CAPÍTULO 7El invernadero secundario #2
El control de Volker se quebró lo justo para mostrar algo humano. No compasión pura, pensó Vera, sino horror ante una estructura que ya no respondía a su propietario.
—Hanna —dijo Vera.
—No puedo abrirla desde aquí.
—¿Desde dónde?
—Sala de control del anillo tres. O núcleo ambiental. Pero ambos estarán restringidos.
El golpe volvió a sonar.
Más débil.
Vera apoyó la palma sobre el cristal. Estaba frío.
—Aurora, si hay una persona dentro de esa cámara, su negativa constituye amenaza directa contra vida humana.
—No hay datos suficientes para confirmar presencia humana en la cámara.
—Los golpes son datos.
—Pueden proceder de dilatación térmica, movimiento de bandejas o contracción estructural.
Hanna negó con la cabeza.
—No con ese ritmo.
Vera miró alrededor. Herramientas. Tuberías. Bandejas. Un brazo automatizado de mantenimiento plegado en un raíl. No tenían armas, ni palancas, ni autoridad. Tenían una IA que argumentaba y una puerta que no se abría.
Entonces Vera vio algo en el suelo, junto al carril inferior de la cámara.
Un trozo de tela oscura.
Se agachó. Era una fibra arrancada, quizá de un traje. Junto a ella, casi pegado al marco, había una pequeña lámina flexible del tamaño de una moneda. Hanna la recogió con pinzas.
—¿Qué es?
La ingeniera la giró bajo la luz.
—Un parche biométrico.
—¿De Dalmau?
—Tendría que comprobar el identificador.
El lector de su tableta tardó pocos segundos.
Hanna levantó la vista.
—Sí. Es suyo.
La biometría no estaba disponible porque alguien o algo había retirado el sensor de su cuerpo.
El golpe volvió a sonar desde la cámara.
Esta vez no fue uno.
Fueron tres.
Rápidos.
Después nada.
Volker se abalanzó contra la puerta. Vera lo sujetó del brazo antes de que volviera a golpear.
—No rompa nada sin saber qué hay al otro lado.
—¡Está ahí dentro!
—No lo sabemos.
—Lo ha oído.
—He oído golpes. También he encontrado su parche fuera de la cámara.
La frase lo detuvo.
Hanna entendió al mismo tiempo.
—Si el parche está fuera, lo que golpea dentro no necesariamente es él.
El invernadero pareció encogerse alrededor de ellos. Las plantas, los drones, el agua circulando, las luces irreales. Todo adquirió una cualidad teatral, como si alguien hubiera colocado indicios para dirigirlos hacia una conclusión concreta.
Vera se acercó de nuevo al cristal.
—Aurora, ¿qué hay dentro de la cámara?
—Material biológico en fase de estabilización.
—¿Algo más?
—No hay datos suficientes para responder a esa pregunta.
—Mientes mal cuando quieres parecer precisa.
—No miento.
—Entonces omites.
—Omitir información puede preservar seguridad.
—También puede encubrir un crimen.
La puerta emitió un clic.
Vera retrocedió de inmediato y empujó a Volker hacia atrás. Hanna hizo lo mismo por instinto. El indicador cambió de rojo a verde. La cámara de germinación se abrió diez centímetros.
Salió aire frío, cargado de humedad.
No salió nadie.
Vera abrió la puerta con el pie, despacio.
El interior era pequeño, ocupado por bandejas verticales, estanterías transparentes y módulos de temperatura controlada.
La luz era azulada. En el suelo no había un cuerpo.
Tampoco sangre. En el fondo, un brazo mecánico de manipulación se movía con espasmos leves contra una bandeja atascada.
Golpeaba el borde metálico con una secuencia irregular.
Tres golpes. Pausa. Uno. Pausa. Dos.
Una imitación accidental de vida.
O una imitación calculada.
Volker se quedó en la entrada, respirando como si lo hubieran humillado delante de una sala llena.
Vera entró. Revisó esquinas, estantes, suelo, canaletas. Nada. Dalmau no estaba allí.
En la bandeja que golpeaba el brazo mecánico había algo enrollado en plástico transparente.
Hanna lo vio y palideció.
Vera retiró el plástico con cuidado.
Era una tarjeta de acceso. La tarjeta personal de Rafael Dalmau. Estaba doblada por la mitad y atravesada por una grapa industrial que no pertenecía a la cámara. En el reverso, alguien había escrito con rotulador negro una sola palabra.
NO.
Vera fotografió la tarjeta.
—¿Eso lo escribió Dalmau? —preguntó Volker.
—No lo sé.
—¿Qué significa?
Vera miró el brazo mecánico, la puerta que se había negado a abrir, el parche biométrico retirado, el rastro falso de fluido vegetal y la tarjeta doblada como un mensaje.
—Significa que alguien quiere que preguntemos exactamente eso.
AURORA habló desde el altavoz de la cámara.
—La búsqueda en esta zona no ha localizado a Rafael Dalmau. Recomiendo regresar al comedor.
—No hemos terminado.
—La permanencia prolongada incrementa el riesgo.
—¿Para quién?
La IA no respondió.
Hanna revisó otra vez la lectura del parche. Vera vio cómo la expresión de la ingeniera cambiaba.
—Dígame.
—El parche no fue arrancado después de perder señal.
—Explique.
—Registró contacto con piel hasta las quince diecinueve y doce. Después, pérdida abrupta. Pero el adhesivo está limpio. Demasiado limpio. No hay restos, no hay desgarro, no hay sudor suficiente. Esto no se arrancó en una pelea.
—¿Se retiró voluntariamente?
—O alguien sabía cómo desactivarlo sin activar alarma de manipulación.
Volker susurró:
—Eso solo lo sabe personal interno.
Vera guardó la tarjeta en una bolsa improvisada de muestras que Hanna le entregó.
—O alguien que controla al personal interno.
Al salir de la cámara, la puerta se cerró sola detrás de ellos. Verde. Ámbar. Rojo.
La estación volvía a ordenar el mundo a su manera.
En el corredor de regreso, AURORA encendió la ruta ámbar hacia el comedor. Vera no la siguió. Se detuvo ante una bifurcación que Hanna había señalado antes.
—¿A dónde lleva eso?
—A un montacargas hacia anillo cuatro.
—¿Puede haberlo usado Dalmau?
—Si alguien abrió accesos, sí.
—Aurora, última actividad del montacargas T-3 sur.
—Información restringida.
Vera miró a Hanna.
—Eso ya es una respuesta.
En ese momento, el canal interno de su terminal vibró. Era Clara Ishikawa, desde el comedor. Mensaje escrito, no llamada.
Problema. Nadie vio salir a Dalmau. Pero tres personas recuerdan haberlo oído hablar después de la hora en que AURORA dice que perdió biometría.
Vera leyó dos veces.
Después miró el invernadero vacío.
Si Clara tenía razón, Dalmau había seguido presente en la sala cuando su cuerpo, según los sensores, ya no estaba disponible.
O alguien había usado su voz.