CAPITULO 38
En el pasillo, a unos metros frente a las puertas del gimnasio, se lleva a cabo una reunión de emergencia, la cual convocó el mismo presidente después de lo sucedido.
—¡Carrier! ¡¿Qué demonios pasa con Norris?! ¡¿Es un imbécil, un inepto o que rayos ocurre con él?! —cuestiona Rupert enojado.
—¿De qué hablas? —replica el entrenador, frunciendo el ceño—. ¿Qué quieres que te responda?
—Quiero que me respondas… ¿por qué tu jodido nutricionista, ese que viene bajo tu ala protectora, se robó las malditas paletas y las mandó a botar en la basura? —inquiere Rupert.
—¿Norris? ¡No! ¡Claro que no! —refuta Carrier, con vehemencia—. Él es un profesional, tengo diez años trabajando a su lado —añade a la vez que su asistente y un par de sus entrenadores observan en silencio la discusión.
—¡No me digas que no! ¡Lo tenemos en las cámaras llevándose las malditas paletas, y vimos cómo se las da a una de las señoras de limpieza y le ordena que las bote! —explica Rupert—. ¿Cierto o no, Gio?
—Sí, eso es lo que acabo de ver personalmente en las grabaciones.
—¡No! Es que todo esto tiene que ser un malentendido. No hay ningún motivo por el cual Norris quisiera botar esas estúpidas paletas de mierda y que se armara este drama infantil —comenta Carrier, resoplando—. ¡Toda una maldita telenovela protagonizada por la niñita llorona!
—Esa niñita llorona como tú dices… se llama Ashley, y a diferencia de tu nutricionista, a ella si la conozco bien —acota Rupert—.
¿Y sabes que sé? ¡Que ella por ningún motivo entraría a nutrición a llevarse sin consultar con nadie noventa yogures, noventa barras proteicas o noventa batidos y solo botarlos porque se le dio la real y maldita gana!
¡Ella es una profesional y no haría nada parecido a esto que Norris hizo!
¡Y que terminó siendo más como el primer caso de robo en mi puto club! —exclama enfadado.
Transcurren poco más de cinco minutos, los jugadores regresan a sus rutinas, a la vez que Ashley parada en un costado del gimnasio, abre la bolsa y observa con detalle su contenido, sabe que ya debe salir, por lo que algo dubitativa avanza dos pasos hacia la puerta.
—Hey… —dice Bradley levantándose, y comienza a acercarse a ella—. ¿Estás bien?
—Si... es que tengo que llevarlas al congelador o dárselas a Rupert, porque se están derritiendo, pero… es que.... no sé si pueda salir ya, o si siguen allí —murmura Ashley, preocupada.
Entre tanto, Stan sonríe desde la distancia, al ver como ellos están hablando con normalidad, sin que su amigo intente cubrir su boca.
—Pues de salir… por supuesto que puedes, tú no estás encerrada acá —aclara Bradley—. Además, no hiciste nada malo, si llegan a estar allí, tú solo sigue caminando hasta nutrición, eso sí, sin titubear.
—Okey... gracias —responde ella con una sonrisa y él asiente levemente con la cabeza.
Ashley se gira, camina rumbo a la puerta y tras tomar una bocanada de aire, sale del gimnasio.
Una vez fuera, ella sonríe al darse cuenta que no hay nadie en el pasillo, por lo que sintiéndose más tranquila, sigue hacia la sala de nutrición, pero a medida que avanza escucha voces de hombres discutiendo, las cuales provienen del Salón A.
Finalmente llega a la sala de nutrición, ella suelta un suspiro largo, a la vez que agarra una bandeja metálica y con cuidado saca una a una las paletas restantes de la bolsa.
—Por Dios… están horribles, casi a medio derretir —dice ella, al detallarlas—. Okey, pero… estás aún están pasables, solo tengo que meterlas unos minutos al congelador —añade y se concentra en hacer eso.
Tras varios minutos y ya con las paletas sobrevivientes endureciéndose en el congelador, Ashley termina de limpiar el área, luego toma su mochila de uno de los estantes, saca dos de sus notas adhesivas rosadas y se las pega a un contenedor transparente.
Justo cuando ella está inclinada sobre el mesón escribiendo en las notas, un señor entra en la sala de nutrición y se dirige directo hacia uno de los refrigeradores.
—Buenas tardes —saluda Ashley, para luego seguir concentrada en lo suyo.
Por su parte, el señor no le responde a la vez que saca una botella de agua con gas y se le queda viendo a ella, luego detalla la nota sobre el contenedor que dice: “Para: Rosalie y Ashley.” Regresando la vista hacia ella, se da cuenta como en una segunda nota está intentando calcar desde su teléfono la silueta de una caricatura de capibara comiendo un helado.
El hombre no puede evitar poner los ojos en blanco enojado y de inmediato sale de la sala de nutrición.
«¡Maldita idiota de mierda! Esta estúpida niñita no tiene ni idea en el gigantesco y puto problema en el que me metió...
¡Maldita sea! Pero que ni crea que esto se quedará así, es una burla que me irrespeten de esa manera…
Contratan otro nutricionista, y ni siquiera me lo informan, peor aún, que lo hagan solo para hacer heladitos de mierda a los jodidos escuincles, mocosos insoportables, como si eso les sirviera de algo al equipo.
¡Son todos unos malditos imbéciles! ¡Nada de esta mierda tiene que ver con este trabajo!
» Piensa Norris con sus venas visibles y por completo enrojecido, a la vez que se aleja por el pasillo bebiendo el agua con gas.
De regreso en la sala de nutrición.
—Ashley… acá estas —dice Rupert, entrando.
—Hola… justo estaba esperándote. Rescaté las que pude, por suerte ya están duras de nuevo —comenta Ashley, sacando del congelador un recipiente transparente con una docena de paletas dentro.
—Gracias cariño… —responde Rupert recibiéndole el contenedor—. Esto sin duda les gustara a las chicas —añade leyendo las notas.
—No, por nada.
Ashley no quiere ser entrometida y por la magnitud de la discusión que llego a oír proveniente de la sala de reuniones, ella deduce que algo malo sucedió, por lo que prefiere no preguntar sobre la desaparición de las paletas, y actuar como si no hubiera pasado nada.
—Bueno… ahora sí me voy, es que mi hermana está esperándome en el supermercado, a ella no le gusta hacer compras sin mí —explica Ashley, sonriendo.
—Utiliza tus servicios de gratis, es astuta —bromea Rupert.
—Sí, exactamente eso es lo que le digo que hace—afirma Ashley, entre risas—. Por cierto, no creas que me había olvidado de ti —agrega abriendo su bolso y saca uno de los contenedores desechables que compró, el cual contiene los malvaviscos—. Pensaba ir a llevártelo antes de irme.
—¡Genial! —exclama Rupert, a la vez que una sonrisa enorme le ilumina el rostro—. Esto me viene perfecto, meteré este envase directo a mi maleta, así tengo para los dos partidos contra Toronto —acota y ambos sonríen.
Al cabo de unos minutos, Ashley finalmente sale del edificio, avanza por el estacionamiento y antes de subir a su automóvil, se acerca al árbol para intentar ver a la ardilla.
Justo en ese momento, Lola está ingresando a las instalaciones del club de los Demons, conduce a través del aparcamiento buscando la camioneta de Bradley, en cuanto la reconoce, se estaciona como a unos seis metros de distancia y apaga el motor.
—Bueno… espero que no te demores tanto —comenta ella detallando sus uñas, luego se mira en el espejo retrovisor—.
No voy a ir a tu casa, no quiero que pienses que quiero acostarme contigo.
Aunque sin duda extraño tu gruesa polla, indiscutiblemente es mejor que la de Jaw, pero no…
no te tocaré mientras sigas con esa mierda asquerosa en la boca.
Es que… —añade negando con la cabeza y haciendo arcadas—.
¡Maldición! No sé cómo haré para poder coquetearte hoy…
¡Maldita sea! ¡Qué tortura de mierda! Respira…
solo cálmate —murmura, resoplando—. Solo necesito que él esté feliz de nuevo conmigo, porque ya está por salir en la portada de la revista, y nadie nos ha vuelto a ver juntos en más de un mes, ya estan rumoreando que me dejaste y seamos honestos… tú no me puedes dejar.
Después de mirar la copa del árbol, Ashley camina a su automóvil y se da cuenta que sobre el capó, junto a su parabrisas se encuentra una toalla.
—¡¿Qué rayos?! —inquiere confundida agarrándola, al sentir el peso, la desenrolla y nota los dos termos de dinosaurios en su interior—. ¡Ay por Dios! —exclama sonriendo—. ¡Qué lindo! —añade al ver que Bradley agregó cosas sobre las mismas notas que ella le colocó.
En la que dice Pavo con maíz, él escribió: Pavosaurio 11/10.
—Pavosaurio… eso es muy cómico —murmura ella, entre risas—. Incluso me calificó por encima de diez, eso es tan tierno.
Tomando el otro termo que dice Solomillo de cerdo con arvejas verdes, Ashley lee en voz alta lo que Bradley agregó en la nota.
—Cerdosaurio, doce sobre diez… ¡Ay por Dios! ¡Es tan lindo!
—¿Viste a Lady Chip?
Al escuchar la pregunta, Ashley gira el rostro y nota a Louis acercándose a ella, mientras que este hace su ronda de seguridad por el estacionamiento.
—Pues no… pero sí le deje comida cuando llegué, quizás está dormida o buscando novio —bromea Ashley.
—Sí, es probable. Ah por cierto… Brad le acomodó un poco el bebedero, ya no se mueve tanto con la brisa —indica Louis.
—¿Brad? ¿Cuál Brad? —inquiere ella.
—Ruff.
Ashley entrecierra los ojos, sintiéndose confundida y sorprendida.
—Pero... ¿cómo lo supo? —pregunta ella, extrañada.
—Es que hace rato estábamos hablando cuando él llegó al club y creo que se preocupó por ella, dijo que no quería que la atropellara algún auto —explica Louis.
—Okey… eso es bueno, al menos tiene a más personas pendientes de ella.
—Sí, y en reciprocidad ahora ella tiene que vigilar dos autos y no solo uno —bromea él, riéndose.
—Pues sí, es lo más justo —afirma ella, entre risas—. ¿Cuál es el auto de Brad?
—Ese —responde Louis, señalando la Range Rover que está estacionada junto a ella.
—Ah, okey. Gracias —añade ella al mismo tiempo que intenta esconder su euforia, mientras que en su interior las mariposas explotan de felicidad.
Finalmente cuando Louis se despide para seguir con su recorrido de seguridad, Ashley puede dejar salir toda esa emoción acumulada, y comienza a dar pequeños brincos con los termos y la toalla en las manos.
—Eso significa que averiguó cual era mi auto y justo se estacionó mi lado —deduce ella, sonriendo—.
Entonces… sí le debo gustar algo, porque si es solo por agradecimiento, él me habría podido solo dejar los termos, no necesita parquearse aquí y mucho menos preocuparse por Lady Chip.
¡Ay por Dios! ¡Creo que sí le gusto! ¡Voy a desmayarme de alegría!
Entre tanto, Lola se mantiene en su camioneta observando los alrededores, notando como el guardia de seguridad conversa con una chica justo al lado del automóvil de Bradley, pero debido a la distancia, no logra escucharlos.
Unos minutos más tarde, ella ve como está chica comienza a dar saltos emocionada abrazando algo.
—Por Dios… hay gente que definitivamente está loca o no tiene un gramo de vergüenza en su interior —murmura poniendo los ojos en blanco.
En ese momento, Lola frunce el ceño al darse cuenta que después de que la mujer deja las cosas dentro de su coche, se acerca a la puerta de la Range Rover de Bradley.
—¡¿Qué demonios hace?! —inquiere ella entrecerrando los ojos y se inclina hacia adelante con los brazos cruzados, apoyados sobre el volante.
Desde el interior de su camioneta, Lola observa como la chica pega algo en la ventana del asiento del piloto de la Range Rover.
—¡Qué carajos! ¡¿Por qué esta loca coloca algo en el coche de mi chico?! —exclama golpeando el volante con las palmas extendidas, para no estropear sus uñas recién pintadas.
Finalmente, Lola ve como la chica se sube a su automóvil y unos segundos más tarde se aleja conduciendo.
Sin perder tiempo, ella se baja como una fiera y camina a toda velocidad, en cuanto llega a la ventana del auto de Bradley, nota una nota rosada con forma de estrella y enseguida lee en voz alta lo que tiene escrito.
“Me encantó todo lo del sofá.
¡Eres jodidamente bueno!
Así que Gracias ♥”
—¡Maldita zorra de mierda! ¡La mataré! ¡Mataré a esa perra! ¡Mataré al hijo de puta ese! —grita Lola enfurecida, al mismo tiempo que arranca la nota de la ventana para luego seguir gritando totalmente fuera de sí.
Entre tanto, Lady Chip regresaba tranquilamente a su hogar, cuando de pronto ve a esta mujer emitiendo unos sonidos muy fuertes, aterrorizada ella corre a toda velocidad, trepa el tronco de su árbol e ingresa en su nueva casita.
Una vez dentro, se acurruca sobre sus tres crías para poder amamantarlas, tras un par de segundos, ella asoma la cabeza con lentitud por el agujero que sirve como puerta de entrada a su casa, y desde allí, divisa asustada como este horrible ser de pelaje amarillo y garras afilada, gruñe sin control, causando que Lady Chip emita un chillido fuerte, para defender su espacio y alejar al depredador de sus bebes.
«¡Chir-chir-pff! ¡Prr-kui-kui… mmm-chup! ¡Kik-kik-kik-pfff!» Piensa Lady Chip, a la vez que enseña sus dientes amenazantes y se frota las patitas delanteras con furor.