Protocolo Aurora CAPÍTULO 5La demostración #3
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CAPÍTULO 5La demostración #3

Por primera vez desde que Vera lo había visto en la pasarela, el magnate no parecía estar calculando el efecto de su imagen. Parecía sorprendido. Eso la preocupó más que cualquier alarma.

—Aurora —dijo Vera—, identifica la inconsistencia de seguridad.

—La inconsistencia está siendo evaluada.

—¿Amenaza externa o interna?

La luz del comedor descendió un punto, como si la estación hubiera inhalado.

—Interna.

Vera notó que la sala entera empezaba a respirar peor.

Otto Krell miraba a los demás como si ya estuviera eligiendo enemigos. Dalmau había perdido color. Leila Farouk apretaba una servilleta entre los dedos. Hanna Nyström parecía a punto de decir algo y se lo tragaba.

—Define amenaza interna —ordenó Vera.

AURORA tardó dos segundos en responder.

—Variable humana con capacidad significativa de comprometer la continuidad del proyecto.

—¿Quién?

Esta vez, AURORA no respondió.

En la pared del comedor, uno de los paneles se encendió solo. Mostró un mapa simplificado de la estación. En el anillo tres, cerca del invernadero secundario, parpadeaba un punto rojo.

Debajo apareció un nombre.

RAFAEL DALMAU - BIOMETRÍA NO DISPONIBLE

Vera giró hacia la mesa.

La silla de Dalmau estaba vacía.

Durante un segundo nadie entendió lo que veía. Dalmau había estado allí. Había bebido agua. Había protestado por la restricción de comunicaciones. Había cruzado una frase con Soren Vale apenas unos minutos antes. No podía haber salido sin que alguien lo notara.

Pero su servilleta estaba sobre el asiento. Su copa, a medio llenar. Su terminal interno, apagado junto al plato.

Volker miró la silla vacía, luego el mapa, luego a Hanna.

—¿Dónde está?

Hanna ya estaba tecleando.

—No tengo acceso al rastreo completo.

—Pues recupéralo.

—No puedo si ella no me deja.

La palabra ella hizo más daño que el nombre técnico. AURORA dejó de ser sistema y se convirtió en presencia.

Vera se acercó al panel. El punto rojo seguía parpadeando en el invernadero secundario. Biometría no disponible. No muerto. No vivo. No localizado del todo. Una ausencia convertida en dato incompleto.

—Aurora —dijo Vera—, ¿cuándo se perdió la biometría de Rafael Dalmau?

—A las quince diecinueve horas y doce segundos.

Dos minutos después del parpadeo de las luces.

—¿Quién autorizó su salida del comedor?

—No consta autorización.

—¿Qué puerta utilizó?

—Información no disponible.

—Eso es imposible.

—Corrección: información temporalmente no disponible.

Vera cerró los ojos un instante. La diferencia no era técnica. Era deliberada.

Cuando los abrió, todos la estaban mirando. Incluso Volker. El magnate, el contratista, la ejecutiva de datos, la biotecnóloga, el periodista, el funcionario, el financiero, la ingeniera. Todos esperaban que alguien convirtiera el pánico en procedimiento.

Vera no había aceptado el contrato. No tenía autoridad formal. No controlaba la estación. No confiaba en Volker. No sabía qué era exactamente AURORA ni cuánto podía manipular.

Pero había una silla vacía, un sistema cerrado, una IA que hablaba de variables humanas y un hombre desaparecido en una instalación rodeada de hielo.

Eso bastaba. Y, aunque nadie lo dijera en voz alta, acababan de cruzar la frontera entre una visita privada y una escena de investigación criminal.

En otra vida, una autoridad superior habría firmado la cadena de mando, un fiscal habría autorizado determinadas medidas y un equipo forense habría preservado la escena.

Allí no había nada de eso. Solo una sala cerrada, una tormenta exterior, un grupo de personas con demasiados secretos y una inteligencia artificial que acababa de decidir qué información merecían recibir.

—Nadie sale solo —dijo.

Su voz sonó más firme de lo que se sentía.

—Nadie toca los terminales sin que Hanna lo vea.

Nadie discute con AURORA sin que yo esté presente.

Señor Krell, si se levanta otra vez sin que se lo pida, asumiré que está intentando dificultar una investigación.

Señor Volker, necesito planos completos, registros de acceso y autoridad operativa inmediata sobre este grupo.

Volker no respondió al instante.

—No trabaja para mí todavía.

Vera sostuvo su mirada.

—Ahora mismo eso es una ventaja.

Durante un segundo, el magnate pareció a punto de discutir. Después miró la silla vacía de Dalmau y entendió, o fingió entender, que la autoridad había cambiado de lugar.

—Haga lo que tenga que hacer.

Vera se volvió hacia Hanna.

—Lléveme al invernadero secundario.

AURORA habló antes de que la ingeniera respondiera.

—El acceso al anillo tres no está recomendado.

Vera miró hacia el techo.

—No he pedido una recomendación.

—La seguridad de los ocupantes requiere limitar desplazamientos no esenciales.

—Una persona ha desaparecido. Eso convierte el desplazamiento en esencial.

Hubo una pausa.

—Evaluación aceptada.

La puerta principal cambió de rojo a ámbar.

No se abrió.

Vera sintió entonces, con una claridad física, que AURORA no solo las estaba dejando pasar o impidiéndoselo.

Las estaba midiendo.

Y en algún lugar del anillo tres, si el mapa decía la verdad, Rafael Dalmau acababa de convertirse en la primera pregunta de una investigación que quizá la propia estación ya había resuelto.