato.

Se trataba, en definitiva, de adoptar una postura moral sobre el tema.

No tratarlo desde una falsa objetividad, sino desde una subjetividad sincera.

Por ejemplo, ya expliqué unas páginas atrás que a partir de cierto momento tuve claro que no solo era innecesario que buscara testimonios de familiares de las víctimas, sino que hacerlo no era lo correcto.

No me costó conseguir algunos contactos de esos familiares —y hasta llegué a escribir a alguno, por suerte sin obtener respuesta—, pero comprendí a tiempo que estaba cometiendo un grave error.

Tras treinta y cinco años, esas personas habían podido expresarse en numerosas ocasiones, en entrevistas para distintos medios; quien no hubiera hablado aún cabía suponer que era porque no deseaba hacerlo, que había optado por el silencio como vía para seguir adelante.

Por tanto, ¿por qué iba yo a incordiar con mis preguntas a quien no había hablado jamás sobre el tema?

¿Qué derecho tenía yo a pedirles que rememoraran para mí —y para mis lectores— la que seguramente fue la peor noche de sus vidas, que me contaran cómo habían perdido a un padre, a un hijo o a un hermano, cuando además esos hechos ya habían sido juzgados y constaban en el proceso judicial?

¿Qué podía aportar el testimonio del familiar de una víctima, si además mi libro no iba a recrearse en esos aspectos más morbosos del crimen: en la sangre, en el dolor?

Según avanzaba en la investigación y la escritura, tanto Toni Hill como yo mismo nos fuimos percatando de que lo que yo estaba haciendo era muy diferente a lo que habíamos imaginado.

Que, al cambiar el planteamiento del libro, estaba cambiando también su género.

En otras palabras, no había manera de que lo que yo estaba contando, y por cómo lo estaba contando, pudiera encajar dentro de un sello de ficción, por más laxa que fuera la definición del término.

Lo que yo estaba haciendo era un ensayo, no una novela.

No exactamente un ensayo académico, sino un texto más bien híbrido, pero en cualquier caso no era algo que Toni pudiera publicar en su colección.

Yo no había podido cumplir su encargo, me había desviado demasiado.

Pero Toni se mostró comprensivo: también él entendió que esto era lo correcto.

Así, Toni me derivó a otro editor, Gonzalo Eltesch, para que mi libro pudiera publicarse en un sello más conveniente.

En uno de no ficción. Porque sobre la matanza de Puerto Hurraco no cabía que se escribieran más ficciones —más mentiras—, sino que, dentro de lo posible, lo que había que hacer era ajustar cuentas con la verdad.

A otros les tocará juzgar si he logrado este propósito.

Moraleja - Candeleda,

junio - diciembre de 2025