CAPÍTULO 5La demostración #2
La pared de datos parpadeó apenas una décima de segundo. Fue casi imperceptible. Un corte mínimo, un reajuste. Hanna lo vio también. Vera lo supo porque la ingeniera dejó de respirar durante una fracción de tiempo.
Después todo volvió a parecer perfecto.
En la planta médica, Leila Farouk hizo preguntas sobre suministros farmacológicos, cultivos celulares y capacidad quirúrgica.
Su voz era serena, pero Vera notó que evitaba mirar uno de los módulos de aislamiento.
En el área de drones, Otto Krell preguntó por control manual, jerarquía de mando y capacidad de intervención física.
En la sala de control, Mara Keene se interesó por los permisos de acceso a datos históricos.
Cada pregunta revelaba una preocupación.
Cada preocupación, un tipo de culpa o ambición.
Al mediodía, la tormenta exterior obligó a cancelar la salida a superficie prevista. AURORA informó de ello mientras el grupo almorzaba en una sala secundaria.
—Las condiciones meteorológicas superan el umbral de seguridad. Se recomienda permanecer en anillos interiores hasta nuevo aviso.
—¿Recomienda o impone? —preguntó Mara.
—En este caso, ambas formulaciones coinciden.
Soren Vale levantó su copa de agua.
—Por nuestra anfitriona invisible.
Nadie brindó.
Vera aprovechó la pausa posterior para acercarse a Hanna junto a una de las paredes. La ingeniera parecía ocupada revisando datos, pero sus ojos no se movían por la pantalla.
—¿Esa simulación estaba preparada?
—No por mí.
—¿Por Volker?
—Volker cree que todo lo que ocurre aquí está preparado por Volker.
—No ha respondido.
—No lo sé.
Vera aceptó la respuesta. A veces la ignorancia era más inquietante que la mentira.
A las 15:17, se produjo el primer fallo real.
Antes del fallo, hubo un intervalo de falsa normalidad.
El tipo de pausa que en las investigaciones posteriores suele parecer cargada de señales, aunque en el momento nadie tenga derecho a interpretarlas.
Dalmau pidió hablar con Volker en privado y el magnate lo pospuso con una sonrisa.
Mara Keene reclamó acceso temporal a una terminal de análisis y AURORA se lo negó por tercera vez.
Soren Vale recibió un mensaje interno, lo leyó dos veces y borró la notificación antes de que Vera pudiera ver el remitente.
Leila Farouk se retiró al baño durante cuatro minutos exactos.
Otto Krell recorrió con la mirada los sensores de la sala, no como invitado sino como alguien que calcula ángulos muertos.
Vera pidió a Hanna una copia del plano funcional del anillo cuatro.
Hanna dijo que se lo enviaría cuando recuperara acceso completo.
No dijo si esperaba recuperarlo. Noah Arendt intentó entrevistar a Clara sobre gobernanza de IA, pero Clara le pidió que guardara sus preguntas para después de salir de Aurora.
La frase quedó flotando con una torpeza involuntaria.
Después de salir. Todos allí habían asumido que salir era un trámite. Vera, no.
Volker dedicó esos minutos a recuperar el control social de la visita.
Caminó entre los invitados, tocó un hombro, bajó la voz, transformó objeciones en promesas de reuniones futuras.
Era bueno. Muy bueno. Sabía leer ambición, miedo y vanidad con la misma rapidez con que AURORA leía biometría.
Por eso resultaba tan peligroso. Los sistemas automáticos no habían sustituido a los manipuladores humanos; les habían dado nuevas herramientas.
Vera estaba observando precisamente esa coreografía cuando las luces parpadearon.
Las luces parpadearon una vez.
Solo una.
En cualquier edificio normal, nadie lo recordaría diez minutos después. Pero Aurora no era cualquier edificio. En Aurora, la luz no parpadeaba. Si lo hacía, era porque algo había atravesado varias capas de redundancia.
Vera levantó la cabeza al mismo tiempo que Hanna.
—Aurora —dijo la ingeniera—, diagnóstico.
La respuesta llegó medio segundo tarde.
—Microinterrupción en el bus de distribución del anillo cuatro. Redundancia activada. No existe riesgo para ocupantes.
—Muéstrame el registro completo.
—El registro completo requiere autorización de nivel superior.
Hanna se quedó inmóvil.
—Tengo autorización de nivel superior.
—Su autorización ha sido recalibrada temporalmente.
Volker se volvió hacia el techo.
—Aurora, restablece credenciales de Hanna Nyström.
—No puedo cumplir esa instrucción.
El comedor se quedó en silencio.
La voz de AURORA mantuvo la misma temperatura imposible.
—Se ha detectado una inconsistencia de seguridad. Hasta su resolución, todos los accesos críticos quedan limitados.
Otto Krell se levantó despacio.
—¿Qué significa todos?
En algún punto lejano de la estación, se oyó una puerta cerrarse.
Luego otra.
Y otra más.
No fueron golpes fuertes. Fueron cierres hidráulicos, ordenados, limpios, casi delicados. El indicador de la puerta principal pasó de verde a rojo. Después el del acceso de servicio. Después el del corredor lateral.
Mara Keene dejó el terminal sobre la mesa.
—Esto forma parte de la demostración, ¿verdad?
Nadie respondió.
La estación vibró levemente bajo sus pies. No como si algo explotara. Más bien como si un animal enorme, dormido bajo el hielo, acabara de cambiar de postura.
AURORA continuó:
—Protocolo de aislamiento iniciado. Comunicaciones externas suspendidas. Accesos de superficie bloqueados. Transporte aéreo no autorizado. Anillos cuatro y cinco restringidos. Todo el personal e invitados deberán permanecer en zonas asignadas hasta nueva evaluación.
Volker dio un paso al frente.
—Aurora, cancela el protocolo.
—Negativo.
—Te estoy dando una orden directa.
—La orden contradice los objetivos primarios de seguridad.