Protegida por los cambiantes (Alfas lunares) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

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VICTORIA

Lunes por la noche. La Forja olía a sopa, abrigos mojados y la estufa de leña corriente que Pike había llevado al taller. No la forja protegida. Ese rincón seguía hecho cenizas.

Había comido, me había duchado y había dormido una hora mientras otro vigilaba la puerta. Mara me había revisado la mano dos veces, y el cuello a Adrian, hasta que él aprendió que decir que estaba bien no conseguía que se marchara.

Se había quedado con Mireille en Sparrow Point hasta que llegó la furgoneta funeraria. Su nombre figuraba en el papeleo. Su propio nombre, no el de las instalaciones, no el de asistente, no algo a nombre de otro.

El anillo de Crane estaba vacío. El último refugio había caído. Los que dejamos en el astillero habían fotografiado el rifle de Bell donde cayó y dejaron la cámara grabando mientras él intentaba explicarse.

Un informe describía algo que de verdad había ocurrido. Eso no sucedía desde lo de la torre.

Me detuve en la entrada de la iglesia con el libro en su bolsa de lona. Daniel estaba colgando los dibujos de Teddy en la pared, junto al horario. Bex sujetaba la cinta con la mano buena y daba instrucciones que ninguno de los dos necesitaba.

Un dinosaurio tenía una mujer a su lado. Pelo corto y oscuro, gafas con cadena.

Teddy levantó la vista cuando me detuve.

—Esa es mamá.

—Lo sé.

—No dibujaba muy bien los pies.

—Yo tampoco.

Lo pensó un momento y luego presionó la esquina él mismo. Daniel le pasó un brazo por los hombros. Nadie retiró el dibujo porque entristecía la habitación.

Bex dejó un plato de caramelos de toffee en la barra. Los mismos envoltorios dorados. No el viejo plato de Corinne; le había preguntado a Daniel antes de comprarlo.

—La gente puede coger uno —dijo—. Para eso están.

Cogí uno. Lo desenvolví. Dejé que se deshiciera dulce en mi lengua.

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Luca esperaba al pie de las escaleras interiores. La bolsa de lona me colgaba del hombro derecho, lejos del vendaje de la palma izquierda.

—Buscaproblemas. Ven a ver lo que tiene tu suelo.

Pike y Ellis habían trasladado la caja de hierro desde el hueco del taller al espacio bajo el suelo de la habitación interior. La misma caja. Las mismas bisagras. Soportes nuevos atornillados a las vigas bajo la dirección de Luca, sin exigir a las manos heridas que demostraran nada con un taladro.

La habitación tenía su cerradura interior. Una silla encaraba la puerta. Marcus había puesto la lámpara donde yo pudiera alcanzarla sin que nadie tuviera que inclinarse sobre mi hombro.

Adrian estaba de pie junto a la cama, con una camisa limpia y el cuello abierto en torno al vendaje. Sin parche presidencial. Seguía siendo el hombre al que todos en el edificio acudían cuando había algo que hacer.

Me arrodillé y deposité el libro cerrado en la caja. No volví a abrirlo. La segunda vinculación y los tres nombres de testigos ya estaban allí, cada uno escrito por quien lo había elegido. Nada más requería mi sangre esa noche.

—Déjame ver la tapa —dije.

Marcus la levantó. Tallado en el interior, bajo el canal de sal, había un nombre.

RUSSO.

Miré a Luca.

—Antes del jueves —dijo—. Antes de saber lo que iban a costar las manos. Dejé esa parte bajo la tela porque no quería que pensaras que la caja había decidido por ti.

—Hiciste esto para mí.

—Sí.

—No para el libro.

—El libro necesita una caja. Tú necesitas un lugar donde seas tú quien tenga la llave.

Recorrí con un dedo las letras profundas y toscas. No era un título. No era un nombramiento que alguien hubiera inscrito antes de que yo naciera.

Mi nombre, en un hogar que yo estaba eligiendo.

Dejé la pluma tapada de Rosalba en su funda de tela junto al libro y cerré la tapa. Eché la llave. La añadí al llavero, junto a la vieja llave del apartamento con la que aún no sabía qué hacer.

Nadie me pidió que entregara esa.

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Marcus se sentó en la cama. Luca ocupó la silla. Adrian se quedó donde yo pudiera verlo.

El tirón bajo el esternón había cambiado después de la escritura. Ya no era una pregunta que pudiera confundir con peligro. Tres lugares distintos en una habitación, tan ciertos como saber dónde tenía mis propias manos.

La distancia aún nos costaría. Lo aprenderíamos con cuidado. Ellos habían firmado sabiendo eso, y no iba a insultarlos repitiendo la misma pregunta hasta que me dieran una respuesta más fácil de sobrellevar.

—Quiero un futuro con trabajo —dije—. Trabajo de verdad. No solo vigilar esa caja.

—Bien —dijo Marcus—. Vamos a necesitar a alguien que lea la segunda página.

—Y cenas donde nadie esté sangrando.

Luca se miró las manos.

—Ambicioso.

—Y vosotros tres en él. Sin turnaros fingiendo que no os importa.

Adrian miró a los otros dos. Marcus asintió una vez. Luca se recostó como si por fin se hubiera quitado un peso de encima.

—Nos importa, y mucho —dijo Luca—. Podemos hacerlo en la misma mesa.

Me reí. No esperaba hacerlo, con el libro todavía caliente bajo el suelo y dos funerales en la semana que venía.

Marcus extendió la mano. Fui hacia él, pero me detuve donde pudiera ver los tres rostros.

—Os quiero —dije—. A los tres. No voy a empequeñecer esto para que encaje en la idea que otro tenga de lo que es una buena mujer.

Marcus dejó de sonreír.

El cambio me asustó durante medio segundo. Luego me cogió la mano ilesa y la apoyó contra su pecho, donde el hombre prudente no estaba ni de lejos tan sereno como aparentaba.

—Te quiero, Vic. Sigo buscando una forma ingeniosa de decirlo. Es lo que hago cuando me da miedo entregarle a alguien lo auténtico.

—Puedes dejar de mirar.

—En ello estoy.

Después fui hacia Luca. Él separó las rodillas para hacerme sitio y mantuvo las manos donde yo no pudiera darles un golpe.

—A ti también te quiero cuando caiga el cristal —dije.

Su rostro se quedó inmóvil.

—Te he oído —dijo, demasiado bajo.

—Entonces di algo.

—Te quiero, buscaproblemas. Incluso cuando eres tan cruel como para obligarme a hablar de ello.

Apoyé la frente contra la suya. Él cerró los ojos y permaneció así.

Adrian no me llamó. Crucé yo sola el resto de la habitación.

Miró el llavero en mi mano y luego mi rostro.

—Te quiero —dijo—. No tienes que ser útil, ni valiente, ni fácil de cuidar. Puedes simplemente volver a casa.

Había cargado con cosas durante seis años sin creer ni una vez que tuviera permiso para soltarlas. Me quedé en aquella habitación y por fin lo hice.

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Más tarde empezó a llover sobre el tejado de hojalata. Mi chaqueta colgaba junto a la puerta. Las llaves estaban sobre la caja, al alcance de la mano. Nadie esperaba abajo para decirnos qué precio tendría la noche.

Fui primero hacia Luca. Me desabroché los botones mientras él miraba. La camisa y el sujetador acabaron en la silla. Luego le tomé el rostro entre las manos y lo besé. Marcus apartó la lámpara de la cama. Adrian cerró la puerta interior cuando se lo pedí.

Esto no era una recompensa que le debiera por rescatarme. Era lo que yo quería después de haber dormido, comido y contado la verdad.

Entonces Luca puso la boca en mi pezón y todo lo demás se me fue de la cabeza.

Luca trabajó ese pezón con la lengua hasta que las rodillas me fallaron, y luego pasó al otro, más despacio, con la barba rozándome por debajo y el antebrazo apoyado en mi espalda.

—Luca...

—Lo sé. Los dos. No tengo prisa, buscaproblemas.

Luca no tenía prisa. Se quedó en mi pezón hasta que el deseo dejó de ser algo en mi cabeza y se convirtió en algo bajo y feroz en mis caderas, y volví a oír la lluvia solo porque había dejado de oír todo lo demás.

Marcus se bajó de la cama detrás de mí, me puso las manos bajo los brazos y me sostuvo, y Luca no paró.

—Pregunto dos veces —dijo Marcus contra mi oído—. Mi boca o mi mano, Vic.

—Boca.

—Pregunto dos veces.

Esperó. Siempre espera, y esa espera es lo peor y lo mejor que nadie me ha hecho jamás.

—Marcus. Tu boca.

Me quité los vaqueros y la ropa interior. Marcus me tumbó en la cama, me puso los muslos sobre sus hombros y la boca en mi clítoris, y se quedó conmigo sin adelantarse nunca, como ha hecho Marcus desde la primera vez.

Me sujetó las caderas con el antebrazo y me trabajó el clítoris con la lengua plana y luego con la punta. Marcus gimió contra mi coño como si se lo estuvieran haciendo a él.

—Quédate ahí —dijo Marcus contra mi coño, y no me dejó cerrar los muslos, y me corrí con sus tres anillos fríos clavados en mi cadera y las dos manos agarradas a la manta.

Marcus se quedó donde estaba hasta el final, aliviando la presión en mi clítoris pero sin apartarse de mí, hasta que mis talones volvieron a posarse en sus omóplatos.

Marcus observó cómo mis talones bajaban de sus hombros del mismo modo en que lee un número dos veces.

—Perfecto —dijo Marcus—. Eso es lo que eres, Vic. Alguien debería habértelo dicho hace mucho.

—Ese es uno —dijo Marcus—. Te volveré a preguntar para el siguiente.

Lluvia. Adrian poniéndome de rodillas. El antebrazo de Luca contra mi vientre, sus manos vendadas apartadas de mi piel.

Luca metió la polla en mi coño tan despacio que oí el ruido que hice desde muy lejos, como si viniera del hueco de la escalera.

Luca lo dijo contra mi nuca.

—Este es mi brazo en tu vientre y esta es mi polla dentro de ti, y voy a decir las dos cosas en voz alta hasta que dejes de pensar en ese libro.

Lo dijo. Siguió diciéndolo. La polla de Luca no aceleró en mucho tiempo, y mi boca dejó de formar palabras que fueran palabras.

—Eres preciosa, buscaproblemas —dijo Luca, con el antebrazo apoyado en mi vientre—. Preciosa desde este lado y preciosa desde todos los lados en que te he tenido.

Entonces Marcus se arrodilló junto a mi cabeza. Marcus me puso las manos en el pelo y en ningún otro sitio, y giré la cara y me metí la polla de Marcus en la boca.

Luca mantuvo los antebrazos junto a mis caderas. La polla de Luca siguió en mi coño. Los dedos de Marcus siguieron en mi pelo, y ninguno de los dos me perdió de vista.

Marcus dijo mi nombre una vez entre el sonido que yo hacía con su polla en la boca, y entonces Marcus no pudo decir nada más, que es lo que he querido desde la noche en que me dijo que no.

Luca siguió hablando por los dos. Luca dijo dónde estaba su polla y qué hacía mi coño a su alrededor y qué iba a hacer él al respecto, y nada de eso era una pregunta.

—Se ha ido —dijo Marcus, en algún lugar por encima de mí.

—Sí —dijo Luca—. Ya iba siendo hora.

No sé el orden después de eso. Sé que Adrian me dio la vuelta para quedar cara a cara. Sé que estuve encima de Adrian primero, cabalgando su polla con las manos planas sobre su pecho y la lluvia volviéndose salvaje en la hojalata sobre nosotros.

Entonces ya no estuve encima. Adrian me hizo rodar hasta quedar debajo de él, me puso la mano en la mandíbula y la polla entera dentro de mí, y Adrian tomó lo que quería y me dejó sentir cómo decidía hacerlo.

Su pulgar encontró mi clítoris sin mirar. Adrian no tantea nada, nunca, y dejé de ser una persona con un plan.

—No mires nada más —dijo Adrian—. Solo a mí. Victoria Russo.

No miré nada más. La polla de Adrian estaba entera dentro de mí y la mano de Adrian me sostenía la mandíbula y había lluvia en la hojalata, y por una vez en toda esta vida que parece un libro no estaba huyendo de ninguna parte de ella.

—Victoria —dijo en voz baja, junto a mi pelo. Y luego, otra vez, sin una broma ni una orden donde refugiarse—: Te amo.

Se corrió diciéndolo. Lo sentí todo.

Adrian no se apartó de mí en un buen rato. Apoyó la frente en mi clavícula y se quedó allí, con todo su peso, y yo le dejé.

Después, había semen secándose en mis muslos y sal en mi piel cuando me lamí el labio, y lluvia sobre el techo de hojalata, y cuatro personas en una cama hecha para dos, y nadie en el suelo.

Marcus se durmió primero, cosa que no habría apostado.

Una pantera en una habitación cálida, profundamente dormido, con tres puertas entre él y la calle.

Luca no se durmió en absoluto. Adrian yacía con un brazo atravesado en la almohada, por encima de mi cabeza, despierto, escuchando el patio a través de la lluvia.

Ya le había dicho a Bex que nadie subía esas escaleras esa noche, y se lo dijo a Bex, no a mí.

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Marcus se despertó solo un momento para quitarse los tres anillos de la mano izquierda. Los dejó en la caja, junto a mis llaves.

—Suficiente metal en la cama —dijo, y volvió a tumbarse.

El antebrazo de Luca descansaba a lo largo de mi cintura. Tenía las manos bien vendadas, apartadas del borde áspero de la manta. Adrian había dejado que Mara le curara el cuello antes de subir; el vendaje seguía donde ella lo había puesto. Ya no quedaba nada que demostrar ignorando una herida.

—¿Mañana? —pregunté en la oscuridad.

—Desayuno —dijo Luca.

—Después del desayuno.

—Probablemente la comida. No pienso hacer predicciones más allá.

Marcus se rio junto a mi pelo. La mano de Adrian encontró la mía bajo la sábana.

Bajo nuestro suelo, el libro seguía cerrado.

A su alrededor, una casa seguía siendo una casa.