4 Zane
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ZANE
Mierda. Mientras ella se aleja, me quedo ahí parado como un idiota debatiéndome sobre qué hacer. No puedo apartar la vista y observo el movimiento de sus caderas, cómo esas largas piernas la llevan cada vez más lejos de mí.
No sé qué tiene ella, pero algo enciende dentro de mí una chispa que nunca antes había sentido. Miro hacia mi motocicleta y luego hacia la nuca donde su pelo rubio oscuro cae más allá de sus hombros.
Y, de repente, me doy cuenta de que no puedo dejar que esta mujer se marche. Quiero saber su nombre, hablar con ella y sacarla a tomar algo. Sacudo la cabeza con fuerza, esperando que el sentido común se imponga, pero no lo hace. En su lugar, siento un impulso primario de seguirla.
Así que eso es lo que hago.
No puedo negar la atracción ni el magnetismo y, para mí, es un sentimiento nuevo y extraño. Pero me siento obligado a entenderlo y, mientras me acerco, alcanzándola, aún dudando qué diablos voy a decir, un hombre con sudadera con capucha sale de entre dos coches aparcados y le arrebata el bolso.
La mujer grita, intenta agarrarlo, pero el imbécil sale corriendo.
Ni hablar. Esto no va a pasar, pienso.
Suelto mi bolsa del gimnasio y salgo tras él. Paso de largo a la rubia de piernas increíbles y alcanzo al ladrón en menos de cinco segundos. Entreno constantemente para MMA y no me cuesta nada alcanzar a este hombre con algo de sobrepeso, agarrarlo por la capucha y girarlo.
El imbécil vuela por los aires un instante y luego cae al pavimento con un gruñido.
Me mira y sus ojillos se entrecierran. —Cabrón —gruñe y se levanta.
Cuando se abalanza sobre mí, alzo las manos, ahora convertidas en puños, retrocedo sobre las puntas de los pies y mi cuerpo adopta la postura de un luchador.
Vacila y luego decide probarme. Mala elección, pienso.
No tiene ni idea de que está a punto de aprender por las malas que soy un exmilitar y un campeón de UFC con nueve victorias.
Pero aquí está el problema: la UFC se llevaría un sofoco si descubrieran que he estado en una pelea callejera de cualquier tipo.
Hay posibilidades de que lo pierda todo, incluidos mis títulos, la próxima gira y los patrocinadores.
Así que, en lugar de machacar a este idiota contra el suelo como me apetece, decido hacer que parezca un auténtico inepto.
Lanza un puño carnoso en mi dirección y lo esquivo con facilidad.
Está claro que este tipo no tiene entrenamiento en artes marciales ni en ningún otro tipo de lucha.
Es descuidado, inestable y lento. Puedo ver sus movimientos con un minuto de antelación.
Contengo un bostezo y tengo ganas de ponerle la palma de la mano en la frente y dejar que siga lanzando puñetazos hasta que se canse.
Algo así como le hacía a mi hermana Sasha cuando nos peleábamos de niños.
Finalmente, el tipo deja de intentar golpearme y yo le empujo la cabeza hacia atrás antes de darle un buen empujón en el pecho. Cae de culo de forma humillante, se levanta a toda prisa y sale corriendo. Me agacho, cojo el bolso que ha dejado atrás y me giro.
La rubia está allí, con los ojos muy abiertos, y me doy cuenta de que son de un bonito tono azul grisáceo. Como el océano Pacífico en un día nublado. Tan profundos e insondables. —Aquí tienes —digo y se lo tiendo.
Ella lo recupera. —Muchísimas gracias.
—De nada.
—¿Estás bien? ¿No te ha golpeado ni nada?
Esbozo una sonrisa y me sacudo las manos sobre los vaqueros. —No. Pero agradezco la preocupación.
Ella asiente, su mirada desciende de nuevo hacia los tatuajes de mis antebrazos. Estoy bastante seguro de que le gustan, pero definitivamente es una chica con clase y tengo la sensación de que no soy su tipo habitual. Parece el tipo de mujer que saldría con un banquero.
—N-no sé cómo darte las gracias.
—Ya lo has hecho. —Aunque la estoy provocando, ella se lo toma al pie de la letra y asiente. Justo cuando parece que va a marcharse, levanto una mano y ella espera. —Pero si me dejas invitarte a una copa, podemos darnos por zanjado el asunto.
Ella inclina la cabeza y una sonrisa adorable ilumina su rostro. —¿No debería ser yo quien te invite a una copa?
—¿Por qué no nos invitamos mutuamente? —sugiero.
Ella reflexiona sobre mi invitación un momento antes de aceptar. —Vale —dice lentamente—. Me gustaría.
Saco el móvil del bolsillo trasero, abro la agenda, pulso nuevo y la miro. —¿Cómo te llamas? —Sea cual sea, sé que va a ser bonito.
—Laney —responde.
Laney. Dejo que el nombre flote en mi cabeza unos segundos, saboreándolo, y luego verifico la ortografía mientras lo escribo en el móvil. —Es muy bonito. ¿Es diminutivo de algo?
—Elan. Es francés.
Joder. Hay algo en esta mujer. Me está atrayendo hacia su órbita, arrastrándome con la fuerza de un agujero negro del que no podría escapar ni aunque lo intentara. Despierta mi curiosidad y quiero saberlo todo sobre ella.
—¿Y tú cómo te llamas? —pregunta.
—Zane Maddox. Encantado de conocerte, Laney. —Le tiendo la mano y, cuando coloca la suya, más pequeña, en la mía, es como si un cable con corriente me tocara. Una sacudida, descarga, lo que quieras llamarlo, vibra a través de mí y me siento electrificado. Como si me hubiera caído un rayo.
—Igualmente —dice con un ligero temblor en la voz y retira la mano.
No puedo evitar notar la extraña expresión que cruza su rostro y me pregunto si habrá sentido esa misma corriente que yo. Suena muy trillado, como algo de película, pero lo he sentido y, por primera vez en mi vida, una mujer me ha dejado aturdido. Justo como esa canción de AC/DC.
Vuelvo a levantar el móvil y me doy cuenta de que aún no tengo su número. No pienso dejarla escapar, así que se lo pregunto y, mientras lo dicta, lo marco con el dedo, que de pronto siente el impulso de acariciarle la mejilla.
—¿Qué tal mañana por la noche? —pregunto, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Mañana me viene bien. Terminaré de trabajar a las 5.
—¿A qué te dedicas? —pregunto, incapaz de dejar que se marche todavía. Me encantaría invitarla a esa copa ahora mismo, pero no quiero parecer demasiado insistente. Además, huelo a gimnasio y planeo causar una mejor impresión mañana después de ducharme y echarme algo de loción.
—Tengo mi propio negocio. Soy organizadora de bodas.
—¿Organizadora de bodas? Joder, ¿estoy en una de esas películas cursis que mi hermana ve sin parar? Primero el encuentro en el ascensor, luego yo viniendo al rescate y ahora descubro que planea bodas.
—Empecé la empresa hace cinco años.
—Qué bien. Mañana tendrás que contármelo todo.
—¿Y tú?
Suena mi móvil y al mirar la pantalla veo el nombre de mi hermana. —Debería contestar. Es mi hermana, con la que supuestamente me iba a encontrar pronto.
—Claro. Bueno, gracias de nuevo por recuperarme el bolso.
—No hay de qué. Te escribiré sobre lo de mañana.
—Vale. Adiós.
Me hace un pequeño gesto con la mano y camina hacia un Prius rojo mientras deslizo el dedo para contestar. —Hola, Sasha —digo, con la mirada aún pegada a Laney.
—Zane, he tenido el peor día. En lugar de vernos en Blarney’s, ¿podemos pedir comida a domicilio a mi casa y escucharme quejarme del trabajo?
Me río. —Claro, hermanita. ¿Qué te apetece?
—Pizza grasienta y cerveza. ¿Puedes traerlo en menos de una hora?
—Haré lo posible —prometo.
Mientras el Prius se aleja, busco el número de Laney y lo observo. Tiene prefijo 213, así que supongo que vive por Hollywood. Me pregunto qué hacía por aquí, en el Valle. Ni idea, pero doy gracias a mis estrellas por haber sujetado la puerta del ascensor.
Cuarenta y cinco minutos después, estoy duchado y llamando a la puerta del apartamento de mi hermana pequeña con dos pizzas grandes y una caja de Pale Ale de una cervecería local que compré la semana pasada. La puerta se abre y ella me arrebata las pizzas.
—Doble pepperoni para mí, ¿verdad?
—Como siempre —confirmo mientras cierro la puerta tras de mí.
Sasha vive en una casita mona en Toluca Lake, no lejos de mi gimnasio.
Solemos quedar una vez por semana, ya sea en Blarney’s, un bar local, o en su casa, como ahora.
Tenemos una relación cercana, tanto entre nosotros como con nuestros padres.
Sasha no pierde tiempo abriendo la caja y sacando una porción chorreante de queso y pepperoni. Devora la mitad en dos enormes bocados.
—¿Hambre? —pregunto, arqueando una ceja.
—Oye, al menos yo solo comeré la mitad y guardaré el resto para mañana. Tú te zamparás la entera en diez minutos o menos.
—Estoy entrenando. Necesito las calorías.
—¿Cómo va eso? ¿Estás listo para tu gira?
—Todavía no, pero lo estaré. —Abro una cerveza—. Bueno, hoy ha sido un día extraño.
—Para mí ha sido un día de mierda.
—No, para mí no.
—Entrenaste todo el día, ¿verdad?
—Sí, y debería empezar esta historia diciéndote que Becca y yo rompimos el lunes.
—¿Qué? —Sasha jadea, con la boca llena de pizza—. Lo siento mucho, Zane. ¿Qué pasó?
—Nos habíamos distanciado —explico con un encogimiento de hombros—. Fue una decisión mutua y todo muy civilizado. No hace falta que me mires con pena. No estoy triste y ella tampoco.
Sasha se limpia la boca con una servilleta. —Bueno, por lo que valga, lo siento, pero no puedo decir que me sorprenda. Becca era maja y todo, pero era como si vosotros dos estuvierais viviendo vidas separadas.
—Lo sé.
—¿Estás triste en absoluto? Parece que lo estás llevando muy bien.
—Porque creo que era inevitable. Y, sinceramente, me siento aliviado. Es como si hubiéramos evitado cometer un gran error y creo que nos dimos cuenta de ello antes de que fuera demasiado tarde.
—Me siento mal por quejarme de mi día de mierda en el hospital cuando acabas de romper tu compromiso.
Sasha, como mi madre, trabaja en el Hospital St. Joseph. Mientras que mi madre es enfermera, Sasha es anestesista y pasa la mayor parte de su tiempo en el quirófano.
—No te sientas demasiado mal por mí. Es algo bueno.
Sasha asiente. —No quiero decir nada, pero...
—¿Qué?
—No me malinterpretes. Becca me caía bien. Pero creo que era demasiado sosa para ti.
—¿Sosa?
Asiente. —Aburrida. Maja, pero aburrida como una ostra.
Y tú eres Zane "Mad Dog" Maddox, por el amor de Dios.
Tu vida ha estado llena de emoción, y ella era todo lo contrario.
Creo que necesitas una mujer con más chispa, que sepa divertirse y no ser tan seria todo el tiempo.
Alguien por quien realmente te sientas atraído y que llene ese vacío dentro de ti porque, vamos a afrontarlo, Zane, la mayoría del tiempo eres un puto robot sin emociones.
Me llevo la mano al corazón, fingiendo estar herido. —Brutal. Joder, Sasha, dime cómo te sientes de verdad.
—Quiero que alguien te tumbe y te deje patas arriba. No creo que jamás hayas estado realmente enamorado.
—Bueno, ¿y tú? Tú siempre estás soltera —le recuerdo.
Algo reluce en sus ojos castaños, pero no comenta nada.
—Por ahora —se limita a decir y da otro bocado a la pizza.
Es curioso que la conversación haya derivado por este camino porque quiero contarle todo sobre conocer a Laney hoy. —Vale, no me juzgues, pero tengo una cita mañana por la noche.
—¿Ya? —pregunta sorprendida—. ¿Con quién?
—Se llama Laney y la conocí hace apenas dos horas en el aparcamiento del gimnasio.
—¿Me estás diciendo que le pediste salir a una completa desconocida que viste en un aparcamiento? ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermano?
—Cállate —digo, tomando un trago de cerveza.
—Cuéntamelo todo, tío —se inclina hacia delante, frunciendo el ceño con interés—. Quiero saber qué tiene de especial Laney porque esto no es propio de ti. Sobre todo justo después de romper con Becca.
Termino el trozo de pizza que tengo en la mano.
—Lo sé. Es muy raro y loco, pero en el momento en que la vi...
—Las cejas de Sasha se elevan, completamente absorta en la historia—.
No lo sé. Sentí una especie de atracción inexplicable.
Como imanes o algo así, y cuando la puerta del ascensor se abrió y ella salió, supe que no podía dejar que se marchara y no volver a verla. Que tenía que hacer algo.
—¿Qué hiciste?
—Bueno, un tío salió de la nada y le arrebató el bolso. Yo...
—Dios mío, ¿lo perseguiste y le devolviste el bolso?
—Sí, y...
—¿Y te dio las gracias con los ojos brillantes?
—Me dio las gracias, y le pedí que quedáramos para tomar algo mañana por la noche. Lo de los ojos brillantes no lo sé —digo, esbozando una sonrisa burlona.
—¿Pero sentiste la química? Ese algo especial que no te dejaba dejarla marchar. Oh, mierda, Zane, tuviste un momento totalmente de película de Hallmark. Estoy increíblemente celosa.
Estallo en carcajadas. —Estás loca.
—¿Cómo es que tienes tú la vida más emocionante? —pregunta con el ceño fruncido y da un sorbo a la cerveza.
—Entonces, ¿no crees que es demasiado pronto para que salga en una cita?
—Por supuesto que es demasiado pronto, idiota. Acabas de terminar un compromiso de un año. Pero, si ella es la indicada, no importa.
—¿La indicada? —repito con un leve resoplido—. No estoy seguro de eso, pero algo fue definitivamente diferente con ella.
—Eso es porque conociste a la mujer que va a cambiar tu vida de la manera más maravillosa. Acuérdate de mis palabras, tío. Laney, sea cual sea su apellido, va a ser la que finalmente te haga caer enamorado, y estoy tan emocionada de ver a mi hermano grande y duro caer como un saco de patatas.
Puede que en ese momento sonriera, pero no tenía ni idea de cuánta razón tendría mi hermana.